VEINTE MIL

31 de mayo de 2017

Tengo la mente en blanco como el recuadro que me mira impertérrito mientras tecleo letra a letra el desorden de mis pensamientos.  Apoyo las yemas de los dedos y aguardo a que sean ellas quienes decidan por sí mismas elegir los caracteres como si tuvieran vida propia, como si supieran lo que yo quiero dictar antes incluso de que mi cerebro empiece a encajar las piezas.

Anoche miré el contador al pie de La Vida en Colores y el corazón me dio un vuelco:  20.000 visitas. Entré en el menú y bajé el cursor recorriendo los títulos de cada escrito con la sensación de ser bipolar al reconocerme dentro de cada uno de ellos y también en el intruso que pulsa el botón con curiosidad para leer el relato que acompaña la foto. Ignoré las horas que he pasado tratando de escribir con más o menos fluidez, el tiempo que dediqué a corregir el texto mentalmente mientras tendía la ropa, cocinaba un guiso o pasaba la fregona, sonreí con las veces que paraba el coche en el arcén para enviar un mensaje a mi correo con la frase que de pronto aparecía desde el pozo de la inspiración, y recordé las madrugadas con el bolígrafo de la mesilla garrapateando una hoja que, al día siguiente, solía terminar en la basura de los papeles inútiles.

Detrás de cada dígito en el reloj de visitantes hay un universo de afectos que me animan a continuar porque forman parte del espectro cromático que trato de dibujar con mis historias. Hombres y mujeres que participan de mi percepción de la vida con el vínculo que han establecido al margen de temperamentos impulsivos, racionales, fuertes o vulnerables con los que desahogo, sin que ellos lo sepan, la presión de mis inquietudes.

He pecado de ingenua al creer que me escondía bajo palabras y acentos, que no se traslucían mis miedos o angustias al utilizar el humor como escudo contra el torbellino de pensamientos negativos con los que en ocasiones me levanto, que sólo los que conocían mis tristezas sabrían leer entre líneas la verdad de mis sentimientos y que proyectaba la imagen que yo había decidido minusvalorando la intuición e inteligencia de los invisibles que clicaban sobre el cabecero del blog.

Estoy agradecida, enormemente agradecida a los de aquí y allí se llamen Carlos, Gema, Ana, Merche, Isabel, Rocío, Sergio, Juan, María o Teresa, tengan acento español, francés o americano, levanten o no el pulgar con un par de palabras, pertenezcan a las redes sociales o al entorno del No al Facebook por motivos que ni me planteo cuestionar. 20.000 entradas en un feed-back de sensaciones que conllevan el aprendizaje sutil sobre las relaciones humanas con sus idas y venidas, giros o líneas rectas pintadas con los colores y matices de sus pasiones.

No estoy segura de haber creado expectativas al inicio de esta aventura pero, de haberlo hecho, habrían superado con creces el lazo que se he formado con quienes siguen entrando en el blog para leer o releer el texto que les tocó especialmente la fibra. A veces soy la espía que se cuela en sus pupilas para descifrar sus pensamientos, sorprenderme con sus reacciones y llenarme de alegría cuando deduzco que se han desconectado del ambiente para abstraerse con los párrafos que redactan mis escritos.  

Esos numeritos de la esquina son mis terapeutas contra el pesimismo, la bombona de gas que me ha hecho tomarme a risa los problemas, que me ha enseñado a tener paciencia, tolerancia y empatía con quienes piensan y actúan diferente a mis principios. He flexibilizado juicios y calentado la piel con el cariño que recibo. También he aprendido a valorar lo que poseo sin medir lo material, a cuidarme de los feos, burlarme de mi misma y dar unas cuantas piruetas con el fin de frenar los ataques de visceralidad que dominan las células nerviosas en la sangre de mis venas.

Soy feliz sin pretensiones de premios o concursos literarios que inflen el autoestima o azuleen la cuenta bancaria. Entusiasmada con lo que doy y me regalan a través  de las tonalidades de un blog que garantiza la chispa de la motivación y pesada, muy pesada con el ego para evitar que se desmadre con las inyecciones de elogios que alimentan sus turbinas.

Veinte mil y al borde del infarto de lo inesperado.  No me he puesto metas pero, por si acaso y, antes de que entre en la generación de las pastillitas para el azúcar, memoria, colesterol y tensión, gracias a quien corresponda por cada día de un contador que suma sus cifras en la red invisible del corazón.

¡Qué bonito!