LOLITA CURRANTA

Sara y yo hemos quedado a tomar el aperitivo de los domingos a pesar del torrente de agua que inunda las aceras.  Somos así de chulas y, cuando se nos antoja vernos no hay aguacero o golpe de calor que lo impida, sobre todo si es para ponerme al día de los devaneos de su hija.

Nos besamos, sentamos y pedimos un par de cañas con la especialidad de la casa: los calamares.

  • Bueno, cuéntame qué es eso de que Lolita va a trabajar en Navidad para sacarse un dinero – empiezo – María está pensando si apuntarse al mercado laboral por unos días aunque dudo que lo lleve a cabo porque es demasiado perezosa.

Sara resopla

  • Te cuento.  El churri tiene un colega que trabaja en un bar de comida rápida tipo Burger King pero más elegante, o sea, misma comida basura a precio más alto.  El caso es que estaban buscando gente para el mes de diciembre y le propuso ofrecerse para ganarse unos euros para pagar la pijo-discoteca del día 31 a la que quieren ir para chundadear después de las uvas. Y como los padres del Willy no le dan un céntimo por no dar ni chapa en casa, el muchacho se presentó como candidato para conseguir el curro, como ellos dicen, con la recomendación de su amigo que, temo para mí, debe tener el mismo coeficiente intelectual de panoli. Sea como sea, dos días más tarde llamó a Lolita para que fuera corriendo a hablar con el encargado porque les habían dicho que seguían necesitando gente y mejor si fuera alguien conocido.

  • Suena bien

  • Tú como siempre tan optimista, Taboada – bebe un sorbo de cerveza – Ricardo y yo pensamos que sería para trabajar de camareros o en la caja pero no, los burrikings caros pedían cocineros.

Me atraganto con el calamar, toso y pregunto

  • ¿Cocineros? ¿Pero tu hija sabe algo de cocina?

  • Ni papa.  Vamos, que si tiene que freír un huevo es capaz de ponerlo al sol para ver si se tuesta.  Eso sí, para abrir latas y envases de comida preparada no hay nadie que le gane.

  • ¿Ni siquiera cocer arroz?

  • Lo intentó un día y quedó como la mascarilla esa que ponen en la cara para limpiar los puntos negros

Me río

  • ¡Mira que eres exagerada!

  • Vale, tienes razón, lo dejaremos en crema facial

  • ¿Y entonces?

  • Pues que Romeo y Julieta fueron honestos y en la entrevista comentaron que cocinar, lo que se dice cocinar, pues que cero patatero pero que estaban dispuestos a aprender lo que hiciera falta.

  • Y ¿les han dado el trabajo?

  • El churri empezó el miércoles y Lolita la semana próxima si ambos aprueban el examen.

  • A ver, espera que no entiendo.  ¿Examen de qué si no saben diferenciar una berenjena de un pepino? Te veo dando clases exprés en el mercado.

Baja la voz

  • No creas.  Mi madre era capaz de distinguir las partes de la vaca con una ojeada, el mero del rape o el lomo del rabo.  A mí si me preguntas qué es cada cosa, te puedo identificar al salmón, porque es naranja, al atún, porque es rojo o las gulas porque esas son fáciles de reconocer.

Vuelvo a reirme

  • Entonces estás en el mismo lado que el mío. Benditos supermercados que nos ponen las bandejitas con etiqueta.

  • De plástico, por cierto

  • De plástico, tienes razón, pero sigue contándome. ¿Qué condiciones ofrecen?

  • Horario de 20 horas semanales, sueldo de 600 euros y un período de prueba que no les han especificado pero, repito, si aprueban el examen que, según el churri, está chupao porque lo hace su colega.

  • ¿Seiscientos euros? No está nada mal para empezar.

  • Si, nada mal si al final cumplen con lo prometido, cosa que dudo, que este tipo de gente ya sabes cómo funciona, pagan un mes, si llega, y luego despiden para ahorrarse historias.

  • Sara, sé positiva. Al menos, si aguantan un mes, tienen para pagar sus gastos.

  • Eso pensábamos Ricardo y yo, que nos libraríamos de pagas semanales para las juergas de Lolita pero como que no lo vemos muy claro.

  • Explícate

  • Una vez nos contó todo el rollo en la comida, mi chico y yo nos frotamos las manos por debajo de la mesa a la vez que poníamos cara de qué orgullosos estamos de ti, ya tan responsable y madura hasta que Kike preguntó: ¿Y que vas a hacer con tanto dinero?

Apura el vaso y concluye:

  • ¡Comprarme otra cobaya!… y se quedó tan fresca