CARTA A UN APRENDIZ DE ATRACOS FRUSTRADOS

                    Este relato está basado en una anécdota rigurosamente auténtica y cuyo final me tiene aún intrigada, Si por una casualidad del destino, el protagonista leyera la historia, me encantaría que contactara conmigo porque, entonces, podría concluir el escrito con un final feliz. ¡Ojalá! 

Querido aprendiz de atracos frustrados,

Hace más de veinte años entraste detrás de mí en un cajero automático la tarde de Nochebuena. Tenía prisa por terminar las compras antes de reunirme con la familia y no se me ocurrió una idea mejor que sacar dinero en lugar de pagar con la tarjeta por una cuestión de desconfianza en el sistema informático. Vivíamos en las pesetas porque el euro, el que arruinó mi economía, era un proyecto de una generación de pitagoritas cuyos cálculos beneficiaron a pocos y perjudicaron a muchos.

Sea como sea, aquella tarde corrí a sacar dinero a la primera oficina que encontré y que, como la mayoría de entonces, tenían la dispensadora de money en el interior de la sucursal. No hacía mucho frío para ser invierno o, quizá, la memoria me traiciona porque lo recuerdo con una mezcla de vamos que se me hace tarde y otro tanto de subidón de sangre a la cabeza cuando me giré y te vi plantado ante mí con una navaja en las manos.  Me pillaste cabreada porque la máquina estaba bloqueada al estilo Murphy y su ley basta que tengas prisa para que se pongan contra ti los elementos; y, cuando escuché tu voz y reparé en el cuchillo ondeando al aire, la ira, rabia y la frustración tomaron posesión del raciocionio para empezar a gritarte como si fuera una esquizofrénica en plena crisis.

  • ¡Hay que joderse contigo, macho! Sólo me faltaba que aparecieras aquí para terminar de reventarme el día. Mírame bien, pardillo, ¿Tengo cara de millonaria? A lo mejor es que no ves un pijo y no te has dado cuenta que no llevo joyas ni abrigo de Dior…pues si que tienes puntería, idiota, menuda puntería, cretino..

Te quedaste callado y yo continué con mi perorata con un grado Celsius más serena

  • Además, tonto baba, esto no funciona.  Observa, listillo, introduzco la tarjeta, tecleo: 1..1…1…1 y lee, acuda al próximo cajero que es lo mismo que decir:  Vete a tomar por el culo

No pestañeaste en tu cara susto récord Guiness.  Me juego el tipo a que ni siquiera se te ocurrió salir huyendo por el miedo a la loca que tenías enfrente y que, vaticinabas, era más peligrosa que el filo de tu navaja.

Saqué un billete de mil pesetas y te lo puse en la mano.

-          ¡Hala! Ya puedes largarte porque no tengo más.

De pronto me fijé que tu puñalillo había desaparecido y en su lugar estaba el billete de papel verde esperando a que recuperaras los reflejos para guardarlo en el bolsillo. Cerré la cremallera del bolso y te oí farfullar una frase que no entendí. Te miré y repetiste:

-          ¿Le importa salir conmigo a la calle? Hay ahí un par de porteros que me conocen y… enfin… ya sabe…

-          ¡Tócate un pie! – rezongué cogiéndote del brazo - ¡Vamos, anda!

Tenías razón, los hombres que vigilaban la puerta me escrutaron como lobos al acecho y, yo, que estaba en racha de inspiración, devolví su amenaza con la frase del día y una sonrisa orejera: ¡Feliz Navidad, caballeros!

Si en aquél momento pensabas que te habías librado de polis, porteros y mi bronca, estabas muy equivocado porque te arrastré hasta la esquina y, cuando me pareció oportuno, te liberé para continuar con un discurso-madre que te mantuvo tieso durante los diez minutos en los que te recomendé encontrar un trabajo, dejarte de tonterías que pudieran perjudicarte, alejarte de malas influencias, reunirte con tu familia, si es que la tenías, y blás, blás, blás que tu reafirmabas con: si tienes razón, te lo juro que tienes razón.

Eras un adolescente de no más de 16 o 17 años que reaccionó como un crío que pide a árnica a mamá para que lo perdone: me ofreciste el billete de 1000 pesetas de vuelta al monedero.

Lo rechacé, estabas disculpado con la condición de que cumplieras tu promesa de no repetir una estupidez semejante. Volviste a jurar e, inclinándote, me diste un beso de despedida con un Feliz Navidad tan cariñoso que un poco más y me pongo a llorar en mitad de la calle.

Pasaron unos meses antes de volver a tropezarme contigo en las escaleras de salida del Metro. Nos reconocimos enseguida y, con las mismas, nos saludamos con una guindilla estallada en tu cara.  Te pregunté qué tal te iba y respondiste que bien, que habías encontrado un trabajo y que estabas contento. Luego quisiste saber qué tal andaba yo y te contesté con el mismo tono que tu habías empleado, pero con mi propio sarampión tapado por el maquillaje.  Apenas demoramos cinco minutos para despedirnos por segunda vez y sin beso de cortesía o petición de indulto que no hubiera venido a cuento, un ligero apretón en el brazo y hasta la próxima con el pensamiento arrepentido de no haber indagado tu nombre.

Hubo un tercer encuentro en el que yo no me delaté por respeto a la escena en la que estabas metido con una estudiante guapa a quien contemplabas con ojos de cordero degollado.  Caminabais delante de mí a la orilla de la oficina bancaria, ella gesticulando nerviosa porque un profesor inútil le había suspendido el examen, tu asintiendo en silencio con el amor de un Romeo venerando a su Julieta. Me escondí detrás de un kiosko y esperé a que te alejaras lo suficiente para no reconocerme entre el resto de los viandantes. Lo último que vi fue tu mano posada en su espalda con la timidez de un muchacho que aún no sabe cómo hacer para atraer a la chica.

Volví sobre mis pasos contenta como una campana.  La próxima vez, si estabas solo, te preguntaría tu nombre y conocería más de tu vida después del ensayo como atracador novato; al fin y al cabo, si habías soportado mi esquizo-bronca, podrías tolerar una batería de interrogantes con los que afianzar una relación cuyos preliminares habían resultado ser un tanto grotescos. 

Sin embargo, debiste marcharte del barrio porque no volví a verte.  Tampoco he oído de ningún otro robo porque allí nos conocemos todos y, más tarde o más temprano, me habría enterado. Tus amigos los porteros se jubilaron y la oficina del banco se trasladó para ceder el local a un Todo a Cien donde venden navajas como la tuya a muy buen precio. 

También yo me mudé con los años, pero regreso a menudo para visitar a mi madre y, cuando accedo a la plaza, te busco entre la gente con tu cazadora beige y el billete de 1000 pesetas asomando en el bolsillo.  Ahora tendrás unos treinta y pocos años, quizá novia e hijo, un trabajo medianamente estable y un montón de planes sin mediar navajas que no sean para cortar chuletas sobre la rejilla de una barbacoa. Tengo la convicción de que no te olvidaste de mí y, si me pongo a fantasear, nuestra primera cita será un chascarrillo que contarás a los colegas en las noches de borrachera y que ellos tomarán como un chiste o una historieta del abuelo Cebolleta.

Te fue bien, seguro te fue bien, aprendiz de atracos frustrados porque, en resumidas cuentas, estoy aquí para contarlo...