LA CAJA

No hacía mucho tiempo que había empezado a trabajar cuando una compañera se acercó a mí para presentarse y preguntarme si me apetecía acompañarle al teatro porque un pajarillo le había comentado de nuestra afición común a las tablas.  Me sorprendió su espontaneidad frente a mi cautela para darme a conocer con una excusa tan curiosa y, con las mismas, acepté contagiada de su energía, no sólo para compartir actividades culturales si no, también, para establecer un vínculo casi fraterno que nos ha mantenido unidas a lo largo de los años.

Ana tenía novio y una pandilla de amigos con los que se iba a reunir para planear un regalo especial de aniversario a Pepín, miembro de la banda, con personalidad milimetrada en la que no cabían improvisaciones que alteraran el orden en el laberinto de su cuadratura mental. Mi amiga confiaba en mi imaginación para ayudarlos con propuestas creativas y, en consecuencia, me apunté al brainstorming con el firme propósito de pasar desapercibida no fuera a ser que me tomaran por una lunática recién caída del cielo.

Chicos y chicas empezamos a sugerir ideas como una enciclopedia de tópicos que incluían libros, música o aparatos electrónicos que acababan de aparecer en el mercado y que a todos nos tenían obnubilados por el desarrollo avanzado de su tecnología. Sin embargo, si de lo que se trataba era de sorprenderlo con algo que no imaginaba ni en sueños, la lista de objetos tan obvios suponía renunciar al objetivo principal: Descolocarlo.

De pronto, Blanca, una de las más ingeniosas de la cuadrilla, se volvió hacia mí y exclamó:

-        ¡YA LO TENGO! ¡UNA CAJA SORPRESA! – y continuó – A ti no te conoce de nada así que lo tenemos fácil.  Buscamos una caja de ordenador, te metemos dentro, te envolvemos y luego, cuando vaya a abrir el regalo, apareces tu como si fueras una de esas chicas boom que salen de una tarta de boda.

Me quedé muda a la vez que notaba cómo más de una docena de ojos me miraban fijamente con sospechosa aprobación.

-        Una idea buenísima – corroboró Alberto

-        ¡Genial! – alabó Javier

-        ¡Un acierto! – sentenció Ana

Carraspeé y conseguí musitar.

-        ¿Y qué hay de una cámara de fotos con manual incluido?

-        No, qué va – respondió Luis – Acaba de comprarse una digital que es la pera.

Me envalentoné

-        ¿Pero no habéis reparado en que soy el polo opuesto de una Marilyn con curvas? ¿No os habéis fijado que mis adipocitos no entran en un maillot de lentejuelas aunque los empuje a presión? ¿Ni que no enseño ni los tobillos para no quitarle mérito a las columnas del Partenón griego?

-        ¡Bah! – rechazó Blanca – no te hace falta ponerte un bikini de espejo, basta con adornarte de serpentinas la cabeza y ya.  Esto no es una despedida de solteros cutre, se trata de hacer algo diferente que nos divierta a todos.  Además, seguro que a Pepín le encantas cuando te conozca, es un poco raro pero muy buena gente, créeme, es muy buen tío.

Deduje que en todo el embrollo había un plus añadido que me habían ocultado: buscar novia al amigo. Miré a Ana y ella me alentó con un guiño seguido de un gesto que indicaba confianza.

-        Está bien. Contad conmigo. Seré la sorpresa pero, por favor, traed un desfibrilador por si se nos infarta en la alfombra.

Una semana después volvimos a encontrarnos en el mismo lugar conmigo vestida de rojo y un racimo de cintas prendidas en el pelo a modo de cascada de flecos. La caja me esperaba en el centro de una habitación como una enorme boca en la que tendría que introducirme con las rodillas a la altura de las orejas, el cuello retorcido como un ocho y las manos en posición tente-macetas para ser utilizadas como catapultas contra la cubierta.  Alberto, atento al oxígeno de mis pulmones, llegó con un cuchillo con el que inició maniobra de matarile clavando la hoja a diestro y siniestro en paralelismo con la contorsión de mi cuerpo por esas cosas raras que ocurren cuando se produce un accidente casero del que, puestos a elegir, prefería morir por asfixia que por un corte en la yugular (la sangre siempre es muy aparatosa). Blanca, que andaba sufriendo por la posibilidad de un asesinato fortuito, trenzó un pliego de papel de regalo como apaño de ornamentación y, finalmente y con ayuda de un tercero, me propulsaron por el pasillo hasta, adiviné, llegar a los pies del homenajeado.

Habíamos acordado en que la señal para emerger del cajón, sería el happy birthday entonado a coro, pero allí ninguno se puso a cantar porque estaban demasiado ocupados en jugar al despiste cuando Pepín preguntó qué podía ser tan grande como para que tuvieran que empujarlo entre tres: que si una escultura romana… que si la jaula de un loro asiático… una televisión portátil, la representación de un menhir, un saco de arena con semillas de geranios para plantar en la terraza que no tenía, pero que algún día conseguiría cuando ahorrara lo suficiente para comprar un piso con balcón... Y cuando ya creía que mis músculos contracturados fenecerían entre las paredes de papel acartonado, Ana acudió a socorrerme invitando al cumpleañero a abrir el paquete antes de que se calentaran las cien botellas de champagne francés que, entre todos, habían colocado dentro.  Tomé aire y en un alarde digno de atleta, me levanté con las manos sacudiendo la tapa para emerger como una antorcha de serpentinas ante los ojos desorbitados del elenco que, por una pequeña falta de precisión, me habían posicionado al revés, es decir: cara al público, espalda al festejado.

Fue la primera y última vez que incursioné en el mundo del espectáculo de cabaret sin plumas y, aunque me picó el gusanillo, no pude hallar un empresario que quisiera contratarme para repetir experiencia como chica go-go en los guateques sorpresa. A Pepín lo vi dos o tres veces más y, luego, le perdí la pista cuando me enteré que se había mudado a Estados Unidos por cuestiones laborales. Supongo que seguirá preguntándose si sucedió de verdad o fue sólo un espejismo porque la segunda falta de previsión de los fabuladores consistió en hacer fotografías con una máquina vacía de película.

Una pena, una verdadera pena..