El turno de cena asignado por la organización del buque era a las siete y media de la noche, es decir, hora de merienda española y hambre asegurada a las diez por eso del efecto Paulov en el estómago habituado a la ensaladita nocturna.  El animator español nos había instruido oportunamente de normas y excursiones pero si queríamos modificar horario no nos quedaba más remedio que solicitarlo al chef del restaurante una vez tomáramos posesión de la elegante mesa con panes, salsas y menú a la italiana. Júpiter se alió con nosotras pues coincidimos con dos mujeres y un hombre acompañados de churumbeles con edades cercanas a la Taboada júnior y con quienes congeniamos instantáneamente tan pronto nos dijimos nuestros nombres.  Se estableció una corriente de simpatía inmediata entre mayores y niños por lo que deduje que, fuera lo que fuera que visitáramos, la experiencia sería irrepetible.

Savona era la primera parada pero las propuestas para turismo conllevaban traslados que acortarían el tiempo de estancia en el destino y, francamente, ni mi hija ni yo deseábamos formar parte de una excursión acelerada al minuto después de un año sometidas a la alarma del despertador. Pertenecemos al sector a-nuestra-bola a menos que el lugar ofrecido acicate el interés como el frío de un cubito de hielo refrescando el escote; y ni el papel con varias propuestas ni el madrugón para quedar con los del paraguas amarillo en el puente tres, provocaba las ganas de correr la maratón cual miladies madrileñas en el país de la bota. Nos levantamos tarde y apuramos la hora de cierre del buffet como es habitual en los Taboada, es decir, si marca las 10, hacemos la aparición a las 9:55 para desazón de los pobres camareros que aceptan con resignación a los retrasados de última hora por mucha cortesía que demuestren, sonrisa de perdonen-que-lleguemos-justas y turbo bandeja para acumular viandas con el apetito voraz de los ojos chocando con el del estómago desbordado a medio camino del plato.

Hay una lanzadera que nos acerca a la urbe y allí comenzamos a pasear por calles grises sin atractivo, unos cuantos puestos de artesanía y poco más porque el calor mezclado con el atracón del desayuno hace mella en mi hija que empieza a gemir de dolor abdominal.  No tengo kleenex ni bolsa por lo que me encomiendo a Neptuno para que el espectáculo de la devolución de huevos caducados se produzca en el camerino, como se empeña en llamar al camarote la joven Taboada; giramos sobre nuestros pasos y tomamos el bus que nos devuelve al barco donde canto Victoria, no porque lo ponga en el casco, si no porque la Tabo ha soportado las náuseas.

Bye bye Savona, pienso mientras observo el horizonte desde el ojo de buey, fue grato desconocerte… nos mudamos al biquini y subimos a la swimming pool donde los animators andan como locos para recolectar bañistas que quieran aprender a bailar bachata.  La Tabo me mira y sonríe:  Vamos, mami, tú puedes.. Lanzo mirada irónica que no cuela: Mírame bien, anduriña, soy una butifarra envuelta en dos telas azules, una para la cordillera alpina, otra para la Meseta castellana.  ¿De veras crees que me voy a exponer al ridículo? – Sí – responde divertida - ¡claro que sí!

El gancho italiano me toma del brazo y me arrastra a primera fila del sarao. Me escabullo a la tercera e imito los movimientos del profe: uno, dos, tres..movimiento sexy. Cuatro, cinco, seis…sexy. Derecha, izquierda, delante, detrás, vuelta y la cadera que ha tomado su propio rumbo hacia cualquier lado menos el indicado por el monitor de culito sabrosón. Miro de reojo a mi vástago y me aplaude fervorosamente.  Empiezo a creer que me ha tomado el pelo, que ni dolor ni ganas de devolver los huevos al aire, ésta ha leído el diario de A bordo y se ha buscado una excusa para contemplar a su madre tratando de menear la cintura con ritmo latino.  Lee mi pensamiento y se acerca para apuntarse al curso intensivo de baile de salón con el objetivo de evitar que abandone el grupo.  Me animo, empujo el pudor fuera del cerebelo y, con ella a mi lado, canturreo la música con la sal del agua brillando en el bronce de la piel que nos cubre.

Esa tarde soy yo la que acuso el buffet con un puñado de lanzas perforando las tripas.  La joven Taboada se asusta y llama al servicio médico:  110 euros si vienen al camerino, 70 si acudo al gabinete.  Estoy hecha un trapo pero no hasta el punto de decidir opción C, de camarote hasta que la pastilla de mi botiquín haga efecto.  Al día siguiente me llamarán para preocuparse por mi salud, y al otro y al otro hasta que respondo categórica:  Mire, señorita, grazie mille por su interés pero estoy estupendísima.  Le agradecería no volvieran a comunicarse conmigo en el teléfono que hay dispuesto en la mesilla.  Le explico: mi madre se me ha enamorado de Alois Alzheimer y, cada vez que suena el timbre del phone, el corazón se me infarta por si es el capitán con una noticia de esas que te arrugan por dentro. - ¡ohhhh! Responde mi interlocutora.  Capito, capito… excusi excusi…va bene…

  • La mala conciencia, mami, eso es la mala conciencia de haberte dejado tirada en el camerino

  • Camarote, cariño, camarote

  • Eso es, mami, el camerino.

Me rasco el cogote. Tomo la mochila y le digo:

  • Vamos Superstar o llegaremos tarde al restaurante.