VACACIONES EN EL MAR (1 PARTE)

 

Este año nos vamos al sur de vacaciones y en concreto a un pueblo de la provincia de Granada donde he alquilado un apartamento con una terraza embocada al mar de Serrat.  La pequeña Taboada y yo nos hemos dedicado al trapo de polvo, fregona y maleta con atención exclusiva para salir pitando tan pronto nos levantemos con Manolito Cuatro Ruedas a punto de aceite y marcha.  Son las siete de la tarde cuando suena el teléfono. Es mi amiga Genoveva

  • ¿Qué tal? Os quedan sólo dos días

  • ¡No!!! Nos vamos mañana

  • ¡No! – replica convincente – os vais el día tres y hoy es día uno

  • Dos

  • Uno

Miro el calendario de la cocina y cuento las cruces. Es día uno

  • Te cuelgo. Luego te llamo

El rabillo del ojo enfoca la mirada asesina de la Tabo y el rabo a modo cuchillo de Arya como si yo fuera la única responsable de haber suspendido el conteo en los días del mes.  Abro el ordenador y entro en la web de alojamiento BBB con Wifi y mascota en el punto de destino o colindante que tranquilice el mal sabor de boca que producirían 24 horas más mirando el equipaje, la madera brillante y la rebelión de mi tropa. Reservo y descuento del presupuesto total las raciones de calamares, tres cervezas, un refresco y la paella en el chiringuito de la playa. No importa. Nos vamos.

PRIMER DÍA EN DESTINO

El dueño del apartamento es un lord británico la mar de simpático. Oh! You speak English! So good! Me no hablar mucho español!  Subimos al piso once y entramos en una estancia con el Mediterráneo al otro lado de la barandilla donde sorberé a tragos la mansedumbre de su oleaje. Jonas me conduce por las habitaciones y me sugiere que pague estacionamiento a menos que quiera alejarme 300 metros para acomodar a Manolito en acera free of money.  Nos despedimos y bajo en busca del parquímetro que descubro en la acera de enfrente con seis botones de colores en el frontal de su caja; leo indicaciones de arriba abajo, abajo arriba y empiezo a pulsar teclas: El primero señala idioma. Elijo Español. El segundo el recibo – no lo quiero, no he pagado -. El tercero letrero en alemán. Paso. El cuarto la pantalla en blanco. El quinto abonar exceso de tiempo (no he empezado así que no abono). El sexto cancelar operación. Regreso al primero, segundo y así sucesivamente hasta que vislumbro controladora de matrículas de manolitos con la maquinita en mano. Me acerco: Buenas tardes ¿Lee importaría explicarme cómo funciona el aparataje de botones parchís seis jugadores? La joven me acompaña y explica: Es muy fásil. Introduse un euro con 95 séntimos, aprieta el botón verde y ya tiene papel para toda la mañana. Le doy las gracias, abro el monedero y acciono según indicaciones. Tengo ticket. Ya está. Iniciamos vacaciones.

DÍA DOS

De camino al Tontodona para surtirme de víveres paso por delante de un local con excursiones programadas de buceo con gafas, tubo y aletas para principiantes en el arte de simulación de boquerones con piernas.  Entro, pregunto y contrato dos para esa misma tarde en la que acudimos las Taboadas dispuestas a maravillarnos con las rocas de coral que pueblan el fondo marino.  Nuestro guía se llama Diego, no tendrá más de 20 años, está como un queso y debe padecer miopía pues me entrega un traje de neopreno tamaño medio que extiendo delante de mí sopesando el modo de embutir mi cuerpo bajo su tela implacable.  Entramos en el vestuario y mi hija -tamaño pin - se prepara en el tiempo exacto en el que yo consigo introducir un empeine. 

  • Mami, ven que te ayudo – se ofrece condescendiente

Una mujer observa mis esfuerzos para tirar de la pernera y me propone una ducha para mojar el mono, ablandarlo y subirlo hasta la cintura.  Le hago caso y riego de agua fría los cuatro polos de los pantalones negros.  Bien, las pantorrillas están tapadas, las rodillas y el inicio de la cremallera al fondo sur de la pelvis.  Salto en la bañera con seis brazos, los míos, los de mi hija y los de la cooperante que tiran de la tela hacia arriba a ritmo de sirtaky griego. Al otro lado de la puerta se escucha una voz masculina: ¿Todo bien?Si – responde la Tabo – enseguida salimos…Volvemos al aerobic y en una docena de brincos logramos que la cintura se coloque en su sitio. Ahora falta que las extremidades superiores y la cordillera frontal se opriman entre las paredes crueles del uniforme médium que no me deja respirar.  Objetivo cumplido. Camino sobre las baldosas con las piernas en arco de medio punto, me resbalo y a poco me estrello contra el espejo.  Apoyo las manos en el borde del lavabo y me miro en el cristal:

  • Parezco una butifarra – le digo a las cooperantes

  • No, mami – responde la niña – si acaso a una morcilla…

 

(continuará)