LA DEPORTIVA DISIDENTE

Mi hija ha sufrido un ataque de ordenaditis aguda y de resultas se ha ido a organizar el calzado del cajón con el meritorio objetivo de emparejar y disponer sandalias, deportivas y botas en el espacio reducido para souvenirs de nolotires quesóloestán unpocorotos.

Me siento en el sofá con mi yogur de limón y cuento con los dedos. Uno… dos… tres…¡Mamáaaaa! (lo sabía) - ¡Veeeeeennnnnn! (también lo sabía). Me hago la Willy, la sorda y la ocupada. No cuela. ¡Mamáaaaaaaa! ¿No me oyeeeeeessssss? ¡Te necesitoooooo! Relamo las paredes del cartón amarillo, voy a la cocina, lo tiro a la basura, friego la cuchara , volteo la espalda y contemplo su cara de mi madre pasa de mí que no me inmuta.

-       Tengo un problema. Una de las deportivas se ha colado por un agujero y no consigo abrir el cajón.  ¿Puedes venir, por favor, para ayudarme a liberarlo?

El cardiaco se ablanda y la paciencia se expande. 

-       Vamos – accedo con un gesto de despedida al sofá – enséñame dónde está esa zapatilla.

Me arrodillo frente al armario y flexiono la columna como un peregrino ante el altar del santo al que pedir un milagro a cambio de ofrecer mil promesas.  Agarro el borde de la cajonera y tiro hacia mí. No se mueve.  Alargo el brazo y palpo el fondo hasta tocar la zapatilla disidente con la puntera mirando al techo.  Empujo, aplasto y giro. No se mueve.

-       ¿Lo veesss? ¡Te lo dije!!!

Recurro al plan B. Voy a la terraza, cojo la escoba y regreso para utilizar el palo como arma de presión.  El extremo norte choca con la cabecera de la cama cuando lo introduzco por la derecha, con el fondo sur cuando ejecuto desde la izquierda, descarto la vertical y lo devuelvo a su sitio valorando la efectividad del plan C.

-       Vete a la cocina y tráeme una cuchara de madera que tenga el mango largo, cariiiiño  - invito a mi hija con un matiz de retintín al arrastrar la i sobre las cuerdas laríngeas.

La Taboada pequeña obedece y regresa dispuesta a imponer su autoridad como jefa de obra.  Introduce el utensilio por el hueco que encuentra entre el borde de la gaveta y el tablón del estante de arriba. Empuja, presiona y gira.  Sonríe satisfecha, la deportiva trabada se ha desplazado un par de milímetros que a ella le saben a gloria. Recupera su extremidad y tira del saliente del borde. Dos, calculo que hemos conseguido dos centímetros en la trayectoria de la madera sobre los rieles laterales.

Plan D. Vaciar a cuatro manos la delantera del cajón saturado de butifarras con cordones, lengüetas, suelas de esparto o cuero envolvente alrededor del tobillo.  Empezamos a sudar por las sienes, bigote y mentón con el sal-maldita hasta que logramos vaciar en cinco tapapiés el motivo de nuestros desvelos. La Tabo reanuda la maniobra del te abres o te abres redistribuyendo las piezas en el hueco resultante a la par que se frustra con la disidente impertérrita y a modo de monolito de la Discordia en el centro del cajón. Pinzamos con los dedos la apertura superior del cubo-cuatro-tablas y forzamos su salida al exterior con el ardor de la mala leche que se nos ha puesto después de llevar un buen rato a tortas con el atasco zapatero.

La deportiva independiente se pliega y cede por fin a nuestra voluntad no sin antes elevar su protesta al salir de estampida hacia mi ojo derecho, el que ve de lejos, para iluminarlo con unas cuantas estrellas orbitando sobre el cristalino.

El golpe es monumental y mi reacción inmediata pues tengo la córnea abollada, no veo un pijo y advierto cómo la sangre circula hacia las pestañas al grito de: ¡Fiesta! ¡Nos vamos de moratón!

Corro a la nevera, tomo unos cuantos cubitos de hielo, los encierro en un paño y aplasto el bulto sobre el párpado a la vez que escucho un ruidito sospechoso procedente del dormitorio. 

 Mi hija se está riendo...