EL CUARTO PODER

EL CUARTO PODER

 

Se dice que la prensa en es el cuarto poder pero, en mi opinión, debería liderar el segundo puesto en la escala de los poderosos porque la información que publican y, de la que se fía el ciudadano, es el vehículo más potente que existe para manipular el pensamiento de aquéllos que asumen la veracidad del medio de comunicación elegido por considerarlo imparcial y objetivo.

Cada mañana suelo leer los titulares de cuatro o cinco periódicos, nacionales y locales, con el objetivo de comparar el punto de vista con el que se trata una misma noticia.  Y cada mañana, traspaso los textos para contemplar al director correspondiente hablando por teléfono con el empresario que paga la publicación y que es, al fin, quien marca la línea editorial con absoluto cinismo.  Los diarios se llenan de errores ortográficos (el laísmo cada vez es más frecuente) y expresiones más propias de colegas intercambiando correos que de un intelectual con conocimiento de lo que escribe a menos que se circunscriba a una sección concreta con un perfil más erudito y sin la prepotencia de ciertos periodistas que se visten con el dorsal de lo irrefutable cosido en la camiseta de su prestigio.

Mis padres estaban suscritos al ABC y recuerdo con nostalgia los desayunos, antes de ir al cole, tomando un café mientras lo ojeaba empezando por la contraportada por un motivo que todavía no consigo descifrar. Me enamoré del dibujante Mingote a quien veneraba y venero años después de su muerte, buscaba la firma de quien sabía que me iba a divertir y obviaba a los que consideraba demasiado instruidos para mis escasos doce años.  Luego, por la tarde, si mi madre me preguntaba si había leído tal o cual columna, cuyo autor era uno de mis inentendibles, y que a ella le había conmovido especialmente, yo compartía su entusiasmo para, después, coger el diario a hurtadillas, esforzarme en pillar el sentido del texto y acabar preguntándome qué había allí que tanto le había tocado las costillas así como si debería plantearme seriamente dejar de mentir, por una estúpida vergüenza, y reconocer que mi nivel cultural estaba a años luz del suyo.

Con los años, y con un hermano militante del partido comunista, en mi casa empezaron a entrar los diarios rojos, según la opinión de los herederos del franquismo, al tiempo que los Taboada crecían escorándose en diferentes opciones políticas sin necesidad de llegar a extremos o provocar discusiones de quién convence a quién. Asimismo, apareció la modernidad en forma las revistas de Playboy escondidas bajo el colchón del mayor de los varones y las misivas de amor que las féminas atesoraban entre las páginas de un libro con tapas cubiertas de corazones.

La memoria tiene flecos pero tengo la sensación de que había una ética periodística que echo de menos ahora.  Las mesas de redacción cotejaban las noticias antes de lanzarse al ruedo de la difusión de falsedades en imágenes sesgadas por la mano de un técnico pagado por consejos de administración a la orden del negociante de turno. El amarillismo en la selección de noticias era propiedad exclusiva del diario El Caso hasta el punto de hacerlo máximo protagonista de chistes y bromas cuando circulaban anécdotas surrealistas en los corrillos de amigos; los adjetivos superlativos: Tremendo, Brutal, Agónico… aparecían en las portadas de revistas del cuore pero no en la prensa considerada seria.  Hablar con anglicismos era esnob, la tendencia era tendencia y no trending, el footing era correr, el mail era correo, el coach, el entrenador y el brainstorming un intercambio de ideas alrededor de una mesa ejecutiva.

La censura franquista dio paso a la libertad de expresión con tanto fervor que cualquier excusa era buena para utilizar el humor sin cortapisas, escribir canciones reivindicativas o celebrar el privilegio de emitir opiniones sin temor a oídos perniciosos que pudieran denunciarnos. Eran tiempos en los que la prensa se erigió como el eco de nuestras voces sin apelativos ni tergiversaciones que beneficiaran al amo a quien ahora sirven. Había respeto al margen de la línea de pensamiento y había profesionalidad en consideración a los lectores u oyentes por encima de porcentajes en los colores de una gráfica publicitaria.

El rigor de entonces ha sido suplantado por una batería de gurús que gritan en debates tratando de convencer al contrario con sus aullidos.  Los programas y concursos familiares se han sustituido por el entretenimiento a costa de personajes que pactan la venta de sus vidas a cambio de sumas de dinero inalcanzables para médicos o maestros cuya misión es el pilar fundamental de nuestra salud física y educación básica para la evolución del cerebro. Prima el fútbol y las peleas de gallos con dos piernas en platós obsesionados por elevar el índice de audiencia sobre la calidad del producto; se acabaron los espacios de teatralización de novelas que a mí, personalmente, me hacían volar lejos de mis primeros sinsabores y todos, todos los medios de comunicación, han sucumbido al potente don Dinero aunque para ello tengan que divulgar lo que mandan los empresarios por encima de objetividades y principios.

Hace unos meses, fiel seguidora de una periodista gallega-catalana de prestigio nacional, seguí un impulso imparable de los míos, para enviarle un libro con una carta en la que le deseaba feliz verano además de confiarle alguna que otra confidencia sobre un tema que ella abandera con pasión en las ondas. Pasados quince días y, ante la falta de noticias, envié un correo pidiendo que me confirmaran que lo habían recibido.  Un mes más tarde insistí por temor a que mi paquete hubiera llegado a un lugar equivocado. Silencio. Llamé entonces a la emisora y pedí hablar con Redacción que, por fin, me comentaron que tenían muchos paquetes y correos pero que lo buscarían. Silencio.  Pasó el verano y mi decepción aumentó al recordar a una antigua amiga mía enormemente furiosa con el equipo de la periodista al no haber recibido ni un recibí ni un mensaje de gratitud por el regalo que había remitido. Soy peleona y me irrito especialmente ante la mala educación, especialmente si procede de alguien que presume de ser empática, abierta de mente y corrección intachable, de modo que, elevé el nivel de categoría laboral y escribí una carta al director de Comunicación de la cadena en la que hablaba de mi asombro ante lo que consideraba una falta de respeto al oyente, no yo, si no cualquiera, que se molesta en dedicar una parte de su tiempo a ofrecer un cariño a la líder de un conjunto de personas con quienes disfrutar unas horas en la sobremesa y, de nuevo, silencio.  El señor Osorio no sabía con quién se jugaba la paciencia porque, a la vista de su indiferencia, me dirigí a la oficina de correos para certificar, con acuse de recibo, un sobre etiquetado a su nombre y un encabezado: Adjunto carta enviada en fecha xxxxxx (tres semanas). Continúo sin respuesta.

Unos días después recibí un correo de su secretaria: Señora Taboada, lamento el trato recibido pero el programa de J… recibe muchísimos mails y muchísimos paquetes…le pido un poco de tiempo para aclararlo.  Fecha: 14 de octubre

¡Ay estos nuevos dioses de la comunicación a quienes tomamos por versos sueltos de un engranaje retorcido del que ellos no forman parte porque manejan la información con seriedad desde la afabilidad que desprende el espejo de su escaparate!.  Escriban, opinen, participen y nosotros encantados de escucharlosCuéntennos sus historias que seguro nos interesanSon ustedes los protagonistas de que nosotros sigamos aquí

Junio del 2019 primera toma de contacto. Noviembre 2019, silencio.

Mi madre ya me lo decía: Tesorito (eso si no me había pillado en una trastada porque, entonces, pasaba al Almudena directamente y sin ambages), tu mejor tarjeta de presentación es la educación en las formas, la gratitud y el respeto por los demás. Tal y como tú los trates, ellos te tratarán a ti.

He cambiado de emisora. Por mi desconfianza hacia la cara que el equipo muestra en el altavoz y por respeto a todos aquellos que adivino ilusionados con una respuesta que les hable del afecto recíproco y a quienes, finalmente, se les relega al cajón del desinterés y la desidia con la hipocresía en la voz de los micrófonos.