INTENTO DE REPOSTERÍA TABOADA

Viernes de Semana Santa y a mí, que lo de cocinar lo justo, me ha dado un arrebato por la patîsserie de padre y madre cuando tenían a bien llenar la cocina de fritura para alegría de sus herederos. Los buñuelos eran una de sus especialidades y, por lo tanto, cada vez que olíamos festín dominical, allá que íbamos a la puerta por si teníamos la suerte de que se abriera con un bollito redondo a repartir entre los cinco (prohibido robar de la fuente hasta no estar completada).

Hay un pequeño inconveniente: no tengo receta.  Enchufo el móvil y busco en el colorines: buñuelos de viento Álvaro Cunqueiro. Cien opciones y ninguna la del maestro gallego del que mis padres eran sus fans.  Abro entrada número 1.  No me suena.  La 2…tampoco.  Bajo el cursor, lo subo y encuentro un vídeo de un cocinitas catalán que me da buena espina.  Leo lista de ingredientes, abro la nevera y oteo las baldas: no tengo ni huevos ni mantequilla.  Frunzo el ceño y miro la hora, el antojo de no-embarazada azuza a los adipocitos para que se unan al grito de:  ¡A la compraaaaa! ¡Vete a la compraaaaa! Froto la nariz, me rasco la cabeza, miro el reloj y medito si el comercio oriental estará abierto. La pequeña Taboada se acerca y contempla mi curvatura sobre el refrigerador con la vacilación del voy-no voy-voy flotando entre los vapores freeze.

  • ¿Qué haces?

  • Dudo

  • ¿Sobre…?

  • Había pensado hacer buñuelos y no tengo huevos ni mantequilla

  • Me duele la cabeza….

  • No te pedido que vayas tú….todavía

  • Ya – responde la Mefistófeles reencarnada – no te preocupes porque no los he probado nunca y seguro que no me van a gustar. Vamos, estoy casi segura de que no me van a gustar

Y se larga a saltitos de ¡me libro!, ¡me libro!, ¡me libro! con Arya trotando a su lado con la complicidad de su instinto perruno hacia la escaqueitor que me sucede.  Visualizo las bolas marrones y me lanzo a por la mochila, la llave y la calle para conseguir los ingredientes ausentes.

Quince minutos después pulso el play en el tutorial y sigo las instrucciones a ojo porque no tengo medidor y los miligramos o centilitros caen en la perola a golpe de intuición.  Rebobino y avanzo hasta comprobar que la masa tiene un cierto parecido con la del cocinitas a la par que me santiguo, como hacían mis tías frente a la sartén, para invocar su cooperación en el experimento. Tomo dos cucharas y formo pelotillas que caen en el aceite para expandirse como platillos volantes.  Me acerco y soplo como un fuelle para que se redondeen pero ni con esas: los buñuelos son rodajas esponjosas y planas, quemadas por fuera, crudas por dentro, que mi hija engulle en un plis plás defendiendo su exquisitez mientras exploro su paladar que no parece estar atrofiado.

Dos días más tarde repito intento de repostería gracias al libro de recetas Cunqueiro que he encontrado en la biblioteca de a ver si la ordeno un día. El gallego me lo pone fácil: un vaso de agua, tres cucharadas de azúcar,  media de levadura, otra de mantequilla, un vaso de harina…Me pongo a la faena cantando a Luz Casal, con los grillos que acompañan mi natural desafinado, a la vez que escucho a la pequeña Taboada resoplar mientras entorna la puerta que nos separa.  No me ofendo, esta vez lo consigo.  Mezclo, bato, frío y contemplo mis buñuelos con emoción: huelen a padre, madre y tías con mandil en la cocina de leña.  Tomo uno, soplo y muerdo:  ¡Delicioso!

Aparece la pequeña Taboada, mira la fuente, coge una bola marrón, la introduce en la boca y tuerce el gesto.

  • ¿De dónde son éstos?

  • De Galicia

Ladea la cabeza y sonríe pelín crispada

  • No te ofendas mamá, pero prefiero los buñuelos catalanes…

El fantasma de mi padre se acerca a mi oreja y susurra con voz lúgubre:

  • La próxima vez aplástalos y quémalos; no queremos disidentes en la familia, hija mía..