DECEPCIONES

 

Hay días en los que me siento como la espectadora de una obra de teatro en la que sus actores revelan el desencanto por haber confiado en quien no debían pero, otros, soy la actriz de reparto que manifiesta su incredulidad y tristeza por la frialdad del amigo/a al que consideraba leal.

Mi adolescente Taboada es un maravilloso espejo del que burlarme cuando el termómetro de la pasión explota en lágrimas por aquél o aquélla que no le ha devuelto el whatsapp, el/la infiel que le ha mentido o el/la colega que le ha contado del otro que le ha dicho lo que Pepito ha hablado de Juanita en el patio del colegio. Confieso que ha habido veces que he tenido que salir corriendo con la excusa de sacar a Arya para que no me vea reír provocando el tu no me entiendes que incrementa, aún más, el volcán de mis carcajadas.

Sin embargo, entiendo su desazón al margen de la importancia que yo ridiculizo desde mi propia experiencia.  La intensidad de las decepciones no depende de los demás sino de uno mismo, de las expectativas que haya puesto en los que considera o no buenos amigos y en el nivel de tolerancia que está dispuesto a aceptar.  Conozco gente enormemente generosa e incapaz de mandar a paseo a nadie por muy cargante que suponga soportar su egoísmo, otros tienen un baremo muy bajito y, a poco que uno piense diferente, eliminan cualquier medio de comunicación para largar un bye bye a la vida en común sin posibilidad de retorno. Y luego están los que encadenan oportunidades a quien les hiere, o creen que les hiere, hasta que terminan a vueltas con el perdono pero no olvido u olvido pero no perdono con el que yo siempre me lío.

La cuestión es elegir si merece o no la pena mantener una relación con quien nos ha defraudado y asumir las consecuencias, tanto si son positivas, como si el interfecto es una pared de hormigón a la que nos empeñamos en seguir amando. No obstante, me llama la atención escuchar la tendencia de algunos conocidos míos que huyen como el diablo de las preocupaciones de su familia o amistades y votan, firman y apoyan las causas que defienden las desdichas ajenas. Mi madre solía decirnos que le parecía estupendo que fuéramos solidarios con los hambrientos del mundo pero que nuestra primera obligación era atender a los que teníamos cerca porque la recompensa sería más estimulante que las veinticinco pesetas en la hucha de la campaña del Domund. Y, si lo pienso bien, creo que tenía razón. No me vale centrar la atención en los dramas de seres humanos que no forman parte de mi círculo personal si a cambio me desentiendo de la gente que quiero, y que me quiere, con la excusa de no encontrar el momento para saber de él/ella. Vivir inmersos en la vorágine del estrés no es razón suficiente para justificar nuestra ausencia por falta de tiempo; seamos honestos y hablemos claro: las auténticas relaciones de cariño no se basan en horarios o tareas sino en la prioridad que el sentimiento establece por encima del deber que le exija la cabeza.

Se acercan las vacaciones y, como cada mes de agosto, la nostalgia aprieta al pensar en el puerto al que querría volver y al que mi dignidad me ha vetado. Allí pasé la mayor parte de mis veranos con amigos a los que creí de mentalidad abierta hasta que apareció mi niña morena con la caja desordenada de rostros a los que tendría que aprender a querer. Fui consciente de ser el reflejo de su mirada y, en consecuencia, corté con la risa fácil del alcohol, las trasnochadas de baile en los callejones, los corridos mexicanos en las madrugadas y la libertad de hablar sobre determinados temas que pudieran confundir su criterio: era madre. Cambié de actitud a la vez que empezaron los insultos de los hijos de quienes creía suficientemente instruidos como para enseñarles que no hay diferencia entre biológico o adoptado cuando quien manda es el latido del  corazón. Eres negra...fea...te han comprado...esa no es tu madre, vete fuera…Tardé en reconocerlo, en atar cabos y descubrir que la cama mojada no era un hecho fortuito ni que la insistencia para preguntar: ¿A que tu eres mi mamá? Procedía de horas de cubo y red escuchando, año tras año, la misma cantinela hiriente. Lo hablé, pedí y rogué a sus padres que acallaran sus voces hasta que la leona que habita en mí rugió con un papirotazo al chaval que tanto mortificaba a su cachorro.

La respuesta llegó doce meses después cuando me acerqué a mi amiga para intentar evitar que se partiera definitivamente el lazo que ambas habíamos disfrutado con tanta alegría y frescura a lo largo de los años. No lo entendió o no quiso entenderlo porque reaccionó volcando sobre mí una retahíla de palabras envenenadas con la cólera de su frustración.

Y, si N, te hice caso a medias porque regresé al puerto a sabiendas que no coincidiría contigo después de haber esperado una llamada o un mensaje con el que pudiéramos llegar a entendernos, pasar página y recuperar una parte de la cercanía con la que tú, tu gente y yo solíamos regalarnos.  Y sí, conseguiste vengar el pellizco que le di a tu hijo pre-adolescente con aquél grito final de tu alegato: No vuelvas a este puto pueblo, hija de puta, no vuelvas.

No eran cosas de críos, como tu argumentabas, no lo eran. Se llama respeto, empatía y tolerancia no sólo con los refugiados y víctimas del hambre o terror, sino también con los que tenemos cerca, procedan de donde procedan y haya cual haya sido su cuna.

Lo he escrito antes, me hago un lío con el perdón y el olvido porque no sé en qué punto se mezclan para que las decepciones, las mías y las que yo he provocado, dejen de amargar el pastel de los recuerdos felices.  

Me quedo con una de mis frases favoritas: Soy dueño de mis silencios y esclavo de mis palabras.

Y, en esas estoy... aprendiendo a callarme.