LA TERRAZA

Me he mimetizado con James Steward, en su personaje protagonista de la película La Ventana Indiscreta, ahora que vivo una casa con terraza desde la que contemplo a sus semejantes custodiando el patio común que nos une.  Poco hay que me guste más que sentarme agazapada por detrás de la barandilla y esperar a que alguno de mis vecinos se asome por su balcón para que yo empiece a fabular historias concebidas con el delirio de mis conjeturas.

En el edificio de la izquierda hay una mujer menuda que cumple minuciosamente el horario de barrido de baldosas de seis a siete de la tarde. He copiado su método para organizar los trastos con ayuda de clavos en los que colgar el carro de la compra, una bolsa de bolsas, un taburete plegado y unas tijeras de podar las plantas que no tengo porque vegetal que me regalan vegetal que está condenado a la muerte por mi ineptitud para mantenerlos vivos. Ernestina (nombre imaginario) no falta a una sola cita con la escoba que utiliza con pulcritud para terminar empujando la basura por debajo de los barrotes sin el menor disimulo.  No tiene pinta de ser madre ni tampoco de cohabitar con pareja a menos que sea un perro o un gato siamés, por poner un ejemplo, así que he dado libertad a mi imaginación para decidir que Ernestina ha emigrado de un pueblo castellano para buscarse la vida como cajera de un supermercado.  Rondará los cincuenta años y es una admiradora tenaz de los programas de cotilleo porque le ayudan a aislarse de la soledad que encuentra cuando termina su turno. Se enfrasca en los dimes y diretes que comparte con sus colegas de registradora, pasillo en medio, y opina y juzga lo que deberían hacer los famosos mientras cuenta las monedas de su hucha con una etiqueta pegada en la chapa: Cancún.

En el bloque de enfrente vive un atleta cuyos bíceps adivino bajo la presión de las mangas apretadas. Su tendedero se cubre con camisetas deportivas, sudaderas, pantalones de chándal, calcetines y toallas con pinta de ser utilizadas para secar el sudor del gimnasio.  Simón (otro nombre ficticio), es bastante más joven que su vecina y menos concienzudo con enseres que amontona por orden de llegada a los rincones del balcón; estudia en la Universidad y no invita amigos a casa porque los portales de las Comunidades del barrio están llenos de carteles con amenaza de multa para quien eleve los decibelios por encima del límite permitido. No es fácil descubrir a Simón cuando tiende la ropa pero si coincido con él,  me coloco en posición maniquí y empiezo a redactar mi pantomima con la imaginación desmadrada.  No es que este chico me intrigue más que Ernestina pero lo cierto es que su juventud y aparente aislamiento azuzan el interés necesario para ronronear versiones de lo que podría ser su vida contada con la versatilidad de una Sherezade cualquiera. 

La Mari es mi favorita con su pelo cardado, bata cruzada sobre el pecho, gafas gruesas y pecho robusto que luce cuando extiende los brazos para pinzar los pantalones de su marido.  Pasea de un extremo a otro recogiendo objetos del suelo para después inclinar la cabeza hacia las macetas y tocar la tierra con el índice de su mano ligeramente encorvado.  Es bajita y redonda como una matrona que huele a cocido en invierno y gazpacho de verano, a café, torrijas y horno de pan recién hecho.  Me encanta el contoneo de su cadera porque me recuerda a las mujeres de pueblo que acogen a los forasteros al igual que si fueran hijos que regresan al hogar por vacaciones. Reconocería su voz aunque no la hubiera oído nunca, distinguiría el “hija abrígate que hace frío” y el “hijo ten cuidado cuando viajes con el coche” en el beso de despedida bajo el umbral de la entrada. Nada le distrae que no sea su quehacer en la terraza, y apenas levanta la vista excepto para escrutar el cielo calibrando el color de las nubes como si fuera una veleta. Soy su fan pero ella no lo sabe ni pretendo que lo sepa si no quiero que se rompa el hechizo que suscita, me basta con sentir la ternura que albergan las curvas de su madurez y el refugio que hallaría entre los pliegues de su camisa.

Gente corriente con el universo de existencias imaginarias a los pies de mi terraza. Hombres y mujeres que respiran la brisa del norte con el paso raudo de las estaciones; gente, enfín, que ríe, llora, canta, sueña y teme, bajo el latido de la ropa desplegada con las pinzas de su destino.