EL ATENTADO

Estoy con mi hija en un parque acuático cuando escucho la voz entrecortada de un locutor dando la noticia por los altavoces: Ataque terrorista.  Hay demasiado ruido a mi alrededor y aunque agudizo el oído no soy capaz de escuchar más de las dos palabras que acaban de helarme la sangre.  Me acerco a la primera socorrista que tengo en el punto de mira y le pregunto dónde ha ocurrido y qué se sabe.  Se encoge de hombros sin desviar la vista del agua y responde indiferente: No sé.  Mi hija está sentada en la toalla y le hago un gesto para que no se mueva mientras me dirijo al puesto de fotografías donde la vendedora, una muchacha muy joven, está leyendo la pantalla de su móvil relegando a los clientes que indagan precios o tamaños de imágenes con sus retratos. 

  • ¿Dónde?

  • En Barcelona – responde con los ojos acuosos

No es la única que controla las lágrimas, a mí también me cuesta como cada vez que los informativos estallan con dramas similares con la diferencia del matiz de cercanía que tiene la ciudad de Gaudí. La muchacha no dice nada más pero no hace falta porque ambas nos entendemos y regreso junto a mi hija con el pensamiento concentrado en la agenda de amigos catalanes que me tranquilicen con sus mensajes de respuesta al no estar incluidos en la lista de muertos que aparecerá mañana en los periódicos. La pequeña Taboada ya lo sabe porque las redes de su móvil arden con la noticia inundando la pantalla de emojis enfurecidos y llorosos, palabras airadas e insultos entre los que prevalece el Hijo de Puta que trato de eliminar de su vocabulario como defensa a la mujer y en contra del machismo recalcitrante que destila el lenguaje común y que intento que la niña transforme en adjetivos como criminales, asesinos, malnacidos o viles que le suena poco más o menos que a término mitad swahili mitad marciano.

Se enfrasca en su teléfono y yo contemplo a los bañistas que se deslizan por las rampas azules, padres con sus pequeñuelos en brazos, grupos de chavales intercambiando las anécdotas de sus zambullidas, bebés con manguitos y valientes de poco más de un metro de altura esperando su turno para aventurarse por el cauce de un tubo que los zarandeará entre sus paredes de colores. No veo expresiones serias o apesadumbradas porque no es lugar ni momento de tristezas pero tampoco puedo evitar un escalofrío al pensar en la otra cara de la moneda con los desahuciados por la mala suerte de haber nacido en países gobernados por la dictadura de la barbarie, la esclavitud de mujeres sometidas, los niños soldados, los hambrientos de comida y escuela, los enfermos con fecha de caducidad dudosa, los ahogados en pateras, los refugiados ignorados por los prepotentes, la soledad de los marginados, la incertidumbre de los que viven como funambulistas sobre el cable de la fortuna y la inocencia de los que bailan, cantan o pasean por las calles sin saber que la muerte se acerca cabalgando a lomos de una furgoneta blanca.

  • Vámonos – le digo a mi hija

Arranco el motor y enciendo la radio. Me abstraigo con la crónica del atentado que relatan los periodistas sin reparar en que me he equivocado entrando por la calzada prohibida que procede de una carretera nacional. Un conductor me descubre y empieza a tocar el claxon insistentemente a la vez que gesticula por la ventana para advertirme del error. Freno, aprieto el botón del warning y giro hacia la cuneta para dar la vuelta en mitad de un descampado.  Me tiemblan las piernas pero mantengo la calma y maniobro para retomar la dirección correcta.

  • Somos unas privilegiadas – le hablo a mi hija que continúa ensimismada con los mensajes de su Instagram – unas auténticas privilegiadas.