NUEVOS TIEMPOS

Hace un par de días, al pagar en el supermercado, reparé en que el importe era menor del que había sumado (dos productos), de modo que me dirigí al cajero y le pedí que revisara el ticket porque había una diferencia de 70 céntimos a mi favor.  Me miró como quien mira a un marciano, tomó el papel, pasó de nuevo la bandeja por el escáner y acabó yendo a buscar al supervisor para que comprobara que el registro era correcto.  El jefe era joven pero espabilado, me miró con idéntica expresión de asombro, revisó la etiqueta, el recibo y la pantalla para terminar explicándome que era la oferta del día y, por lo tanto, la cuenta estaba correcta a la vez que me agradecía efusivamente mi reclamación. Salí pensativa con la bolsa colgada al hombro, le di el euro habitual a la mujer africana en la puerta y regresé a casa preguntándome por qué lo que debía ser normal, quiero decir, defender lo que para mí era justo, se estaba convirtiendo en algo inusual entre la gente que me rodea.

Recordé la anécdota que me contaba mi hermana acerca de la ocasión en la que, viniendo de una fiesta de cumpleaños, mi padre se había fijado en el puñito cerrado donde guardaba una ficha de parchís que se había traído sin darse cuenta. Mi padre no le regañó ni se enfadó, sencillamente la llevó de nuevo a la casa de su amiga, le obligó a llamar al timbre y devolver la ficha pidiendo disculpas por haberse llevado lo que no le pertenecía: “Tendría 6 años, Almudena, pero nunca he pasado tanta vergüenza y, desde luego, nunca he sido capaz de quedarme con nada que no fuera mío. Aprendí la lección de un golpe y sin necesidad de un castigo”.  

A mí no me hizo falta una lección tan contundente porque sabía lo que era y no correcto en la misma proporción de lo importante que era la higiene, la colaboración en las tareas del hogar, mi actitud con amigos y extraños y el respeto a los mayores dijeran lo que dijeran, se comportasen como se comportasen.  A veces me gustaría saber la receta que aplicaron mis padres para que creciera consciente de ello porque he tratado de educar a mi hija siendo el espejo en el que se mira con una porción de discursos que creí vanos hasta que vi resultados más o menos satisfactorios.  Rememorando la infancia con mi amiga Paz descubrimos un sinfín de detalles que marcaron la diferencia con los tiempos que ahora corren.  Recordamos las noches de los viernes con toda la familia frente al televisor para divertirnos con el concurso del Un Dos Tres, Responda otra vez. Entonces nos parecía un mero entretenimiento, pero había más que risas o exclamaciones al elegir la calabaza pues tenía un matiz cultural en cada pregunta formulada y a la que intentábamos responder compitiendo entre hermanos y padres para acertar la respuesta. Le hablé de un espacio llamado Novela, cada día a las ocho de la tarde, que no me perdía porque teatralizaba libros con el reparto de una generación de actores y actrices irrepetibles: Era la precursora de las series de ahora, Almudena – afirmó Paz – pues el final de cada capítulo era un acicate para conocer el final de una historia que a todos nos tenía atrapados. Intercambiamos recuerdos de verano sin deberes para los aprobados pero con una lista de lecturas obligadas con resumen incluido que entregar en septiembre, comentarios de texto y clases con maestras vocacionales que inflaban nuestras mesas de mapas mudos, tablas de multiplicar cantadas, Historia de guerras, héroes medievales y reyes, juegos de pelota, canicas, alfileres y comba en recreos con la imaginación cosida en las rodilleras de nuestras correrías.

Nuevos tiempos, Paz – le dije – nuevos tiempos con las calles ausentes de voces infantiles persiguiendo al traidor que se ha llevado el balón, jóvenes a quienes les hemos regalado la vida sin exigir el esfuerzo, la voluntad o el tesón con el que nosotros crecimos. Hemos sido Reyes Magos a lo largo del año, entregado sin cobrar la parte que les corresponde, aprendido a sobrevivir a gobernantes que empobrecen nuestras arcas con el gen avivado de la picaresca en los fatuos que presumen conquistar un reino a costa de abusar de la inocencia, honradez o, en los peores casos, la necesidad de familias a quienes esclavizar con el látigo de su ambición desmedida. Se han despertado los demonios de un odio visceral en colaboración de prensa cuya ética y rigor dista mucho de ser independiente, objetiva y veraz. Nosotros celebrábamos la entrada en el mundo laboral a sabiendas que iniciábamos un camino de aprendizaje con nuestro título recién salido de la facultad mientras que, ahora, las entrevistas se llenan de candidatos exigiendo un estatus que les permita mantener la vida regalada que a sus padres les costó tanto alcanzar.  Pretenden subir al tejado sin haber construido los muros y si, es cierto que están mucho más preparados que los de nuestra generación, pero les falta lo más básico: humildad para entender que la cima se conquista con paciencia y esfuerzo.

La corrupción se pasea sin pudor por ayuntamientos y concejalías en base a favores entre los que cortan el pescado, tenemos dirigentes con formación y vocación dudosa, se ha creado una pirámide infinita de cargos públicos a los que mantener con nuestro, cada vez más, exiguos salarios, nos exigen transparencia mientras ellos se intercambian maletines azuzando a los lobos de la manada contraria, nos amedrentan, vaya si nos amedrentan eliminando derechos que heredamos de nuestros padres a cambio de briznas de hierba que nosotros, borregos asustados, disfrutamos olvidando que ellos se han adueñado del prado.

¿Y qué hacemos, Almudena, qué hacemos? – No lo sé, Paciña, no lo sé. Supongo que se trata de responsabilidad individual y que cada uno, en su parcela privada, debería enseñar a a sus hijos el valor de la ética, la amplitud de criterios, que desconfíen de lo que escuchan y lean hasta no obtener la información completa, que aprendan a escuchar y respetar a quien no opina como ellos, que no hace falta una chapa con el nombre en la blusa de la cajera de un supermercado para otorgarle dignidad, que la educación es esencial para calzarse los zapatos de otros, que juzgar es fácil cuando uno no sabe lo que el corazón del otro está cociendo en el pecho y que, 70 céntimos de diferencia en un ticket tienen el valor infinito de las cosas que están bien hechas.

- No es tan fácil, Almudena, no lo es cuando tu vida depende de un sistema asfixiante con una tecnología enormemente útil y enormemente viciada.

- Nuevos tiempos, repito, nuevos tiempos a los que nos tenemos que adaptar con la nostalgia aparcada en la memoria.

- ¿Y qué le contarán nuestros hijos a los suyos? ¿Verán su infancia con idéntica nostalgia?

- Supongo que sí aunque más de uno ocultará sus fotos con nariz de conejo hechas con esa aplicación tan pueril del Whatsapp para no avergonzarse de sus boberías.

- ¿Tú tienes alguna tuya?

- Si, gracias a ti, guapetona, que nos haces un álbum al grupo cada vez que nos juntamos, aunque mi hija me gane...

- A este paso me veo contigo apurando un café de tres horas a poco que continuemos con este rollito de abuelas cebolletas

- Ni de broma, Paz, ni de broma.  Seremos ancianas venerables bebiendo un buen vino

- Tienes razón, seremos abuelas juerguistas y pendencieras como tiene que ser

- Exacto, como tiene que ser...