BATALLITAS DE LA ABUELA CEBOLLETA

Cada día me parezco más a la abuela cebolleta contando batallitas tan rápido como escucho nombres de personas o lugares que me retrotraen a la hemeroteca de imágenes por las que no parece que haya pasado el tiempo. La otra tarde, tomando unas cervezas con unos amigos, comentaron de un conocido a quien su empresa había trasladado a una localidad de Orense en el que mis padres paraban a comer cuando íbamos a visitar a la familia en viajes de 16 horas por carreteras infames. Regresé al interior del coche donde los cinco hermanos nos apelotonábamos entre juegos y empujones para lograr centímetros libres en la estrechez del asiento; percibí olores y sonidos, las curvas de los puertos de montaña, la hilera de coches arrimados a la cuneta para que niños y mayores volcaran la papilla biliosa sobre el prado, y la curiosidad que despertaba en mí la absurda teoría de mi padre al afirmar que el mareo tenía su origen en no sé qué rollo psicológico del que mi madre discrepaba con el verde cubriendo la palidez de su cara.

Resultaba imposible prever la hora de llegada a la aldea pero, fuera cual fuera, había una parada obligatoria en el Hostal Óscar cuya dueña, una viuda bajita, enjuta, vivaracha, de nariz prominente y ojos inquietos, se caracterizaba por tener un genio endemoniado al que mi padre le gustaba hostigar con su retranca gallega.  Solíamos entrar en el local hacia las cuatro de la tarde, elegíamos mesa con más o menos bullicio y esperábamos a que la viuda se acercara con la carta de menú a modo de cuadernillo de cartón con tres etiquetas sobresaliendo por el lateral: español, francés, inglés. Mi padre echaba la cabeza atrás y abría el librillo por la pestaña del idioma extranjero a sabiendas que encontraría el papel en blanco mientras ella permanecía erguida con el bolígrafo apoyado en su libreta de notas. El doctor pasaba el dedo por la página inmaculada del francés, luego por la del inglés, arqueaba las cejas y levantaba la vista hacia la cascarrabias con un gesto de desaprobación que a ella le ponía las horquillas de punta:

- Aínda non está pero imos escribilo mañá (todavía no está pero vamos a escribirlo mañana) – gruñía la señora

- Bien – continuaba mi padre – Pues entonces queremos de primero pulpo y de segundo cordero asado

- ¡Non hay!

- Bueno, pues de primero mejillones al vapor y de segundo carrilladas

- ¡Non hay!

- De acuerdo, pues de primero fabada y de segundo lenguado

- ¡Non hay!

- Entón, ¿qué ten?

- Sopa, ovos, filetes e patacas fritas

- Bueno, pues sopa, huevos, filetes y patatas fritas para los siete…

Año tras año reproducíamos la escena y año tras año contemplábamos su espalda echando chispas para regocijo de mi padre que acababa despidiéndose de la viuda con un ademán afectuoso al que ella correspondía con una sonrisa de complicidad que, ahora que lo pienso, me enternece.

No había siesta en el coche después del almuerzo pero sí música en la voz de mi madre a quien le insistíamos para que nos cantara las serenatas de su niñez con el timbre engolado de su garganta. Doña Constanza nos hacía suspirar con el desamor su marido, el infante don Pedro, sufríamos con la muerte de María de las Mercedes, esposa del rey Alfonso XII y nos divertíamos con Isabelita, una chiquita con los ojos redondos como un pez, pero la mejor de todas, la que más nos hacía reír, era una canción que mi abuelo el indiano le tarareaba a su hija al regreso de su cita con los clubes de varieté madrileña. Mi madre, siempre tan tímida, atusaba el pelo, remangaba los brazos y empezaba a recitar la coplilla con los mohínes propios de una chica de revista:  24 hijos que tuvo, ¡ay catapún chin chin!, la señora Pavillón. Todos con el mismo nombre, ¡ay catapún chin chin!, de su padre Don Ramón. Al registro la madama fue el pequeño a inscribir y al decir que era soltera ¡ catapún chin chin!, el señor juez dijo así.  Con Ramón, yo señorita, debería de casarme, y ella dijo: ¡lo he pensado! Más no acaba de gustarme…

Han pasado más de cuarenta años pero no necesito cerrar los ojos para aspirar el aire seco de la llanura o la humedad de la tierra, nadie como mi madre podría entonar la tragedia del desamor entre los reyes, pero tampoco nadie podría equipararse a la picardía de mi padre para conquistar el carácter de una mujer adelantada a un tiempo de menú con alas cosmopolitas. La tecnología ha barrido los baches de calzadas viejas con la ampliación de sus márgenes, se han acortado distancias y espoleado el aburrimiento infantil con películas en DVD’s, discos y tablets suplantando el botín nostálgico y llorón de una abuela cebolleta que conduce hacia el norte con una legión de fantasmas invocando un pasado feliz en cada espiral de las ruedas.