BURBUJAS

 

El viaje a Panamá para ser madre, así como los dos meses en los que conviví con mi hija en el Hogar de acogida, no sólo resultó ser la entrada a una nueva etapa vital en la que una personita robaría mi ombligo para hacerlo suyo, sino también el derrumbe del parapeto de confort tras el que discurría con la atención puesta en lo que se reveló como un hatajo de nimiedades que, hasta entonces, había considerado batallas enaltecidas por el poderoso ego.

Sesenta días entre niños hambrientos de cariño, más que de espaguetis con ketchup, malnutridos, con abusos sexuales previos, algunos seropositivos, unidos por el anhelo de protagonizar un cuento de hadas en el que no hay visitas a un hospital con óxido en el metal de los grifos, ni agujeros en las sandalias o resignación forzada por la imposibilidad de alcanzar un futuro digno, rompió el engranaje de esquemas por los que me había desplazado en mi pequeño cosmos para darme de bruces con la esencia de lo que era realmente importante y que, hasta entonces, había obviado desde el trono mullido de mi reino europeo.

El primer encontronazo con la realidad, de mis cuarenta años en España, lo sufrí a poco de aterrizar en Madrid con mi granito de café aferrada a mi mano para encontrar refugio entre el laberinto de relaciones que tendría que ensamblar con su corazón inexperto. Pocos entendieron que necesitaría tiempo, que ambas necesitaríamos tiempo para acomodarnos, y que la ingenuidad de sus cinco años era semejante a la de un bebé que empieza a trenzar los hilos de sus afectos con el color de las voces.  La tónica general de las primeras llamadas se concentraba en una sola pregunta: ¿Cuándo nos la traes a casa para conocerla? como si el hecho de haber superado la lactancia fuera la justificación perfecta para realizar un tour por la casa de amigos y parientes con mi niña morena.  Tardé muy poco en caer en la cuenta de que mi hija no era la única extraña en un mundo que a mí me descolocaba por lo superficial que representaba en comparación con la mirada llorosa de las pequeñas que me rogaban, día tras día, mamá, llévame contigo a tu casa; que los problemas y preocupaciones eran chinitas en un talón mimado por la fortuna de tener agua caliente, un plato de comida y un botiquín con el 112 pespunteado en el asa de los privilegiados que habían perdido la capacidad de valorar cuanto tienen al alcance de los dedos.

Me enojé ante la ignorancia, de la que yo también procedía, y lo pagué con quien menos debía al reprocharle que me pidiera a mí desplazarme en lugar de esperar a recibirlos: He parido, Miguel, soy yo la que he parido y, al igual que me acerqué al hospital para conocer a tus hijos, me gustaría que fuerais vosotros los que vinierais a conocer a mi hija. Camina, sí, come sola, también, pero ni ella es una medalla olímpica, ni nosotras hemos regresado de las vacaciones para enseñaros las fotos porque puede que tenga cinco años pero, a todas luces, es un bebé, una recién nacida con la suficiente conciencia de entender que la han sacado de su hogar, alejado de sus cuidadoras, de la familia que conoce y a quien, por encima, presionamos para que nos quiera porque somos los guays con los mejores juguetes para calmar (creemos) la angustia por la separación de los suyos… ¿de verdad crees que necesita que la transporte en el coche como si fuera un paquete para contentaros a todos?  No fue el único en el que volqué la rabia acumulada ante la injusticia de niños que merecían una infancia feliz pues a otro que se atrevió a decirme: Me vas a comparar el parto de Cris con el tuyo, le respondí categórica: Si te lo comparo: 5 años de embarazo, 2 meses de parto en un orfanato con infinidad de necesidades, que no puedes ni siquiera imaginar, y, puestos a añadir, un crédito de 12.000 euros.

Fue la última vez que me permití el lujo de soltar a bocajarro mis pensamientos al deducir que no podía culpar a nadie de la carga emocional que había traído de vuelta, así como lo difícil que sería hacer entender que la experiencia de la maternidad en nada tenía que ver con la de llorar de impotencia frente a una docena de cunas con pequeñuelos suplicando el arrullo de unos brazos. Me sorprendió, y estremeció, la ceguera con la que había vivido a este lado del mar, el amarre a las paredes de mi burbuja para no ensuciarme con el suelo de quienes flotaban a merced de un viento hostil, me erigí en abogado de las causas perdidas y reclamé empatía con los desafortunados al tiempo que banalizaba las quejas ajenas con la vara de un juez que separa lo fútil de lo fundamental en la conciencia humana. Me irritó la huida en el no me lo cuentes que prefiero no saber porque me reconocí en el lamento fácil ante a los dramas de anónimos a los que aparcar con ayuda de la memoria frágil, y me culpé por haberme creído instruida cuando lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea del sufrimiento humano al sur y oeste de las fronteras.

Modifiqué el rumbo y me alejé de plañideros o soberbios con la nula intención de aceptar que no hay pared de jabón infalible a los envites de la vida, que nadie ni nada nos garantiza la estabilidad porque no somos más que equilibristas deslizándonos por las tablas de un escenario en el que, únicamente, los elegidos por el azar, han podido colocar una red para mitigar el dolor de las caídas con la suerte en el gancho del arnés que los sostiene.

Hace unos días, a la hora de comer y, mientras veíamos el telediario, mi hija comentó: Mamá, me canso de escuchar siempre lo mismo, que si ahora las reinas se enfadan, que si el máster de una política es mentira, que si la independencia, que si esos han robado y no van a la cárcel que si, que si, que si…pero nadie habla de la guerra en la que están matando a tanta gente, de los niños que se mueren de hambre, de la destrucción del planeta quemando los bosques, de las niñas violadas o a las que les fuerzan a casarse con viejos, del maltrato de animales… hablan pero lo olvidan porque no les ha pasado a ellos y no saben lo que se siente al no tener una cama, o que te duela la tripa y no tengas una pastilla que te quite el dolor, tampoco el no poder llamar a mamá cuando te pinchan en el hospital porque no la tienes, como me pasaba a mí, sólo cuentan lo que creen que es importante porque ellos no lo han sufrido y al final sólo les preocupa que una señora se haya enfadado con la otra en la puerta de una iglesia. 

Me quedé pensativa y recordé una frase que decía una amiga mía involucrada en proyectos solidarios:  Al Tercer mundo lo mata el hambre, al Primero la avaricia. Miré a mi hija y respondí consciente de haber regresado al interior de mi burbuja:

  • Tienes razón en que es un error dar demasiada importancia a lo que no la tiene y que, hasta que uno no lo sufre, no sabe lo que es que te duela la tripa y no tener una pastilla, o que te obliguen a casarte con un viejo, o que tengas que enterrar a tus hijos porque los han matado las bombas de una guerra que no entiendes por qué empezó.  La cuestión está en cómo podemos cambiarlo si es que fuera posible, que no lo es, o cómo evitar que eso nos destruya.

  • Bueno, mamá, quizá si pensáramos más en los demás que en nosotros mismos, no sería tan complicado.

Miro la televisión y aparece la imagen de los padres de Gabriel Cruz, el niño asesinado por la madrastra de un cuento terrible.  Necesito reírme, necesito un pellizco de humor que contrapunte las tinieblas que vocea la pantalla.  Tomo el vaso, bebo un sorbo de agua y así, como quien no quiere la cosa, le digo a mi pequeño saltamontes:

  • Estoy de acuerdo, cariño, por esa razón y, porque sé que te preocupas por mí, estoy convencida que hoy te ofrecerás para limpiar el cuarto de baño.

Silencio…