ALGO HACEMOS MAL

Este fin de semana he ido a un hospital público para reunirme con una amiga mía de infancia que estaba de guardia y que aprovechó el tiempo de descanso para vernos en la cafetería. A nuestro lado había una mujer joven bebiendo un café con los ojos llorosos y expresión de infinito agotamiento.  Saludó a mi amiga con un ligero cabeceo, se levantó, depositó la bandeja en el carro y se fue con la espalda encorvada por el peso de lo que parecía una mochila llena de piedras.

-        ¿La conoces? – le pregunté a mi amiga

-        Si, es la madre de un niño de 8 años ingresado en la unidad de psiquiatría por un trastorno de conducta compulsivo-obsesiva. Lleva 14 días con él en la habitación porque es muy pequeño para dejarlo solo, duerme en un sillón de acompañante, mejor dicho, mal duerme, participa de actividades y, con suerte, salen a la calle para dar algún que otro paseo siempre que no sea muy lejos – toma aire y continúa – las medidas de los médicos allí son muy estrictas porque no puede haber excepciones entre pacientes, las habitaciones son muy austeras, no les permiten tener nada más que un cuaderno, un bolígrafo, lápices para dibujar, un libro y un Mp3 para escuchar música siempre y cuando los niños cumplan las normas y ganen privilegios.

-        ¿Privilegios?

-        Sí, como por ejemplo, salir a la calle media hora, a casa una hora y así poco a poco hasta permitirles, incluso, dormir fuera.  Es un tema muy complejo, largo y muy doloroso para las familias que, además de estar angustiados, tienen que hacer malabares para acompañar a sus hijos porque no todos tienen trabajos flexibles o ayuda para repartir la carga.  La madre que has visto está divorciada y el padre se ha desentendido del tema porque cree que es una llamada de atención del niño sin tener en cuenta la opinión de los médicos (es lo que ella me cuenta).  No sé hasta qué punto es cierto pero sí que mis compañeros de la unidad no lo han visto nunca y que, cuando lo citan, simplemente no aparece. Una pena.

Regreso a casa con un nudo en el estómago al pensar en los miles de casos que incrementan las estadísticas de adolescentes, y no tan adolescentes, con trastornos de conducta. Chicos y chicas que, incluso, teniéndolo todo a su favor, se rompen en pedacitos clamando ayuda de mil modos diferentes y que no todos los padres detectan a tiempo para frenar su caída al vacío.  El acoso escolar hace estragos en los centros cuyos equipos directivos acusan a la víctima eludiendo su responsabilidad, no hay una ley que protege a los alumnos más vulnerables como tampoco la hay para defender a los niños y niñas que sufren abuso sexual a menos que acaben muertos y hallados entre matorrales que la policía analizará para que un juez ejecute una condena que no devuelve la vida.

Somos la generación de los descolocados entre la escritura a lápiz y la comunicación vertiginosa del ordenador.  Nacimos con la pedagogía de la zapatilla y el esfuerzo para sobrevivir sin plantear negociaciones con la autoridad de los padres y maestros por duros y exigentes que fueran.  Nos hicimos fuertes, aventureros, descubridores del dorado en los circuitos de una tecnología a la que abrazamos con ansia; crecimos en blanco y negro pero escalamos la montaña en technicolor y, no sé si por un ridículo complejo de culpabilidad o, simplemente para saborear las mieles de un sistema que nos hace mirar atrás como nuevos ricos en posesión de recursos inimaginables en nuestra infancia, hemos olvidado que las carencias de la niñez fueron el mejor acicate para aprender a superar obstáculos por nosotros mismos y para nosotros mismos. Nuestros seguidores eran aquellos que se peleaban en el guá por conseguir la canica más preciada, los que ofrecían sus cromos a cambio del último para completar un álbum que no tenía fin, los que se sentaban en corro para planear travesuras con el riesgo de un castigo que recordar con la conciencia escocida, los que compartían las quejas por el suspenso injusto y el temor a una reprimenda por el color rojo del insuficiente que aparecería en las notas. Los cumpleaños se celebraban con unos cuantos sándwiches en casa y con los dos amigos íntimos (que variaban a la velocidad de un rayo), las Primeras Comuniones con una simple Misa rodeados de tíos, primos y abuelos, las vacaciones en el pueblo de los privilegiados que lo tenían en el árbol genealógico y el juguete, el único y deseado juguete, en los zapatos de los Reyes Magos a quienes confiar la magia de un anhelo escrito en la carta con respuesta en cuatro frases: Querido/a Fulanito/a, a pesar de que eres un poco travieso, este año te has portado bien y por eso te mereces tu regalo. Te queremos: Melchor, Gaspar y Baltasar.

Escuchando a mi amiga, leyendo artículos y noticias que hablan de las nuevas generaciones en las que se multiplican los trastornos de conducta, me pregunto qué estamos haciendo mal para que los niños y jóvenes se miren en el espejo que nosotros les mostramos con la imagen desvirtuada. Desbrozamos el sendero por el que caminan y levantamos las piedras para evitar tropiezos, hablamos y negociamos lo innegociable, facilitamos su andadura con orgullo y, cuando nos lo recriminan desorientados porque llegan a la mayoría de edad con la inmadurez gobernando las hormonas, nos echamos las manos a la cabeza y recurrimos al consabido tópico: A ti te habría hecho falta una buena zapatilla…

Y no, no soy partidaria de una chancla voladora pero sí de recuperar normas que hemos eliminado con la ignorancia de creerlas excesivas.  La cuestión reside en cómo equilibrar la balanza para fomentar la confianza, exigir sin rebasar el límite de la intolerancia, vaciarnos de complejos y proporcionar las herramientas que les ayuden a superar los baches con la fuerza de su optimismo. Guías y métodos los hay infinitos pero es difícil encontrar el término medio cuando hemos cambiado la cueva por el espejismo de un castillo encantado que creímos sólido y real.

Mi hija me estaba esperando cuando llegué a casa. Me dio un beso y preguntó:

-        ¿Qué hay de cena?

-        No lo he pensado – respondí

-        ¡Por fa! Que no sea pasta que sabes que no me gusta.

He cocido espaguetis en homenaje a mi madre, que nunca preguntaba qué queríamos comer, con un regustillo a victoria en el paladar cuando un par de ojos negros taladraron su reproche por debajo de las cejas a la vez que una voz cavernosa retumbaba en la superficie del plato:

- ¿A que estás de mal humor, mami, a que estás de mal humor?