EL VALOR DE CINCO MINUTOS

Paseando a mi perra por la ruta habitual me encontré con cuatro jóvenes con chaleco reflectante apartando la rama gruesa de un chopo tronchada sobre la acera.

- ¡Joder, tía! (no me conocen de nada) – se acaba de caer delante nuestro y no ha pillado a nadie por puro milagro. Vamos, que podía habernos matao..

Miro el tronco partido y les pregunto si han llamado a Emergencias o Ayuntamiento para advertir del peligro y responden que ni de broma ¡Que lo hagan los de la casa! exclaman con convicción. Los ojos me hacen chiribitas y más aún cuando se acerca el quinto jinete de la pazguatez afirmando que si se avisa a los bomberos se paga y que él está en paro, no está por la labor y no tiene móvil (suena a cuento tailandés).

Tomo mi teléfono y marco el 112.  Responde un contestador que si no es realmente importante como que mejor que no llame.  Dudo un momento pero enseguida escucho a una muchacha preguntando el motivo de mi preocupación. Le explico que quizá no sea urgente pero que hay un árbol con una rama del partido independiente decorando la calle, que puede que contagie a las colindantes y que si se ponen todas de acuerdo, se podría organizar una manifestación sobre las cabezas incautas de la vecindad. Naturalmente no se lo explico con estas palabras pero ella lo entiende a la perfección y conecta veloz con los bomberos.

He cumplido con mi misión de buena ciudadana y continúo mi camino con Arya y su rabo amedrentado entre las patas.  Doy la vuelta a la manzana y escucho la sirena de los chicos de casco azul acercarse a la hecatombe verde.  Aquí sí que no lo pienso, giro sobre mis pasos y retorno al lugar para contemplar la operativa y, de paso, por qué no confesarlo, deleitarme con el cuerpo del Estado trabajando en pro de nuestra integridad física.

El camión rojo se detiene y, cual película en cámara lenta, observo a los guapetones acercarse a saltos etéreos sobre el alquitrán del suelo.  Los pazguatos de chaleco amarillo también se asoman y repiten como un mantra: ¡pa habernos matao! El bombero lo ignora igual que hace conmigo a pesar de mis trucos con mohines sospechosos para llamar su atención.  Van a lo que van, es decir, a coger la escalera, sierra eléctrica y el tajo al sobrante de madera para que no aterrice en la calzada sin avisar a los paseantes incautos. Arya tira de la correa porque deduzco que el ruido de la bombilla giratoria no le hace mucha gracia y cedo a su presión porque, a la vez, necesito huir del coro de muchachos que continúan opinando sobre los transeúntes salvados de acabar como filetes empanados por las reglas del destino.

Me despido y regreso al hogar, por la acera sin jardín, meditando en si debería subirle el sueldo al ángel de la guarda por haberme librado de un descalabro al tomar la decisión de salir cinco minutos después de la ruptura de la rama liberal.  Está sudando como un pollo y no me extraña porque lo tengo bien currado: la caída de un tobogán, de un columpio, la bicicleta, el casi me ahogo en el mar, el accidente de coche, el chute exagerado de anestesia en una de las cirugías, la atracción de feria sin anclajes, el choque anafiláctico y no sé cuántas veces más en las que me habrá salvado de criar malvas con mis cenizas esparcidas por el monte. Se lo he agradecido, como es lógico, pero también rogado que, en el caso de un próximo fracaso en su trabajo como guardián de mi salud, no estaría de más que me acompañe Arya por eso de vadear el río con ella brincando a mi lado.

No me ha contestado.  Simplemente ha batido sus alas y encogido los hombros con un gesto que he interpretado como:

- Nena, aún no ha llegado tu hora.

Es un figura. Este querube es un figura.

Mañana doble ración de prudencia. Se lo merece...

Y unas alas nuevas...por si acaso..