LA RABIA

Si hay algo que me quema las entrañas es leer mensajes que, tácitamente, justifiquen la violencia si los implicados están relacionados con las Fuerzas de Seguridad del Estado u opciones políticas contrarias al pensamiento de quien derrama su rabia con la bilis anegando las letras. La ira que destilan es la misma que despierta en mí su ausencia de empatía cuando, además, adivino un estatus socio económico -cultural envidiable y una capacidad infinita de juzgar a uno de los bandos sin tener la menor idea de lo que significa formar parte del otro.  La templanza no tiene cabida en sus esquemas mentales, se enrocan en su superioridad como magistrados de lo irrefutable,  defienden los derechos humanos de los suyos y soslayan con crudeza los del bando contrario con la agresividad impresa en el lenguaje.

Alsasua y su juicio contra unos cuantos sujetos que propinaron una paliza a un guardia civil se ha convertido en el punto de mira de mensajeros con la razón suprema del criterio que se forman con los argumentos de la prensa en la que confían a ciegas.  Convino en que la ley antiterrorista es un despropósito peligroso para cualquiera de nosotros, al igual que lo es la ley mordaza con la que nos coaccionan la libertad de una manera ignomiosa.  Sin embargo, me pregunto si alguno de estos apasionados de los derechos fundamentales se han preguntado qué ocurre con los cientos, miles de policías y guardias civiles que, por el mero hecho de llevar un uniforme, han sufrido el odio y la violencia de los ignorantes que los agreden por lo que representa su oficio sin pensar que, ese cuerpo que arrojan al suelo, y patean sin control, tiene un corazón que late al son de las emociones comunes a todos, que las heridas que infringen es un puñetazo a su derecho a la vida, al amor de su gente, sus miedos, alegrías e ilusiones, que el verde de su chaqueta no se pinta con la tortura de sus compañeros de antaño y que, la placa que lleva en la cartera, no otorga el título de justicieros a los hipócritas que proclaman la defensa de los derechos fundamentales de todos menos de los que sufren la presión del miedo en la puerta de su casa.

Cada caso violento es una moneda de dos caras: víctima y verdugo quien, a su vez, puede ser víctima de la aplicación de una ley perversa, que los sentencia a un futuro mezquino.  Los chicos de Alsasua, los fanáticos del fútbol, los que amenazan con tinta roja las fachadas y, los que lo hacen escondidos bajo la protección de las redes, tienen que pagar consecuencias porque no todo vale si queremos que haya reglas para conseguir que la convivencia no se convierta en un territorio gobernado por opresores que estrangulan al débil con el poder de su discurso, armas o, incluso, aplicando leyes que vulneran la dignidad del ser humano.

Siento escalofríos con cada imagen de una persona vencida por la rabia de uno o varios individuos, me mimetizo con el pánico de su impotencia y rezo para que cesen los golpes, para que no me rompan el cuello, para que no me quiten la vida a la que tengo tanto derecho como ellos, ni la mía ni la de la gente que amo porque, en esta bronca, no seré el único abatido, habrá más, muchos más que continuarán respirando con el alma deshecha en llanto.

Cuidado con los prejuicios, son peligrosos.  Hoy son los policías y guardias civiles el centro de una diana en la que descargar la venganza como si cada uno de los hombres y mujeres que trabajan en las Fuerzas de Seguridad del Estado estuvieran cortados con el mismo patrón de matones con pistola a quienes despojar de humanidad. Tengo una hija de piel morena y rasgos latinos; quién sabe si se despierta el ogro de la xenofobia y mañana, cualquier día, se encuentra a un grupo de racistas violentos con la rabia en los puños con los que la golpean.  Estoy convencida que si sucediera, si algo así ocurriera, los mensajes se multiplicarían por millones para lamentar el ataque así como otros tantos para votar por la pena de muerte a los agresores. ¿Dónde está la diferencia? ¿En el sexo de la víctima, el color de piel, o el de la tela que la cubre durante las horas en las que ejerce su tarea? ¿A cuál de los dos le duele más los golpes? ¿Quién reza más para que cesen?

No todo es terrorismo, por supuesto que no y, en consecuencia, no se debería permitir que la aplicación de una ley infame avive el fuego de la intolerancia con la leña de lo injusto. Condena sí, naturalmente que sí, pero exigiendo el equilibrio de una báscula a la que cualquiera de nosotros puede encaramarse, sin siquiera proponérselo y cuando menos se lo espere.