QUERIDO ADOLESCENTE

Queridos/as adolescentes,

Un amigo mío, especialista en terapias familiares, me comenta la lista de espera que aumenta, año tras año, con chavales/as desorientados y acosados por un entorno hostil que a los padres desconcierta y al que tampoco saben cómo enfrentarse porque su generación está a años luz de la que crece a la sombra de una cartilla a estrenar con el lápiz de una libertad mal entendida.

Las páginas se llenan de estadísticas, opiniones y consejos que uno lee con cierto interés pero también con escepticismo porque si algo he aprendido de la maternidad es que cada hijo/a es un microcosmos que explorar con el instinto dando instrucciones como si fuera un GPS configurado con miles de errores que, a veces, pagamos muy caro. Habéis crecido con la precocidad que proporciona Internet en móviles, tablets y ordenadores a poco que pulséis un clic en el botón de aceptar; a los doce años creéis saberlo todo cuando la realidad es que ni de lejos acariciáis las curvas que traza la vida, os lanzáis por barrancos y precipicios convencidos de tener superpoderes para no estrellaros contra las piedras y, si la aventura resulta ser frustrante, os enfurecéis culpando a los mayores de vuestro fracaso.

Sois el reflejo del espejo que nos retrata con los bordes fragmentados por nuestra propia avidez para absorber la información que no registraba la enciclopedia, pagada a plazos, de la estantería del salón de los abuelos. A nosotros también nos ha pillado la nueva tecnología con el caramelito de una comunicación fácil, accesible y veloz; hemos pasado de pedir una moneda en la calle para llamar desde una cabina telefónica para que no se preocuparan por nosotros en casa, a un telefonillo de bolsillo que nos vincula a un arco iris de enlaces y relaciones sobre el que patinamos como niños maravillados por el color de acuarelas que imprimen sus manos sobre cartulinas blancas. Navegamos enloquecidos por las olas de tres uves dobles con noticias, imágenes, contactos o música que hasta no hace tanto escuchábamos con el filo de una aguja calcando líneas en la plataforma de un vinilo negro. Nos hemos convertido en peces atrapados por las redes de pescadores millonarios y, a la vez, adictos a la materialización de ideas que nos parecen literatura de ciencia ficción cuando retrocedemos a las tardes de canicas en la arena del parque.

Los expertos se quejan de nuestra sobreprotección y también de falta de límites provocando vuestra tiranía a poco que asomen las hormonas por el hueco de la hipófisis.  En otras palabras, os moldeamos blanditos y poco preparados para los contratiempos en nuestro afán por vestirnos de bomberos sofocando el fuego de vuestras contrariedades con el agua de nuestros complejos. Exigís confianza pero abusáis de ella tan pronto nos giramos de espalda a la pantalla de los aparatos que manejáis como nosotros hacíamos con el tablero del parchís; llenamos vuestras cabezas de advertencias sobre el peligro que implica exponerse a desconocidos y respondéis con una mezcla de aprensión, intriga y autoconvencimiento de aquél que cree librarse de amenazas cuando cada imagen comprometida que colgáis en internet es equiparable al juego de la ruleta rusa en el que no hace falta más que una bala para matar al contrario.

Los adultos pretendemos que cumpláis normas que nosotros mismos nos saltamos a la torera  cada vez que el gusanillo de los avances tecnológicos azuza la curiosidad, de modo que rompemos la barrera de la autoridad para compartirlas con vosotros de colegas, que no de padres, confundiendo roles que en nada os beneficia.  Sois la generación de la agresividad en el aula y en las redes sociales, nos escandalizamos con vuestra actitud pero obviamos la que os transmitimos en calles y ondas magnéticas con insultos y ausencia del más mínimo respeto hacia los que no comulgan con el ideario irrefutable de una razón cuestionable. Resulta un sinsentido ordenaros seguir el manual de los buenos modales a pies juntillas si somos los primeros en atacar con desprecio y humillación al vecino porque no nos gusta su perro.  Olvidamos demasiado rápido el alcance de las antenas dispuestas a ambos lados de vuestra cara y que recogen la semilla que plantamos en el surco que vosotros recorréis pisando la tierra salpicada de estiércol. Os creemos tontos y no lo sois pero tampoco muy listos pues hacéis caso omiso de los consejos de los que vamos de avanzadilla con las cicatrices de nuestros errores cosidas a la experiencia.

Conozco a una compañera que, al igual que muchas de las madres contemporáneas, se ha formado en el arte del espionaje al quinceañero que habita su casa.  Intercepta mensajes con una habilidad envidiable así como resuelve conflictos con el porque lo digo yo que soy tu madre sin necesidad de entrar en debates o negociaciones que perdería porque únicamente los dueños de nervios de acero soportan vuestro erre que erre cuando os ponéis burros empeñados en torpedear la paciencia. El audio robado pertenecía a un colega en el que argumentaba su comportamiento para defenderse del reproche que el hijo de mi compañera le había hecho por mensaje de texto: Oye, tío, no te pases conmigo – empezaba – somos adolescentes y tenemos que experimentar por nosotros mismos, no por lo que digan nuestros viejos. Si fumo porros, robo en el Primark o me follo a mi amiga o me emborracho en las fiestas es mi problema y no pasa nada. Sé controlarlo de sobra así que ahórrate ese rollo padre que no me mola.

No, adolescentes que jugáis a ser adultos cuando apenas habéis abandonado la cuna, mirad vuestro carnet de identidad y utilizad las células grises para calcular el tiempo que tenéis por delante si no queréis hundiros, antes, en el espejismo que os ofrecen los timadores de sueños o los vendedores de un humo en el que flotáis por horas desperdiciadas en la nada de un planeta imaginario.

Confiad en la fuerza de vuestra sangre caliente con los ojos puestos en el horizonte y esperad a que amaine la tormenta de las pasiones. Os prometo que amaina.

Firmado:  una ex de vuestro gremio a quien su madre tampoco entendía