VACACIONES EN EL MAR - CAPÍTULO 2

DÍA 3

Estoy enamorada del pueblo, la casa, los atardeceres, el aire acondicionado y el camarero andaluz que ha descubierto mi debilidad por los banana split que robustecen las dunas de mi celulitis a pesar del masaje a las que las someto con un par de volteretas sobre el huerto de piedras y rocas que cubre la playa. Confieso que a veces voy de chula y en consecuencia se me da muy bien poner cara de pócker cuando me acaba de picar, por ejemplo, un escorpión, y largo un No pasa nada que despierta la admiración entre el público que me rodea, soy así, lo reconozco, admito y acepto, pero mi capacidad de sufrimiento tiene un límite y tratar de llegar a la orilla descalza con el pedernal clavando, y quemando, los adipocitos de los dedos de mis pies fue demasiado para la estoicidad de la que presumo. Que conste en acta que llegué a pensar en mí como una blandengue porque allí nadie se quejaba, protestaba o torcía el gesto con el ¡Ay! entre las cejas que en las mías ya se había acomodado con las arrugas de guardaespaldas. No soy especialmente cotilla pero tanto bañista levitando sobre los peñascos sin perder la sonrisa llamó mi atención de tal modo que empecé a realizar un estudio fisonómico del personal empezando por la cabeza y acabando por las plantas de los pies donde descubrí el truco de su felicidad: Unos escarpines con suela de amortiguación. Estiré las comisuras de la boca hasta las orejas, cogí el monedero, basculé hacia la entrada de la beach, crucé la calle, entré en la tienda de tu abuela estuvo en Granada y se acordó de ti, cogí mis zapatillas con plataforma de goma, pagué, me calcé y regresé a la toalla en la que mi hija y su nueva amiga intercambiaban confidencias relativas a los jovencitos que chapoteaban en el mar como pavos luciendo sus plumas.

Me zambullo, pienso en Arya con sus almohadillas naturales en el reverso de sus patas cuando trota de noche con la playa vacía y me pregunto si no deberíamos presentar una instancia a Darwin para que acelerara la evolución de la especie ahora que tiene contacto directo con el universo. Una sugerencia…vaya…

DÍA 4

He reservado visita nocturna a la Alhambra para no morir como chuletas en barbacoa nazarí. Tenía previsto salir con tiempo para hacer recorrido por la ciudad antes de arribar al punto de encuentro con la señorita de etiqueta en la solapa: Turistas a mí pero el Lorenzo arde y se nos quitan las ganas de sucumbir al encanto del Albaycín con el fuego en la calzada. Aun así, salimos con un par de horas de adelanto por eso de que el GPS de mi móvil tiene orientación inversa y nunca sé si me guiará a mi destino o acabaré en el Sáhara preguntando cómo llegar a Noruega.

En la salida del pueblo hay una rotonda y un par de metros después una hermosa gasolinera a la que Manolito Cuatro Ruedas contempla sediento de petróleo. Pulso el intermitente a la izquierda, reviso retrovisores y cruzo la carretera para toparme de frente con el coche de la policía municipal cuyo conductor levanta los brazos para increparme por trasgredir las normas del código de la circulación.

    • ¡Mamiiiii! ¿Qué has hechoooooo? Escucho en el lateral derecho.

    • ¡Señoraaaaaaa! ¿Dónde se cree que vaaaaaa? – escucho a través de mi ventana.

Aparco, desato el cinturón, me bajo y observo al guardia caminar hacia mí con cara de pocos amigos.  He cogido el carnet y los papeles de Manolito para facilitar la gestión a la autoridad que para eso yo soy muy cumplida.  El señor policía toma la documentación y se va hacia su patrulla donde le espera el compañero, máquina de comprobación en mano. Abren el portaequipajes y sacan un cuaderno de instrucciones a la par que se oye una voz en el walki talki Almudena Taboada….si… calle Tararí que te Ví, número 2….si, DNI: 1245678 AT…..si….

Mi hija me entrega un abanico publicitario y empiezo a sacudir los mofletes con el aire tórrido del sur.  Los gendarmes se toman su tiempo y al fin, cuando empiezo a notar que me he convertido en un manantial de agua resbalando por la piel, el que parece más jefe se acerca con un papelito blanco en el que trato de descifrar ceros con los que voy a tener que pagar mi delito.

    • Mire señora – me explica amable – La rotonda está para girar hacia este lado de la carretera. La sanción es de 500 euros pero se la voy a dejar en 100 porque entiendo que al ser foránea no conoce la localidad y es normal que se despiste.

Me da el punto, lo juro que no ha sido intencionado, pero me da el punto qué-tío-más-guay que me propulsa hacia su estómago para abrazarlo como si fuera mi mega colega, que diría mi hija,

    • ¡Gracias! – exclamo con el sudor goteando la nariz - ¡Muchas gracias! ¡Es usted un sol!

Agarro la nota y empiezo a contarles que si estábamos de vacaciones, que si voy con mi hija a visitar la Alhambra, que si tenemos una perra que se llama Arya a la que habían encontrado abandonada en Cádiz, que si mi abuela materna era granadina, que si … que si… que a lo tonto me enrollo hasta que miro el reloj y les pido que me indiquen cómo puedo acceder a la carretera, sin cometer otra infracción, una vez sacie a Manolito con la manguera. Me responden con las pautas oportunas, subo al coche, me dirijo al surtidor y, cuando voy a descolgar el grifo, aparece el poli punto-guay a mi lado:

    • Que quede claro que no voy a permitirle un solo achuchón más. Deme el papel

Me acerco a la ventana, agarro la nota, se la entrego, la coge, la dobla y, entonces recolocada en la postura de mujer madura que marca las distancias, le pregunto su nombre:

    • Adán -  me llamo Adán

    • Gracias, Adán – respondo con un globo de oxígeno en los pulmones – sin más abrazos, se lo prometo, pero gracias.

Nota:  Adán es un nombre ficticio, pero si por esas casualidades extrañas, padre de la humanidad, me buscas en las redes, encuentras el blog y lees este texto, sabrás que está dedicado a ti, y no tanto por haberme ahorrado los cien euros, sino por la amabilidad y buen rato que me hiciste pasar sin esperarlo.

Te debo una…