LOLITA ENAMORADA

Sara y yo hemos quedado a tomar una caña el viernes por la noche.  Solemos hablar casi todos los días, pero las tormentas nos han dado un respiro y, ambas, hemos decidido abandonar la logística familiar para regalarnos un rato de tertulia en el bar que frecuentamos a medio camino entre su casa y la mía.

Tiene cara de cansada cuando se sienta frente a mí con los pelos revueltos, dos brochazos de maquillaje y el rojo de los labios desgastado.  Pedimos la consumición y le pregunto qué hay de nuevo a sabiendas que me tiene al día con cada charla que intercambiamos y en la que ella vence por goleada a la rutina sin mayor interés en la que yo me desenvuelvo.  Lolita está enamorada, o eso dice, y Sara se debate entre la socarronería con la que se lo toma Ricardo, la indiferencia de Kike y el chaparrón de temores que asaltan su almohada.

  • Venga, cuéntame – empiezo - ¿has conocido a tu yerno?

  • ¡Qué va! – responde picando una aceituna – Sé que se llama Sergio, está en Primero de Bachillerato y es el más guay de los guays del planeta.

Me río

  • Sí, ríete, Ricardo y yo estamos como locos buscando aplicaciones que hackeen su móvil para leer mensajes, fotos o audios que nos iluminen sobre el interfecto de pectorales marcados, según mi hija, además de verificar que es quien dice ser y no un sucio descerebrado que se hace pasar por quien no es.

  • Pero, ¿no me dijiste que era del instituto?  María me habló de él y dice que es un chico majo.

  • Ya, si por decir, pueden decir lo que quieran pero tenías que haber oído cómo le hablaba por teléfono la otra noche.  Que si, te amo, que si eres el padre de mis hijos, el hombre de mi vida, que si quieres nos escapamos de clase y quedamos en el hueco que hay entre no sé qué columnas ocultas por no sé qué….Mira Taboada, no tengo ni idea qué le contestaría el melenudo (creo que tiene el pelo largo) pero te aseguro que la delantera la tomaba ella con tanto descaro que a poco me planto con el sombrero de floripondias negras que tenía mi abuela, entro en la habitación y me la llevo arrastras para encerrarla en un convento. 

Vuelvo a reírme con la ametralladora que tengo delante y que sé le gusta exagerar para quitar hierro a la posibilidad de tener un noviete en su agenda.

  • ¿Y no se dio cuenta que la estabais espiando?

  • Si te soy sincera no estoy segura de que no lo estuviera haciendo a propósito para fastidiarnos porque hablaba a gritos, su hermano estaba con ella jugando a la Game Boy y no paró hasta que su padre y yo nos aburrimos de atragantarnos con sus repolludeces.

Coge otra aceituna y continúa

  • El caso es que si antes se duchaba una vez por semana y, bajo amenaza de quitarle el móvil, ahora lo hace a diario.  Cambia de peinado como Ricardo de calcetines, se pinta las cejas, la raya del ojo y su armario es una especie de agujero negro en el que rebotan las camisetas, top y pantalones a golpe de esto-me-queda-fatal lanzado desde cualquier punto cardinal del dormitorio.  Por supuesto me niego a poner orden, sobre todo si quiero ahorrarme el berrido del no toques mis cosas con el que ameniza el debate en el Congreso de los diputados Jiménez en el que nos hemos convertido a raíz de la aparición de Romeo.

  • Bueno, míralo por el lado positivo, al menos tu hija ha mejorado en higiene…

  • Si, claro, y también en darnos la matraca con que tenemos que hacer ejercicio porque estamos fofos.  Cada noche se tira al suelo para hacer abdominales con el gato en la panza, nos ha pedido apuntarse a boxing o cross fit o fillness (y digo yo que si se llamara gimnasia de toda la vida, cuánto tiempo nos ahorraríamos en aprender el fit, el fill o el box ) y su padre le ha contestado que sí con la condición de que él le acompañe para iniciarse en la operación playa sin el flotador de adipocitos que conserva con tanto cariño.

  • Se habrá negado

  • Y tanto, pero tendrá que hacer muchos méritos porque en los dos últimos años y, antes de este ardor de Julietitis que padece, ha ejercitado sus músculos con esgrima, rítmica, boxeo, barra fija, ballet y yoga según le soplara el aire y con duración de dos clases a precio de las cuatro que obligaba el paquete. Kike, fútbol en el patio del colegio, Ricardo la bicicleta oxidada del trastero y yo el carrito del supermercado cuando me toca empujarlo sola porque el portero le está haciendo la pelota a la vecina del quinto para que enchufe a su hijo en la empresa de compra venta de ropa traída de China y que sale baratísima (ya te contaré). 

  • Pues vaya…

  • Pues vaya…

Pedimos otra cerveza y repiten la tapa de aceitunas.  A la derecha se sienta un grupo de muchachos jóvenes con los bíceps marcando las mangas de las camisetas.  Uno se dirige al otro llamándolo Sergio y Sara me mira guiñando el ojo:

  • Anda que si fuera como ese….

La miro y de pronto me traslado a mis quince años con el periscopio de la nariz enfocando el público masculino de la generación de mi quinta.  Pico una aceituna y contesto.

  • Ya lo decía mi madre: primero el cerebro y después el cuerpo

  • ¿Y le hacías caso?

  • Ninguno.

  • Pues eso

  • Pues eso