TARRAGONA: PUNTO DE PARTIDA

 

Hace tres años la señorita Sánchez me organizó un crucero con idas y vueltas etiquetadas para evitar el sufrimiento de tener que buscar traslados por la geografía del itinerario elegido, pero esta vez el comercial de los grandes almacenes resultó un fiasco sin interés por facilitarme la travesía en buque por las islas del Mediterraneo maravillosamente azul.  Un cero patatero, Alvarito fue un rosco desastroso al que, con ese punto bruja que bucea por mis venas, advertí de mi aprensión y a la que él tuvo a bien responder con un: positiva, Almudena, sé positiva, que me hacía bizquear las neuronas.

Salida desde Tarragona port que está a tomar viento fresco de la estación de tren.  Alvarín insiste en que embarcamos a las 12 y me planta un ticket que arriba a la ciudad a las once.  Contrato shuttle y llegamos al atraque a las 11:30.  El chófer es un guasón que nos hace reír imitando a Leo di Caprio en la proa del volante a la vez que advierte del madrugón en vano porque, según cree, vamos a quedarnos cual estatuas de sal derretidas a la orilla de un casco blanco con un cartel en la escotilla:  Hora de embarque: 14:30.

El gurú catalán acierta, hay cinco kilómetros desde el buque hasta la ciudad y, una vez consignado el equipaje en el guardamaletas de la naviera, tenemos una opción para regresar a la urbe: taxi.  Empiezo a sudar por el calor y por la Visa que, temo, engrosará su cartón con los números cantando alegremente en favor de mi banco. No lo pienso y, tomando de la mano a la Taboada júnior, nos ponemos en la fila de los pardillos que, como yo, hemos llegado demasiado pronto al puerto. 

El taxista es un parlanchín que arroja unas cuantas minas al gobierno español si, especialmente, tiene la bandera con gaviota en la Moncloa.  Escruto el salpicadero a la búsqueda de lazos amarillos y no los veo, pero por si acaso, silencio mi desacuerdo con la independencia de una tierra que me fascina porque, al fin y al cabo, son diez minutos de rodaje y ese hombre es un tipo encantador que nos aconseja turismo en las tres horas que tenemos por delante en una ciudad que desconozco y que me atrapa con las piedras de sus murallas.

La ola de calor es guapa, seductora y puñetera.  Únicamente los turistas británicos o alemanes son capaces de soportar el fuego en sus cocorotas quemadas, los españolitos de a pie nos amontonamos en la sombra de cualquier cornisa que nos proteja de la luz con un abanico, botella de agua y gorro como el mío que provoca comentarios filiales a modo de:  mamá, te queda fatal, que por supuesto obvio con la displicencia que otorga ser madre de una adolescente cuyo estilismo nada tiene que ver con el mío.

Agua, pizza, agua, turismo, agua, compra de imán para la colección, agua y taxi dirección Victoria (el buque…) donde nos recibe Kevin, el filipino que se ocupará de nuestro camarote con el madame en su sonrisa abierta. Cambiamos de indumentaria y subimos a cubierta para disfrutar del primer baño en una piscina que recuerda un puchero de garbanzos italianos, franceses, españoles y algún que otro alemán despistado.  Son las cinco, zarpamos a las nueve y tenemos por delante 7 días de navegación por el mar de Serrat.

Estamos contentas.  Muy contentas.