EL EGO

Últimamente escucho una frase que está marcando tendencia, que dirían los profesionales del estilismo, y que me ha inducido a preguntarme quién y de dónde ha partido una idea con la que, me temo, el ego se ha fortalecido a costa de menospreciar el entorno afectivo: si yo estoy bien, todo va bien, escucho reafirmar a conocidos, amigos e intervinientes anónimos en debates radiofónicos quienes, por extraño que parezca, suelen coincidir en haber superado un bache depresivo mezclado con adiciones temerarias. Y, sí,  estoy de acuerdo en que el estado anímico influye en la actitud que tomemos frente a la vida; que no es lo mismo levantarse con la energía soterrada, a descubrir que hay luz hasta en el cepillo de dientes; que si desprendemos negatividad, atraeremos lo más feo y que si, por el contrario, proyectamos optimismo, el viento nos devolverá un puñado de alegrías como pastelillos de miel.

Cada cual elige la medida del vaso en el que bebe su ego, quiero decir, sentirse bien por dentro conlleva decidir si uno es autosuficiente para manejarse en un plano asocial, o si, por el contrario, el contenido que nutre su autoestima se refuerza con intercambios de afecto en tanto y cuanto la balanza entre el dar y el recibir se mantenga equilibrada. No es fácil igualar los platillos y, mucho menos, señalar hasta dónde estamos dispuestos a soportar los desplantes de la gente que amamos, en qué punto se rompe la cuerda y si merece la pena reunir los pedazos de la confianza hundida en el charco de los desengaños. La fragilidad del nudo que se establece en las relaciones depende de las expectativas o exigencias que se fijen con la conciencia clara de que la vida no es una línea horizontal y que todos necesitamos de alguien en momentos singularmente difíciles. La nueva filosofía del Yo por encima del Tú se basa precisamente en este principio: No me cuentes tus miserias que me contaminas con tu negatividad, no te ampares en mí que estoy bien  y no deseo malos rollos, no respondo a tu llamada porque tus problemas me agotan, no te escribo porque me desestabilizas…Argumentos y juicios de personas que caminan de puntillas sobre un terreno egocéntrico, que suponen férreo, y que sin embargo se agrieta cuando llaman a una puerta que no abre en respuesta a quien, antes, los había rechazado con las flechas de su desapego.

El ego es como una tripa cervecera: abultado y con el ombligo hacia afuera, ligeramente curvado o versátil según se adscriba, o no, a una dieta de humildad.  Si yo estoy bien, todo lo demás va bien, estoy de acuerdo pero se necesita mucho cuidado para que la anchura del pantalón, que uno delimite, no la apriete el cinturón de la vanidad. Y, por otro lado, negarse a ofrecer auxilio por temor a dejarse arrastrar por las emociones negativas, hacer oídos sordos con la excusa de falta de tiempo, o restar la gravedad de una situación que lacera a quien lo pide, es lo mismo que subirse a un boomerang que torna al punto de partida con las propias emociones girando en el vértice de su curvatura.