LO INEXPLICABLE

Conocí a Miguel en la junta de vecinos de mi Comunidad.  Me llamó la atención lo joven que era, su aspecto deportivo, el pelo recogido en una coleta y su implicación en cada propuesta del administrador con un toque de ironía que destensaba el ambiente.  Solíamos coincidir cuando regresaba de pasear a Arya, saludaba fugaz y se iba rápido a las escaleras como si le avergonzara establecer un mínimo diálogo con los habitantes del edificio a menos que fuera en la reunión como un miembro activo en lo referente a reformas con derramas a precio asequible. Sabía que tenía moto porque lo había visto pasar con el casco y, también, que era un entusiasta de la naturaleza por los comentarios que oía a Marieta, la mujer que regenta la portería, pero no si tenía pareja o amigos que vinieran a visitarlo, entre otras razones, porque mi interés por mis conciudadanos de pasillos, se limita al saludo en el ascensor con el botón pulsado en el tiempo de la calle, el perro maleducado por su dueña o la tontería de cargar bolsas de la compra teniendo el carro aparcado en el trastero.

Hace unos días me encontré con el presidente engrasando la cerradura del portal y, como es muy vacilón, le pedí que me acompañara para ejercer de manitas con unos cuantos desperfectos en mi apartamento a cambio de invitarle a una cerveza.  Estuvimos bromeando un rato hasta que se me ocurrió preguntarle si sabía por qué Miguel no había aparecido en la última cita cuando había sido él quien lo había sugerido a raíz de la idea colectiva de cambiar la decoración arcaica del rellano por una más moderna y luminosa.  Pedro se quedó pensativo, se quitó las gafas y, sin mirarme, respondió escueto:

  • Se suicidó el mismo día de la reunión, por eso no vino.

Al principio pensé que aquello era una broma de mal gusto y que el presidente se había propasado al intentar hacer humor de algo tan serio como es la muerte pero no, ni mentía ni quería seguir hablando de ello porque enseguida cambió de tema para continuar con el bote de spray rociando el pestillo. Me convertí en una estatua incapaz de articular una palabra, perdí la facultad de reaccionar con más o menos coherencia para emitir un pésame que reflejara mi lamento, una cortesía, una señal de simpatía a un hombre que, sin ser familiar de Miguel, representaba la figura a quien quería apretar la mano con el calor de la mía.

Me volví hacia Marieta y escruté su expresión imperturbable ante lo que yo sentía como un golpe incomprensible y terriblemente injusto. 

  • ¿Cómo os enterasteis? Hasta donde yo sé, vivía solo

  • Faltó al trabajo sin dar explicaciones y, al ver que no respondía al teléfono, avisaron a sus padres para que se acercaran al apartamento porque temían que hubiera sufrido un accidente.  Fueron ellos los que descubrieron el cadáver pero no sé más, sólo que vino la policía y que, parece, se mató con un bote de pastillas.

Me despedí con la sensación de que había algo más que el estupor mareando la cabeza con la tensión agarrotada en el cuello.  Estaba inquieta, nerviosa, alarmada por un no sé qué ronroneando en la mente hasta que sentí el pánico amargarme la boca con el recuerdo de una noche en la que, asomada a mi balcón, escuché una voz apremiándome a saltar: Vamos, hazlo de una vez y así acabas con todo. Venga, sólo tienes que levantar una pierna y lanzarte al vacío, será rápido e indoloro.  Descansarás, te prometo que descansarás.

Retrocedí con el sudor frío empapando la espalda.  Entré en casa y busqué a mi hija para abrazarla tan fuerte que se quejó de hacerle daño. No le conté de mi angustia porque necesitaba encontrar una explicación razonable a lo sucedido, un nombre tangible y reconocido por la cordura y no por un delirio ocasional, tanto si se llamaba vértigo como fantasía o eco de una radio encendida en cualquiera de las ventanas abiertas a la oscuridad del patio. Recordé los días que pasé después sin asomarme a la barandilla y los amigos a los que conté la anécdota restándole importancia para eludir el ataque de un miedo que, hasta entonces, no había experimentado.

Entré en casa y me dirigí al calendario de la cocina donde anoto las citas.  Levanté la hoja de mayo y abril hasta alcanzar febrero;  allí estaba apuntada la reunión de comunidad. Luego, abrí el whatsapp y busqué a Silvia, amiga amante de lo esotérico, y repasé los mensajes hasta encontrar el enviado con una pregunta:  A ver, científica de las energías, acaba de ocurrirme esto (lo contaba al detalle), ¿Crees que he sido abducida puntualmente por el espíritu de un señor aburrido (a la perra le ha dado por ladrar a las paredes), o no es más que un ataque de vértigo a las alturas que me va a fastidiar la visita al parque acuático del verano? (añadía carita con lágrimas de risa en las pestañas).

Subí con el cursor hacia arriba y leí la fecha del mensaje: Coincidían.