LOCURAS DE AMOR...

3 de julio de 2017

He quedado con Elisa para celebrar su divorcio en la terraza de una cafetería de viejos, como solíamos decir cuando éramos un par de adolescentes presuntuosas que se burlaban del Frente de Juventudes con canas, bastón y tazas de café vacías sobre las horas alargadas de las tardes. Mi amiga aparece con el pelo teñido de blanco, blusón de colores y vaquero ceñido a las pantorrillas flacas como varas de maíz. Me saca un par de cabezas, una por una cuestión de centímetros y otra por las plataformas que calza, de manera que tengo que ponerme de puntillas para darle un abrazo a su cintura porque más arriba no llego. Nos sentamos y pedimos una cerveza con ración de calamares fritos en homenaje a los bocadillos que comíamos en la plaza Mayor cuando éramos estudiantes escarbando monedas en nuestros bolsillos menguantes.

La conversación ronda en torno a los hombres y a la etapa que se le presenta como mujer separada, madre de dos hijos y relaciones públicas de una agencia de comunicación de cierto prestigio en el mundillo del arte escénico del que no suelta prenda aunque busque todo tipo de tretas para que me cuente algún que otro chascarrillo que alimente mi lado cotilla de barrio. No hay forma, Elisa es un baúl hermético en lo que respecta al ámbito laboral y sin embargo transparente, fresca y divertida en su vida personal con la que he fraternizado desde que éramos un par de niñas saltando a la comba en el parque.

Miro su expresión risueña y me parece que no ha pasado el tiempo a pesar de las arrugas que pueblan sus sienes.  Apoyo los dedos en la piel de las mías y estiro hacia atrás a la vez que inicio la charla con la cara planchada por el photoshop manual.

  • ¿Sabes de quién me acordé el otro día? De Jesús aquél chico amigo mío que me invitó a beber una Cocacola para compensar el favor de haberle dejado mi bicicleta.

  • Era un buen tío.

  • Si lo era y además muy guapo. Recuerdo que nos sentíamos mayores por el hecho de ir solos a un bar (teníamos trece años), pedir la consumición y pagar como si fuéramos un par de adultos que quedan para tomar una copa. Naturalmente el vaso no tenía alcohol pero cuando Jesús fue a pagar y vio el importe de la cuenta en el recibo, me miró atónito y dijo susurrante: Almudena, cómete el hielo que me lo están cobrando…

Nos reímos y es ella quien interviene con la anécdota de uno de sus novios por quien yo no sentía un aprecio especial.

  • Yo me acordé de Roldán porque ayer fue su cumpleaños.

  • ¿El del perro del hortelano que ni comía ni te dejaba comer?

Asiente con la cabeza

  • ¿Has vuelto a saber de él?

  • No pero cada vez que se acercan estas fechas recuerdo lo ciega que estaba y cómo me doblegué a sus caprichos por ese miedo absurdo que tenemos las mujeres a perder al señor de turno si no acatamos sus deseos….¿te conté la tontería de la tarta en la puerta de su casa?

  • No, no me suena que me lo hayas contado.

  • No me extraña, si lo llegas a saber cuando aún salíamos juntos te habrías burlado de mí y me habrías llamado pardilla. Enfín, el caso fue que Roldán celebraba su cumpleaños y a mí no se me ocurrió nada mejor que ir temprano a su casa para darle una sorpresa.  No sé si recuerdas que entonces tu amigo (con retintín) compartía piso con tres universitarios italianos y un chihuahua de muy mal genio que a mí me odiaba. Pues bien, ese día me puse el despertador a las seis, me duché, cogí el petate y me fui en Metro hasta su barrio vibrando con la emoción de imaginar su cara al encontrar mi regalo. Llevaba una caja en la que había metido un libro, un bolígrafo, una piruleta con forma de corazón y una bolsa de anacardos además de un bizcocho cubierto de nata para disimular que se me había quemado. Ahora imagínate la escena conmigo andando por la calle a modo de equilibrista que carga una caja en una mano y un plato con el pastel y su vela en la otra. Tuve suerte porque el portal estaba abierto y pude subir a su planta tocando el botón del ascensor con la punta de la nariz pero cuando llegué a su puerta y dejé los trastos en el suelo para introducir la llave, el mamón de Pluto se puso a ladrar dándome tal susto que di un traspiés hacia el lado del pastel para acabar pisoteando el bizcocho, la nata y la vela del 0 (la del 2 se libró..). Ni decir tiene que maldije la hora en que se me había ocurrido actuar como novia extraordinaria, al perro milanés (que no había parado de ladrar) y a la vecina que apareció al fondo del pasillo y que me miraba como si yo fuera un ladrón al que acababan de pillar in fraganti. Me sentía estafada y tan furiosa que tiré de la llave hacia mí, la guardé en la mochila, recogí la caja, la vela, busqué la salida de emergencia y bajé por la escalera pringando el suelo con la huella de mi suela.

     

  • ¿Y el plato?

  • En el felpudo – respondió concisa

  • Elisa, esto que me cuentas es más propio de mí que de ti – le dije con sorna

  • Ya…

  • ¿Y después? Quiero decir ¿Qué ocurrió después?

Me mira sonriendo y responde:

  • ¡Me comí la piruleta!