LO QUE CUESTA MANTENER LA REPUTACIÓN

Me había prometido no escribirlo, pero hace unos días fue el chascarrillo de una reunión familiar en la que uno de mis hermanos me insistió en que lo incluyera en el blog para divertir a los lectores.  Me salva saber que mi hija es seguidora fiel de Instagram y otras redes sociales acordes a su edad porque, en lo que respecta a mis escritos, y según su ego, sólo le interesan los que hablan de historietas en las que es protagonista, de modo que por esta vez la Taboada mayor impondrá secreto de sumario para evitar filtraciones que comprometan mi reputación.

Mi sucesora tenía 16 años cuando quedé con ella en la parada de un autobús, cerca de nuestro domicilio, para recogerla y volver juntas a casa.  No era la primera vez que conveníamos algo parecido, pero sí que, en esta ocasión, había un pequeño detalle de diferencia por el que tuve que utilizar dotes de interpretación acordes a mi condición de madre honorable con gran esfuerzo de imaginación por mi parte, y a pesar de mi estado de embriaguez más o menos regida por la parte del cerebro que aún permanecía indemne.

La cuestión era que yo había quedado con mi grupo de amigas-cerveza terapéutica en el bar habitual de los viernes y, en lugar de beber el fruto de la cebada, había optado por tomar dos copas de vino pendenciero que sublevar mis neuronas hasta el punto de desencadenar la risa floja, revoltijo de palabras, ligera pérdida de equilibrio y desinhibición del intelecto para soltar una sarta de tonterías relativas a la Tierra (plana, no redonda), Pitágoras (un pedazo de bobo y aburrido inventando teorías sin fundamento) o la existencia de marcianos en el proceso de invasión extraterrestre entre humanos inconscientes de haber sido abducidos.  Mis amigas disfrutaron felices con el espectáculo gratuito que yo les estaba ofreciendo hasta que mi hija me llamó para preguntarme si podría acompañarla porque le habían contado de no sé quién, ni de no sé de dónde, asaltado por un fulano con navaja en la oscuridad de la noche.  Reactivé el instinto materno y le respondí que me esperara en la plaza porque tomaría el autobús cuya parada era exactamente el punto en el que ella se encontraba.  Colgué, pagué y mi amiga Ángela, viendo mermadas mis capacidades, me tomó del brazo para guiarme hasta la marquesina con el 21 (en tres minutos) iluminando la pantalla.

- Tres paradas, Almudena, cuenta tres paradas y te bajas – conminó precavida – Tres paradas.

Subí al transporte público con los dedos extendidos: Tres.  Avancé por el pasillo y me senté en la silla de la ventana con la intención de reconocer la calle por si me fallaban los cálculos. Conté una, dos y tres cuando vi a mi hija a través del cristal con mi mano gesticulando la señal de despedida: hasta pronto, tesoro, ahora vuelvo.  Me levanté de un resorte, pulsé el botón y descendí en la cuarta estación con la vejiga avisando que, o bien buscaba un lugar para vaciarse, o bien, abría las espuertas para derramar el líquido por el pantalón negro de mi desolación. Apreté el bajo vientre y supliqué paciencia a la que mi cuerpo hizo caso omiso relajando el esfínter sobre mis piernas empapadas con la puñetera agüita amarilla. Agradecí al universo que fuera una noche de invierno, que la calle estuviera sombría y que mi cazadora fuera suficientemente larga como para tapar la mancha de mi desvergüenza.  Sacudí la cabeza y pensé:  Bueno, Taboada, míralo por el lado positivo, parte del alcohol fuera del cuerpo. Vamos bien, querida, vamos bien.  Azucé las botas y caminé hacia el encuentro de mi descendiente (caramelo de eucalipto en la boca por eso de disimular el olor a vino) pelín espatarrada y otro tanto escocida. Crucé la calle, besé a mi niña e iniciamos el trayecto apoyándome en su mano:  Mamá, que ya soy mayor para que me lleves asi – rezongó ajena a su nueva condición de muleta. Respiré hondo y me concentré en la vertical a la vez que escuchaba su perorata sobre lo que había hecho durante la tarde con sus colegas.

La llave del portal fue una más de las participantes en el equipo de delatoras de mi infortunio pues no entraba en la cerradura así la empujara, girara o maldijera.

- ¿Has bebido, mami?, que no soy tonta, mami, que no soy tonta

No tuve tiempo a responder; me quitó el llavero, abrió y accedimos al dulce hogar con Arya olfateando mi pantalón al tiempo que levantaba la pata.

- Ni se te ocurra inaugurar un nuevo territorio – susurré – ni se te ocurra

- ¿Qué dices de territorio, mamá? Arya nunca hace pis en casa

- Ya.  Anduriña, ya. Me voy a la ducha que estoy muy cansada y me va a venir bien echarme un chorro de agua caliente – finiquité la conversación.

Media hora después, recuperé la estabilidad, la pulcritud y la fritura de croquetas porque mi hija tiene a bien no perdonar nunca la cena.  Desempeñé mi función de madre abnegada, di el beso de buenas noches y me acosté con el sano propósito de evacuar el resto del alcohol con la complicidad de la almohada.

A la mañana siguiente el teléfono de mi amiga me despertó temprano (es de natural insomne):

- ¿Qué tal llegaste? ¿Contaste las tres paradas como te dije?

- No – respondí – Sumé cuatro porque el tres es mi número de mala suerte

Se ríe

- ¿Qué dijo tu hija?

- Nada. No se enteró porque supe disimular muy bien.

- Si, claro, por eso anoche envió un Whatsapp a Lucía preguntándole si yo también estaba borracha.

- Vaya por Dios…  así no ganaré nunca el Goya

- Ni lo intentes, Taboada, ni lo intentes..