LA VIEJA EDITORIAL

He recibido un whatsapp de mi hermano con una imagen de la Feria del Libro de Madrid, en el año 1933, en la que aparece la caseta de la Editorial Castro y que ha publicado un periódico nacional con motivo del próximo encuentro en el parque del Retiro madrileño.

Mi abuelo Manuel Castro era el dueño de la editorial y todo un personaje a tenor de lo que nos contaba mi madre a medias entre admiración y recelos por la frialdad con la que su padre la trató primando su deseo de disfrutar de la vida por encima de las necesidades afectivas de su hija. Me fascinaba y me fascina la historia de un hombre que nació en una aldea gallega en 1867 con una inteligencia poco común y arrestos para decidir emigrar a Cuba a los trece años, con o sin autorización de su madre, a quien no le dio opción para que lo mantuviera en casa.

Manuel tomó un barco hacia la isla caribeña con una muda en una bolsa de papel y el ardor juvenil de un chaval que se enfrenta a la aventura con la audacia de un inconsciente.  Ignoro qué ocurrió cuando llegó a puerto ni cómo contactó con la empresa alemana Singer, pero si sé lo mucho que alentaba mi imaginación escuchar a mi madre contarme que mi abuelo aprendió a coser con una de las máquinas de la compañía germana, se subió a un burro y recorrió la selva vendiendo el arte de la costura a golpe de huso, rueca y remate en los dobladillos de las telas de algodón.

La estancia en la isla se prolongó durante los años en los que el indiano amasó una fortuna que le permitió fundar la editorial al regreso a Madrid cuando los vientos de la guerra empezaron a soplar por las calles de la Habana. Según mi teoría de nieta imaginativa, el carácter temperamental e impulsivo de don Manuel fue el detonante para que tomara la decisión de abandonar una tierra, a la que siempre añoró, y no el temor a un conflicto que posiblemente no habría afectado a su capacidad para sobrevivir a cualquier envite que se le pusiera por delante. 

El señor Castro triunfó en fortuna y amores hasta que  conoció a la mujer que le haría padre de una niña a quien crió como a un juguete del destino que le había arrebatado a su madre. Corría el año 1936 con el país al borde del abismo, conspiraciones y alternancia de gobiernos bajo el mando de presidentes republicanos en un parlamento que hacía aguas por las calles de la crispación. Y una vez más mi abuelo se libró de la guerra, la nuestra, al hallarlo de vacaciones en la playa de un pueblo costero.  Sus amigos le advirtieron que no volviera a Madrid donde las bombas caían en racimo destruyendo vidas y hogares, donde las balas se empotraban contra las fachadas sembrando el pánico, donde el delirio de los desesperados había dividido las familias en bandos con metralleta de diferente color.

La editorial y la vivienda fueron tomadas y saqueadas por los empleados, desaparecieron las máquinas, el mobiliario y las joyas de mi abuela que Manuel guardaba en cajas fuertes reventadas por los explosivos del hambre. Se quemó la biblioteca y se estableció un cuartel de soldados con armas enrojecidas por la sangre de víctimas sin bandera en el portal de sus casas ni en el sótano de su desolación.

La paz se firmó sobre sobre el cementerio de los inocentes y mi abuelo regresó para reflotar el negocio con ayuda de los ahorros que había ingresado en la cuenta de su hija antes del inicio del conflicto.  Rondaba los setenta años, pero mantenía la vivacidad del joven vendedor de máquinas de coser en la jungla caribeña. Reunió a sus apoderados, compró nuevas máquinas de imprenta e inició la andadura de una nueva editorial con tiradas de revistas y cuadernillos con los que conservar el plato de comida en la mesa, el tratamiento contra la lesión pulmonar de su hija y las señoritas de compañía en las noches de vino, clavel y medias negras de rejilla.

Habría ido bien, seguro que habría ido bien si no fuera porque Pilar Primo de Rivera, miembro ilustre de la Falange y amiga personal del dictador, no hubiera descubierto que la Editorial Castro pertenecía al infierno rojo con sus publicaciones prebélicas apoyando a la República:  ¡Hipócritas, Farsantes, Fariseos! (visión de la España derechista - 1935), Opiniones de Mujeres (María Domínguez, primera alcaldesa de la República) Tempestad sobre un trono … ¡Ay el señor Castro! ¡Tan anciano y pendenciero!.... Redactó la carta, envió al alguacil y expropió los rescoldos de una aventura literaria a cambio de no encerrarlo en la cárcel o, quién sabe, fusilamiento por atentar contra los principios básicos del movimiento.

Manuel Castro se rindió, tiró la toalla del aliento y enfermó dejándose vencer por la muerte el 29 de noviembre de 1955, quince días después de la boda de su hija con un médico gallego, dinámico y heredero de su afán por beberse la vida a tragos de pasión y energía. 

Hace unos meses pasé delante del edificio donde se asentaba la editorial y sentí un escalofrío al descubrir los fantasmas del pasado a través de las ventanas. Pude escuchar el motor de la imprenta, el timbre del teléfono en los despachos y la voz de los hombres comentando la portada, caliente aún, de la última revista. Aspiré el olor a papel, tinta y humo de cigarrillo, a perfume barato y a botella de ron escondida en el armario. Me quedé quieta y esperé a que la sombra de Manuel se acercara a mi lado para decirme bajito:

- Escucha nieta.. aquéllos eran buenos tiempos...

 

 

REVISTA PUBLICADA POR LA EDITORIAL CASTRO

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