LA EDUCACIÓN SEXUAL MODERNA

La policía, centros educativos y asociaciones de diversa índole están impartiendo charlas de educación sexual a los adolescentes con el fin de aclarar conceptos y evitar, en lo posible, embarazos precoces, infecciones, enfermedades de transmisión sexual etc etc etc.

El objetivo está bien pero ignoro si en el contenido de las mismas incluye un repaso y filtro al saco de informaciones que reciben, día a día, con series de televisión, anuncios y comentarios en redes sociales en los que se mitifica el sexo como si fuera la pera limonera, la panacea contra todos los males y el modo más seguro de conquistar al/la guaperas sabrosón/na. No hay puertas al campo de Internet por el que retozan los preadolescentes con la falsa seguridad de saberse una lección que les impartimos, desde la experiencia, y que ellos nos devuelven con la coletilla del qué pesados sois los padres.   Brota el vello, el botón mamario, la voz grave y el acné en paralelo a la autoridad que les proporciona mudar el cero de la izquierda a la derecha en la cifra de sus años. Se despiden del mami te quiero mucho y empiezan a pelear con las contradicciones de un tubo de ensayo que ha cristalizado en las células de su sangre efervescente. Trepan por el podio de la convicción en su capacidad para manejar cualquier decisión  que represente el mundo de los adultos y, una vez se topan con las consecuencias, reculan hacia el regazo materno con los puños de la frustración en pie de guerra para desesperación de sus padres.

Los niños de mi generación crecimos en las ramas de un guindo con las cuestiones sexuales a cubierto de cualquier tipo de información que contuviera la X prohibida por respeto a la censura. Mi caso era distinto pues al ser mi padre un ginecólogo entusiasta de su oficio, cualquier referencia a bebés portados por cigüeñas o nacidos bajo las coles de un huerto nos parecía, literalmente, una estupidez. Me resulta imposible olvidar la tarde en la que, jugando con mis muñecas, se me ocurrió preguntarle a mi madre por qué las mujeres solteras no podían tener hijos desde la inopia y mi ignorancia ante al ocultismo y marginación de mujeres acusadas de un pecado del que únicamente ellas eran responsables (los hombres estaban disculpados). Mi interés no era más que el producto de un fogonazo mental por lo que me extrañó que mi madre desenchufara la plancha, se sentara circunspecta a mi lado, tomara mi mano y me diera una versión, en modo galimatías, de intercambio coital entre parejas. Calculo que debería ser muy jovencita, amén de tener mi atención puesta en la construcción de la casa con cartón y servilletas que había dejado a medias, porque ni me enteré de lo que hablaba ni me preocupó seguir colgada del guindo ya que deduje, con buen criterio, que mi madre repetiría la historia al hermano que me sucedía cuando le llegara el turno. Fui lista porque varios meses después, se reprodujo el cursillo intensivo de cómo transportar semillitas a los dos hijos pequeños y en términos tan entendibles que no pude por menos que exclamar: ¡Dios mío, mamá, eso tiene que doler muchísimo! A lo que mi madre, en una de esas salidas originales que le caracterizaban, replicó contundente: No, hija mía no, eso da mucho gustirrinín.  

Las nuevas generaciones crecen con los tabúes pulverizados y el péndulo en el extremo del sexo como un terrón de azúcar que amarga el paladar cuando se toma haciendo caso omiso a los posibles efectos adversos.  Reciben información, sí, pero también una riada de estímulos que abonan el campo de hormonas con mensajes en los que el amor pierde su fuerza si no se cede al furor de la cama.  Adolescentes prematuros que sorben la vida a tragos de un vino del que creen saberlo todo y que, cuando escuece, cuando la resaca les revuelve el estómago, vomitan sobre la tierra de su desencanto.

Mi hija ha acudido a una de estas charlas de educación sexual que imparten organismos públicos y volvió con una ristra de folletos informativos subrayados con el rictus de la ironía en las comisuras de su boca:

Mamá – dijo a poco de entrar por la puerta – Te he traído un regalo por si algún día te hace falta; un par de condones que nos han entregado y que caducan a final del 2.021 así que tómatelo con calma que aún falta mucho para que dejen de ser útiles. No pone talla y eso es un error porque si son demasiado grandes se arrugan y se rompen y, si son muy pequeños, pues también.

Trago saliva y pregunto:

  • ¿Y tu cómo sabes tanto del tema?

  • Mamá, que tú seas de la antigüedad no quiere decir que yo, que he nacido en el siglo XXI, sepa tan poco como tú de estas cosas – se sonríe – te recuerdo que yo soy moderna.

Introduce la mano en el bolsillo del vaquero y saca dos envoltorios, tipo Candy Crush, para enseñármelos con la guasa vibrando entre los dientes.  Leemos los nombres en voz alta: Fresa y Natural.

  • ¡Anda! – exclamo – ¡Como los yogures!

Y nos reímos las dos.