HISTORIAS DEL MÁS ALLÁ

Estos días he leído la entrevista a un médico que dedica su tiempo a proporcionar la buena muerte a sus pacientes como si la expiración fuera un hecho del que obtener un lado positivo y al que resultaría más interesante si pudiéramos tomarlo con humor de cara a paliar el impacto de la tristeza.

Teorías sobre la vida hay infinitas: que si venimos a cumplir una misión, que si el karma que arrastramos influye en el número de desgracias caídas como piedras en nuestro tejado, que si encadenamos vidas pagando los errores de las anteriores… en definitiva, o creemos en el azar o nos consagramos al destino prescrito en una lista numerada de acontecimientos a los que para bien o para mal tendremos que acostumbrarnos.

Confieso que cualquier pensamiento relacionado con la calavera encapuchada me pone los pelos de punta, máxime si recibo una invitación suya para que la acompañe a la tumba. He tenido bastantes oportunidades para irme de farra con sus seguidores, cantar juntos un réquiem o darnos una vuelta por la casa de nuestros amigos para darles un sustillo de esos con los que uno se lo pasa bomba aunque al otro le dé un infarto y, sí, me habría encantado participar del aquelarre si no fuera porque la parca no te suelta una vez que te apresa entre las telarañas de sus falanges escuálidas .

Conozco gente, algunos muy cercanos, que han permanecido al lado de sus parientes hasta el último aliento y en general, la impresión ha sido siempre de un momento de paz que me escalofría con sólo pensar en ser yo la que está con el finado.  Espíritus, fantasmas o ánimas en procesión me espantan, las historias de terror, tanto si son en imágenes como en libros o audios de radio reducen el estómago al tamaño de un guisante caducado y no digamos si aparece repentinamente un iluminado (conozco a uno) que nada más dar un beso comenta: Ten cuidado…hay alguien de tu entorno cercano que va a intentar hundirte…A este inspirado para detectar los malos rollos lo he trasladado al rincón de las reuniones estrictamente necesarias, con grupo de tertulianos ruidosos, y en terrazas donde coincidir sea prácticamente imposible.

Hace varios años estuve de acampada con una pandilla de chavales, de unos 12 años, a quienes fui a dar las buenas noches con las recomendaciones oportunas de una monitora que se precie de ser responsable.  Diego, uno de los más chulitos del grupo, me pidió que me quedara un rato para contarles una historia de terror, pero de las de verdad…porque era el único niño que en toda su vida jamás había sentido miedo con libros o películas de muertos como le había ocurrido al resto de la humanidad infantil. Supe que me estaba desafiando y, con las mismas, acepté el reto, me senté en el centro del círculo, ordené que apagaran las linternas y carraspeé para modular la voz con el tono cavernoso de una anciana.

He olvidado el cuento porque lo inventé a medida que la narración transcurría y porque mi subconsciente lo ha sepultado con hormigón mental como medio para conservar la cordura. Tengo flashes en los que aparece un ermitaño, un cementerio, la mano que salía del nicho, fuegos fatuos, persecuciones, puñales ensangrentados y el final en un panteón con la figura de una mujer empujando la cancilla de hierro, la huella de unos dedos en la arcilla de los muros, la sombra por la espalda y el aullido desesperado de voces suplicando clemencia desde el interior de ataúdes con la tapa trepidando en el silencio sepulcral de la noche.

Lo peor no fue el miedo que provoqué en los niños, incluido Diego, si no que acabé creyéndome mi propia historia hasta el punto de mimetizarme con una plancha de corcho pegada a un suelo del que no era capaz de moverme.  Disimulé encendiendo la linterna y conminándolos a dormir porque les esperaba una excursión particularmente difícil al día siguiente. Fue como si le hablara a una decena de bolos que esperan a que les golpee una pesa para que los trague la tierra.  Escuché algún suspiro, unos cuantos jadeos y a mi querido chulito interpelarme con la aprensión enmascarada de orgullo:

  • ¿Y por qué no te quedas con nosotros para estar segura de que no hablamos hasta las tantas? Los monitores os quejáis siempre del ruido que hacemos y lo vagos que somos para caminar porque no descansamos lo suficiente. Lucas te puede dejar un saco porque tiene dos así que te hacemos un hueco y ya está. Te duermes.

No lo dudé pues los espectros de mi fantasía habían agarrotado los músculos de mis piernas, el tendón de Aquiles y el canalillo de la respiración.

  • Está bien. Esta noche me quedo...pero no os acostumbréis…