CHUPÓPTEROS CON ENCANTO (CCE)

Estos últimos años he coincidido con varias personas con conductas similares que han azuzado mi interés por categorizarlos con el título (a modo personal) de Chupópteros con Encanto. Soy consciente de que puede resultar ofensivo motear a un grupo concreto de humanos como si me tomara por una experta de las ciencias del comportamiento cuando la realidad es que me rijo por el mandato de un instinto, posiblemente equivocado, en lugar de acudir a la prudencia, mucho más sabia, a la hora de emitir veredictos de un esófago que escupe los pensamientos irreflexivos de un subconsciente traidor. Sin embargo, el descubrimiento de este grupo de caracteres, como parásitos de la gente bienintencionada, se ha colado en el hueco de la osadía para permitirme el lujo de describirlos con el objetivo de recordarme que más me vale detectarlos a tiempo si no quiero terminar exhausta de justificaciones inútiles.

Los Chupópteros con Encanto (CCE) se distinguen por ser cautivadores, cercanos, amigables, protectores y reconocidos socialmente como tótems de la coherencia, libertad y tolerancia.  Hablan con aplomo sin rayar en la soberbia, equilibrados en sus opiniones, inseguros bajo el edredón de un ego inflado y flamantes conversadores por la empatía que desprenden hacia los que desahogan sus dramas; en definitiva, un hallazgo para cualquiera que desee un hombro mullido donde reposar los quitasueño que embotan de temores los sentidos.

El segundo paso es el intercambio de número de teléfono, correo electrónico y dirección postal con la promesa de una cita en un café, terraza o restaurante en el que fortalecer el vínculo de confianza gracias al cambalache de intimidades que uno vuelca sobre las redes imperceptibles del CCE comprensivo que se sienta frente a un vaso y un platillo de anacardos.  El nudo se ata con los mejores propósitos y también con la deuda emocional  que genera la idealización del el/la nuevo/a amigo/a a quien se venera por la energía que trasmite su mirada.

El cebo está mordido y el pescador, inconsciente al poder de su influencia, crece en ilusión por el trofeo enganchado en el anzuelo.  La relación entre el CCE y su víctima empieza a desarrollarse con normalidad hasta que el primero relaja la tensión de tener que figurar como el todopoderoso de la magnanimidad, para iniciar su carrera de Favores y Peticiones mientras dure el espejismo de su talante abierto.  Insisto en que no es consciente de su osadía porque, al igual que los niños, ruega de a poquito y, habitualmente, con indirectas sutiles que consiguen provocar una reacción generosa del contrario hacia el CCH que tanto lo alienta. Un ejemplo: 

  • Hace mucho tiempo que me gustaría ir de copas de noche pero ando mal de dinero…, tengo un problema con el perro que tiene que pasar el día entero en casa porque siempre tengo jaleo a la hora de comer, qué suerte que tú tengas horario sólo de mañana y puedas ir a comer a casa… Fíjate que he encontrado una oferta para viajar a París por 100 euros con hotel incluido, ¿No te encantaría aprovechar el fin de semana para irnos?  ¿Podrías reservarlo con tu tarjeta?... Qué bonitos tus zapatos, a mí me harían falta unos nuevos, pero tengo que pagar el curso de Realización Personal y no me llega para las dos cosas …

El amigo atrapado en las redes de su seducción no percibe el riesgo y, poco a poco, cede terreno de su vida personal para hacerse cargo de la del CCE con la sensación de estar amortizando un compromiso afectivo que no se sostiene en un hecho concreto.  Renuncia al descanso para ocuparse del perro, París o zapatos con la carga de una responsabilidad que se alarga en el tiempo, que no le corresponde y de la que ya no sabe cómo librarse porque no quiere herir la sensibilidad del Chupóptero con Encanto al que ha mal acostumbrado con su maletín de emergencia. 

Y también, poco a poco, el cansancio empieza a minar el propósito de mantener la tónica de disponibilidad constante hasta que se produce el primer NO a los ruegos de su captor. El rehén, dentro de su madurez, cuenta con la comprensión del otro para aceptar la negativa, la asertividad de la que siempre hizo gala y la coherencia con los principios de los que le hicieron caer en la malla de su cautiverio, pero, por extraño que parezca, la oposición a su demanda provoca un enfrentamiento en el que el CEE se enfurruña como un niño mimado al que le han vedado un capricho, patalea con elegancia, quizá golpea con chantajes y, por último, toma el móvil para enviar un mensaje:  Hola, creo que tu y yo no tenemos más que decirnos, o bien, siento que el cariño se ha roto o, por último, te voy a bloquear en las redes porque tienes un lado oscuro que intuía y que acabas de revelarme con tu falta de colaboración conmigo.

Chupópteros con encanto e incapaces de entender que dar y recibir es un acuerdo que no necesita la firma de un notario con una pluma de oro.  Adolescentes a la búsqueda de un reconocimiento social que engrose la seguridad que les falta, vampiros de admiradores que llegan y se van cuando pisan el suelo de una realidad envuelta en humo, parásitos de lo ajeno que asumen como obligación hacia el Peter Pan que habita en el cráter de su ombligo.

Chupópteros con encanto incansables al desaliento porque, una vez el rehén se escapa, saben, y lo saben bien, habrá otro pescadillo que muerda su cebo para alimentar el icono de papel que mantiene la consistencia de su disfraz.