BUENA GENTE

El cinco de enero tenía cajas de mudanza repartidas entre el apartamento que abandonaba y el nuevo domicilio decorando muros como cuadros de cartón firmados con rotulador negro en orden de importancia: ropa armario A, cajones cocina, vajilla, un poco de todo y el NO TOCAR de mi pequeña Taboada que olía a trapalladas con las que inundar los espacios a estrenar. 

Me levanté temprano con la lista de tareas desbordando las tuercas cerebrales en lugar de haber escrito viñetas en un papel por eso de ejercitar las neuronas en un intento de atrasar la visita de las termitas cercenando la memoria.  Arañé las últimas gotas de champú y gel en los botes vacíos de la repisa con el bye bye fuiste útil mientras conviví contigo, me coloqué la muda imprescindible de viaje del armario hueco y salí hacia la oficina del Ayuntamiento para tramitar el cambio de dirección con distintivo de aparcamiento autorizado para que mi Manolito Cuatro Ruedas no tuviera que enfrentarse a las multas de la municipalidad en el  barrio de acogida.

Hacía frío pero las prisas abrigaban lo suficiente como para eludir la bufanda y los guantes que almaceno en el fondo de la mochila, a lo largo de las cuatro estaciones del año, por el toque de pereza que me ataca cada vez que los veo y pienso, por enésima vez: a ver si hoy los guardo en el armario. No sólo tenía que gestionar documentos sino que, además, tenía que comprar un turbo regalo de Reyes para mi descendiente pese a su conocimiento de mi condición de paje contratado para tal fin en la entrega de paquetes

Entré en una galería comercial y ataqué la dependienta con el estrés coloreando la punta de la nariz. – Buenos días, señorita, tengo diez minutos para encontrar un BBB (bueno, bonito y barato) que colocar en el sofá de la cabalgata casera. ¿Alguna idea?  La muchacha uniformada sonrió y con la psicología que le otorgaba ser madre de una abobolescente, me procuró lo que necesitaba saltándose el protocolo de la jefatura con su mandato sobre que los clientes se envuelvan sus regalos en casa, para dedicar su tiempo en decorar el BBB con especial dedicación y ternura.

Salí muy contenta con mi bolsa en la mano y me dirigí a la ofi de sellos y firmas con el papelito de la citación arrugado en el bolsillo. Cruzo la entrada, recojo turno y busco mi número entre los puestos administrativos hasta encontrar el mío con un funcionario enjuto, serio y con cara de me toca un pie trabajar hoy contemplando la pantalla.  Avivo el paso, tropiezo con el palo de una silla y caigo de bruces sobre la mesa alterando el orden escrupuloso de sus bolígrafos. El caballero endereza la espalda, enarca las cejas y pregunta cortés: ¿Se ha hecho daño? No, gracias – respondo con el orgullo humillado. Abro el sobre y extraigo folios y justificantes varios que él comprueba hasta que se detiene para comentar escueto: Necesito los originales. Me encojo, trago saliva y recurro al fondillo de residuos sex-appeal en la voz plañidera:  ¿no podría hacer una excepción y aceptar las fotocopias?. El caballero ignora mi treta pero apunta 12:30 en un post-it que me entrega mientras habla con tono neutro: Vete corriendo a por los originales y vuelve a esta hora que estaré esperándote para que no tengas que pedir otra cita.

Estoy conmocionada, dos extraños facilitándome la vida en la misma mañana acogota el gaznate cuando lo que las noticias cuentan es un cúmulo de dramas fomentados por el odio e irracionalidad de los que tienen hielo en las entrañas ¿será que me estoy haciendo vieja y empiezo a gimotear secando las lágrimas con el pañuelo de cuadros?

Al llegar a mi calle observo a dos controladoras de aparcamiento tecleando la matrícula de Manolito en su máquina de sanciones en favor del erario público.  Acelero las botas y vuelvo a rebuscar en el saco de residuos sex appeal por si lo necesito para que no me pongan la multa:  - Buenos días, miladies (lo pienso pero no lo digo, quiero decir, lo de miladies) – acabo de tramitar el cambio de zona en la oficina de la municipalidad y no sé si la computadora será tan inmediata como para registrar la información y, en consecuencia, obligarme a cometer una infracción que conlleve pagar mi falta de obediencia al reglamento. Las damas escuchan asombradas mi repipiez y aclaran: ¿quiere decir que ha cambiado de domicilio en el Registro? Modifico el tono y lo hago coloquial para despertar su empatía: Sí porque estoy de mudanza, vivo sola con mi hija a quien todavía no le he comprado los Reyes (mentira), tengo todo empantanado,  polvo hasta en las tuberías y 30 cajas por abrir en las que no sé si hay sábanas o un kilo de arroz para cenar esta noche (mentira número dos). Pensaba que el trámite me daría un plazo para poder aparcar todavía en esta calle y ordenar lo que queda por trasladar con algo más de tiempo. Llevo toda la mañana corriendo y acordándome de las mujeres florero porque hoy me encantaría ser una de ellas, una con chófer, gestor, mayordomo y masajista… un rollo, de veras que esto de estar liberada es un verdadero incordio…

Las señoras del uniforme azul-amarillo fosforito sonríen y se lanzan a soltar su propio alegato: tienes toda la razón, las mujeres nos hemos sobrecargado de responsabilidades y convertido en superwoman las veinticuatro horas del día, nos exigen y nos exigimos ser amas de casa, madres, trabajadoras, fontaneras, electricistas y mecánicas…y, por encima, peor pagadas…pues sí que lo hemos hecho bien….  Tu no te preocupes que vamos a avisar a los compañeros para que no te sancionen y puedas organizarte con calma… Les doy las gracias efusivamente y continúo hacia el que va a ser mi antiguo hogar sumando su amabilidad y generosidad a la de los dos desconocidos previos.

Unas semanas después leeré tuits repulsivos ante la muerte de una mujer joven cuyo único pecado es apellidarse Bosé. No es la primera vez ni será la última que ocurra porque siempre hay cobardes azuzados por su propia miseria moral para vomitar sus demonios al amparo del anonimato de una red social y de los que se habla, critica e investiga por la repugnancia que suscitan en la gente de bien, hombres y mujeres que, como aquellos desconocidos de una mañana de enero, fueron capaces de crear una corriente espontánea de gentileza hacia mí como protagonista.

Voy a intentarlo, de veras voy a intentar no dar más pábulo a los que tienen cubitos de hielo en las tripas para quedarme con los que hacen la vida agradable en detalles pequeños e insignificantes para allanar el camino con la afabilidad de su azada.

Parecen invisibles pero no lo son. Y merece la pena recordarlo.