EL PROYECTO

Hace un par de años descubrí la editorial Círculo Rojo en la portada de ejemplares de relatos que una escritora presentaba en la celebración del día del libro.  Tomé una tarjeta del mostrador y la guardé en la cartera de quizás que arrincono hasta que resurje del caos de papeles que organizo los fines de semana aburridos.

El 2.018 arrancó con uno de esos envites al orden cuando fui a abrir el cajón y tuve que hacer encaje de bolillos para desatascarlo presionando las cuartillas atoradas con paciencia, rezos y el mango de una sartén, que no fríe, pero que resulta especialmente rentable para liberar una gaveta tozuda. Clasifiqué, reservé, tiré y encontré el cartoncillo con el www de una web que animaba a publicar mis andanzas literarias. Fui en busca de mi hija y pregunté:

  • ¿Qué te parece? ¿Lo intento?

  • ¡Pues claro! – respondió enfrascada en lo suyo – ¿Te hace falta ayuda?

  • Sí, hay que quitar la ropa del tendedero

Levantó la vista y sonrió divertida

  • Vamos mami que, aunque no lo parezca, me he enterado…

Al día siguiente abrí el fichero con los textos del blog y empecé a leer tratando de abstraerme al cuerpo de un anónimo que siente curiosidad por el contenido que entraña el título, el interés sostenido o la apatía que originan las palabras enlazadas. Fue imposible alejarme de lo que había expuesto y pueril ni siquiera intentarlo porque cada uno de los textos que aparecían ante mí, no eran más que un reflejo de las sensaciones experimentadas en mi vida personal con trocitos robados a hurtadillas, de otras con las que me he cruzado, para calmar la voracidad de las musas de mi fantasía.

Cerré el archivo y busqué el contacto de la editorial con el mantra del convencimiento a tortas con el de la resistencia por eso del pudor que produce tirarse por un precipicio en el que no se puede distinguir el suelo. Datos de contacto: nombre, email, teléfono, NIF y casilla de adjunto frente a la que vacilo con los pétalos impares de una margarita virtual traicionando el No para que apoye el cursor en el recuadro de Envío que finalice la partida

Cuarenta y ocho horas después recibí la confirmación y aptitud de la Vida en Colores como parte de la biblioteca del Círculo siempre y cuando aceptara condiciones: edición, maquetación y primera inversión económica a mi cargo pues ellos no son más que unos intermediarios entre el autor y el posible lector; contrato y plazos de entrega que cumplen rigurosamente. Sospecho que hay letra pequeña porque resulta demasiado atractivo, pero no lo pienso porque cada una o uno de los mensajeros que escribieron para enviarme el resultado de su trabajo, fue afable, familiar y encantador.  El intercambio de correos se convirtió en un trabajo en equipo que espoleó mi ilusión sin reticencias o cargas negativas con las que incrementar el bolsillo de mis inseguridades. Superamos etapas con idas y vueltas por la red: Almudena, te envío la galerada, por favor, mira la portada y dime qué opinas, faltan datos, este es el enlace que necesitas, revisa las correcciones, tómate tu tiempo y envía foto para añadir en cubierta, que ahuyentaron con su cercanía el poder de mis recelos

Para entonces, mi hija estaba tan involucrada en el proyecto que ya había iniciado su propia campaña de márketing entre sus compañeros de instituto y, en consecuencia, se ofreció a retratarme para la portada del libro. Tomó la cámara y se calzó el papel de paparazzi ordenando posturas, gestos, giros y muecas a lo largo de una media hora que se me hizo eterna. Disparaba y eliminaba sin tan siquiera consultarme y, cuando yo ya estaba dispuesta a rendirme, enfocó, ladeó la cabeza y soltó un ¡Mierda se me ha escapado el dedo! con el que la perra huyó a esconderse por debajo del sofá.  Abrimos el visor y enarcamos las cejas con estupefacción: era una foto perfecta.

  • No la edites, mamá, que te conozco y si le pones filtros vas a parecer una de esas famosas que se operan la cara y lo fastidian…

Le hice caso y, tan pronto volqué la imagen en el ordenador, la envié al diseñador con un recado: No me molestaré si le aplicas Photoshop. Me ignoró y, a cambio, me remitió la ilustración de la cubierta que había configurado con la flor de gervera que fotografié con mi móvil en uno de esos días raros en los que el aparato tiene a bien cumplir con el punto 3 de sus garantías. Era el último paso porque, quince días después, 8 cajas de libros llegaron a mi salón para presentarlos en tertulias o librerías una vez haber aprobado el cursillo acelerado de Cómo hablar en público, sin morirte de vergüenza, para vender tu propio producto.

Mi hija se entusiasmó hasta el punto de comenzar su andadura como agente comercial de su madre, mis hermanos, mis amigos, mis primos y mis contactos de Facebook, donde la notificación me costó unos cuantos borra, borra, borra para que las palabras escritas no pecaran de modestia excesiva ni tampoco aparentaran ser un alegato soberbio, reaccionaron con idéntico cariño en sus comentarios para conmoverme con su maravillosa bondad.

Una parte de La Vida en Colores se ha mudado al planeta del papel con el único propósito de entretener, divertir y azuzar emociones en el latido del corazón que lee. Es un proyecto que lleva mi nombre pero la firma que aparece en el contrato está rubricada por todos y cada uno de los que, a lo largo de dos años, han permanecido incansables con el calor de su aliento.