EL PROCÈS

Me había jurado no significarme con el tema del procès en Cataluña, había decidido no dedicarle más tiempo que el necesario para estar al tanto de las noticias como si estuviera en una butaca de cine contemplando el cortometraje que antecede a la película y, por último, no dar la matraca a mis amigos catalanes con preguntas sobre lo que opinan o cómo sobreviven al huracán desatado con las idas y venidas de un juez disparando munición sobre los protagonistas de la revolución política y mediática que asola las calles.

En octubre se celebró un referéndum ilegal cuyos resultados defendieron con pasión los integrantes del lado independentista; el estado participó con cargas policiales que recordaban a las tropas grises de Franco persiguiendo a los manifestantes con sus porras, menos sofisticadas, pero igual de certeras y, entre unos y otros, lograron que las familias y grupos de amigos, en teoría sin fisuras, estallaran en pedazos enconados por lo que a mí se me antojaba un sinsentido.

En esas semanas de gritos y banderas, contacté con una conocida escritora de Barcelona cuya página de Facebook se llenaba de mensajes de odio por lo que representara lo español, fuera quien fuera y viniera de donde viniera.  Me dejé arrastrar por ese temperamento que Dios me ha dado y me uní a ellos tratando de equilibrar la balanza, no tanto para defender mi nacionalidad como para intentar entender cuál era el origen de tanta rabia y rencor hacia el bando de los constitucionalistas. Quise saber por qué se ensañaban de esa forma tan cruda con “el enemigo” y qué ocurriría con los millones de electores que se negaban a aceptar la independencia en el caso de salir victoriosos de la contienda.  La respuesta de una mujer fue directa y contundente: Que se aguanten como nos hemos aguantado nosotros durante años.

Confieso que su mensaje encendió la mecha que había intentado mantener apagada y, tal y como lo leí, la gaseosa que habita en mí, descorchó la botella para contestar con más o menos prudencia: Eso que dices suena a fanatismo. Una hora después mi nombre estaba bloqueado.

No soy partidaria de patrias, fronteras o banderines porque estoy rodeada de gente joven que viaja por el planeta, bien sea con becas de estudios, bien por cuestiones laborales, con la maleta henchida de ilusiones.  Chicos y chicas que han ampliado su círculo de amigos con jóvenes con los que comparten inquietudes, aficiones y sueños al margen del país de origen que figura en su pasaporte; Nómadas, pioneros o trotamundos obligados, o no, a probar un nuevo hogar lejos del que los vio crecer a la sombra de sus padres; parejas que trascienden al color de la piel porque el amor apunta más hondo, navegantes de lo insólito y bucaneros dispuestos a multiplicar las pulseras con el cuero de culturas a las que adoptar con la tecnología como medio de comunicación en la palma de sus manos. Corrientes entremezcladas de población que me hace preguntar el por qué de un deseo por fundar aduanas que encierran y aíslan en aras de una libertad que, según mi opinión, disfrutan con el poder de sus votos. 

Hace un par de días escuché decir a una persona extranjera que la lucha catalana era comprensible porque los españoles habían conquistado América y únicamente la guerra había devuelto la tierra a sus genuinos propietarios.  Fue entonces cuando me di cuenta de cómo la información puede tergiversarse hasta el punto de falsificar la Historia.  Recurrí a mis libros de escuela para explicarle el mestizaje de un país que ha sido conquistado por celtas, suevos, vándalos, fenicios, romanos, árabes.. le hablé de los romances de los reinos de Castilla y Aragón, que no de Cataluña, del origen de las lenguas oficiales, guerras y repúblicas hasta llegar a una democracia, algo desflecada, pero que nos permite elegir a los candidatos de un partido político que se adecúe a la forma de vida que pretendemos vivir.  Me inquietó la visión que tenía de la realidad, su defensa sutil de la independencia catalana y el cómo podía llegar a entender la violencia callejera para defender una nación que nunca ha sido invadida por el ejército español. Si un extranjero, con un nivel cultural medio-alto, y que reside en España desde hace tres años da credibilidad a la teoría de la dominación y expolio del territorio catalán por parte de los castellanos, ¿Quién me asegura que aquellos que levantan barricadas contra sus vecinos argumentan su pelea con idénticas razones que, según mi parecer, no dejan de tener un punto de irrealidad y otro tanto de romanticismo?

Por otro lado están las marionetas de una Justicia cuya independencia del poder político es más que cuestionable desde el momento en que el presidente del Tribunal Constitucional es elegido por el gobierno que rige el Estado.  Resulta obsceno escuchar a ministros afirmar que todos los españoles somos iguales ante la ley cuando faltan docenas de dedos para nombrar la lista de corruptos, de su partido, que han utilizado el dinero público para incrementar el capital de sus arcas.  Soy ignorante de leyes y decretos pero la prisión incondicional para los disidentes me escuece en la misma proporción que me enferma la amnistía para sinvergüenzas sin escrúpulos a la hora de robar sabiéndose impunes. E, insisto en que soy analfabeta en Derecho pero, aun así, no creo que haya presos políticos, aunque sí quijotes persiguiendo una quimera desoyendo la advertencia de un Sancho Panza con barba.

Dos posturas radicalizadas, extremistas, enfrentadas al cincuenta por ciento en una tierra que no se merece tanto encono.  Ruido que tapa el mutismo de quienes quieren vivir en paz, simplemente en paz con lo suyo, que están cansados, hartos quizá, de ser protagonistas de un momento histórico que no han buscado ni del que desean formar parte porque su máxima preocupación es alimentar a sus hijos. Hombres y mujeres cuya subsistencia depende del salario de una empresa boicoteada por el absurdo de manufacturar sus productos desde la Comunidad Catalana, críos que deberían crecer con la atención puesta en la hora del recreo, abuelos que mal viven con una pensión exigua y que les da igual quien gane con tal de poder encender la calefacción en invierno, anónimos, enfín, que añoran la calma de una existencia tranquila.

A veces pienso en encapuchados reunidos alrededor de un tablero de Monopoly en el que nosotros somos las fichas y, las casas verdes, los territorios a comprar con el dinero sucio que se amontona en la caja.  No estaría mal que las piezas de colores cobraran vida, se juntaran en la linde del cuadro para pelearse por ser el primero en ceder el paso y, luego, una vez situados en la misma casilla, acordaran una revolución de alfileres contra las uñas que se clavan en su superficie.

Juntos ganaríamos todos.