MANITAS TABOADA

Mi hija se ha ido a pasar las vacaciones de Semana Santa al pueblo de su mejor amiga y yo, que no soy especialmente forofa de las procesiones, me he dado a la noble tarea de reformas y chapuzas en un hogar al que redecoro a poco que me dé el punto de me aburre ver siempre lo mismo. Este sinvivir de ahora quito, ahora pongo lo heredé de mi padre cuando facturaba a los churumbeles a la aldea, al día siguiente de acabar el curso, para dedicarse por entero a Molina, artesano de la madera, a quien invitaba a instalar el taller en el comedor y, desde allí, jugar al trueque con los dormitorios para que, tres meses después, y a nuestro regreso, tuviéramos que averiguar a cuál de ellos nos habían mudado, dónde estaban los juguetes y si, por suerte, no habían tirado las canicas, los coches o la muñeca tuerta después de una pelea en la que la pobre Nancy era utilizada como proyectil contra el enemigo abusón y egoísta.

No tengo ni la más mínima duda de que el fantasma de mi padre azuza mi médula espinal para que pise el acelerador del coche en dirección a la fábrica de muebles con nombres impronunciables, papel de notas y medidas en mano, para acallar al petardo de mi progenitor y su insistencia en que innove mi hogar cuarenta metros cuadrados de orientación norte y coquetón.

El primer paso consiste en anular una puerta con la que nos damos trompazos gracias a la inspiración del arquitecto que diseñó la distribución de las estancias como si fuera la caja de un medicamento en el que el prospecto estorba lo abras por donde la abras.  Mi hija y yo nos hemos acostumbrado a caminar con los brazos al frente, tipo zombie, para evitar el choque cuando salimos de una habitación para acceder a la otra, pero teniendo en cuenta que a ninguna de las dos nos gustan los muertos vivientes, he decidido que lo mejor que puedo hacer es fulminar la portilla y colgar una cortina-telón que haga la misma función pero sin el agravante del porrazo nocturno. 

El segundo paso se ejecuta con el intercambio de una librería con estantes curvados en U (por eso de llevar treinta años viajando por herencia entre los Taboada), con una nueva algo más estrecha que me ceda unos centímetros para el jarrón de pie horrible que me regaló un pariente y que no me atrevo a tirar porque es de los que le gusta venir a visitarnos para constatar que su artefacto luce en lugar privilegiado.

El tercer paso lo dejo a expensas de los comerciales del centro sueco con su batiburrillo de cebos repartidos por los pasillos con una etiqueta que cumple los requisitos básicos para provocar que el cerebro del comprador actúe con el resorte del por si acaso que es muy barato, alargue la mano y llene el carro de paquetes svtriss, zvstrrross y jödeerr yaj piqë en el ticket interminable que me entrega la cajera.

Arya me recibe cuatro horas después con algarabía mientras lamento el peso de las bolsas (la estantería Brussols me la traen en 48 horas) al tiempo que empiezo a pensar en que la evolución de las especies se retrasa al no conseguir que los perros ayuden a sus dueños a liberar la carga. Abro los paquetes y ordeno con el rum rum de culpabilidad a tortas con el autoconvencimiento de que los paquetes de pilas, macetas, alfombrillas de un euro (con esta ya son diez) y pela-zanahorias (ya van dos) serán muy útiles en un futuro, deseo, cercano. Me siento en el sofá y contemplo la puerta: ha llegado tu hora – le digo en voz alta y, a continuación, me cambio al uniforme de Benita Reformitas para iniciar proceso de innovación acompañada de tres cajas de herramientas, martillo, taladro, barra, tornillos y un par de santiguadas que estamos en Semana Santa, no he pisado la iglesia, y tengo a los santos sutilmente molestos.

El bye bye a la puerta es fácil porque, no me pide que le celebre un funeral y tampoco se enfada cuando la coloco en la terraza a la espera de encontrar el momento para bajarla al punto limpio (ventajas de ser inerte).  Taladrar la barra, colgar la cortina y coserle el bajo resulta, incluso, estimulante cuando contemplo mi obra y descubro que no me he torcido, sin embargo, tan pronto los transportistas depositan las cajas de la nueva estantería en el suelo no me queda más remedio que prometer a San Antonio hacerle una visita si logro montar el mueble al primer intento.

Rompo los cartones y dispongo las piezas en el suelo a modo tetris. Cojo el cuadernillo de papel y miro la primera página: mal rollo, han pintado un monigote con teléfono para que lo llame en caso de incompetencia como montadora de repisas. No importa, le digo a Arya, esta vez lo voy a lograr sin ayuda. Apoyo las tablas, agarro el destornillador y aprieto los 8 tornillos que manda el dibujo.  Cambio la broca tres veces y empujo, empiezo a notar la ampolla en la mano.  No importa – repito – no importa. Sujeto el segundo tablón, cuento 8 tornillos, cambio la broca tres veces, aprieto. Vuelvo a mirar el dibujo: ¡Torpe! El destornillador necesario era recto, no de estrella (la mano duele). – No importa – repito cual loro – no importa.  Tengo cuatro tablas unidas a empujones de herramienta errónea, doy la vuelta a la hoja, aquí hay algo que no cuadra… vuelvo a fijarme en el dibujo: la A era con la C y la B con la D.  Resoplo, agarro el destornillador y empiezo a desmontar. Los tornillos se resisten a girar, se han puesto en huelga.  Llamo a mi amiga Geno que es la artífice del store, cajonera y armario que lucen en el piso: ¡No lo entiendo! ¿Cuándo vuelves del pueblo?En una semana pero no te apures, tú sigue las instrucciones, tú síguelas. Llamo a mi hermano: ¿Estás trabajando? ¿Cuándo piensas venir a Madrid?Estoy de guardia – responde agobiado – tengo un paciente esperando pero envíame la foto y te lo explico en cuanto pueda. El orgullo se bate con la paciencia; no espero a ninguno. Vuelvo a intentarlo.  Bien, he alcanzado el punto 6 (quedan 18), tengo cuatro tablas unidas.  Sigo. Tomo la próxima pieza y cuento agujeritos: dos arriba, tres en el lateral, cuatro en el extremo.  Tomo la siguiente y cuento agujeritos. Voy bien. Sujeto, aprieto tornillos y miro el dibujo. Me he equivocado.  Me levanto cual Cuasimodo con la espalda en cuatro, salgo en busca de Patricia, mi vecina Mc Gyver.  Está en casa y enseguida se ofrece para socorrerme.  Desatornilla y se va:  Avísame si me necesitas. Dos minutos después vuelvo a llamar a su puerta.  Entra en casa, desatornilla y repara en mi librería vieja. ¿Vas a tirarla? – Sí, había pensado llevarla a un punto limpio - ¡Ay no! Voy a medir mi terraza porque me vendría estupendo para ordenar mis plantas (tiene un vivero). Se va a medir y regresa con cara compungida: El mueble entra perfectamente pero me he dejado las llaves dentro, no sé el teléfono de Emilio (su marido) y no sé qué hacer. Llamo a la conserje y nos da el número del dueño del piso que se ofrece a traerle una copia de la llave en un par de horas.  Simulo mi empatía porque las tripas están de fiesta: ¡ya tengo quien ensamble el mueble!

Patricia no mira instrucciones, se fía de su instinto y organiza el asunto en un plis plás. Taladra la pared y apuntala a la Brussols en el muro con un par de taladros y una puntería certera.  Sobran tornillos, clavos y arandelas: No te preocupes – afirma contundente – siempre ponen de sobra (lo dudo). El dueño del piso avisa que está en la calle y mi amiga baja a buscar la key de su puerta, entramos en su apartamento, vaciamos la terraza, trasladamos a mi ex sujeta-libros, alineamos las macetas y nos abrazamos felices de nuestra proeza.

  • ¿Te hace falta algo más?

Me rasco la cabeza

  • No, gracias, estoy pensando en cómo decirle a San Antonio que va a ir a visitarlo Rita la Cantaora.

Patricia me mira con picardía y sonríe:

  • A ver si va a ser que los santos son como los políticos en campaña electoral, crees que te van a ayudar y, cuando les pones las monedas en la hucha, van y te dejan colgada…

  • A ver si va a ser eso

Y nos reímos las dos.