EL FOGONAZO

He quedado con un amigo a tomar una cerveza cerca de su consulta en un barrio céntrico de Madrid.  Hace calor, estoy perezosa y calculo, sin equivocarme, que encontraré hueco para aparcar si me acerco en coche puesto que media ciudad ha salido de vacaciones.

En la calle busco el parquímetro que descubro en la puerta de una tienda de camisetas poco tradicionales, adornos étnicos y discos de vinilo que trasladan a mi infancia con los dedos temblorosos al apoyar la aguja para evitar el chirrido y la raya por la que mis hermanos mayores me atormentarían con sus reproches. Llevo las monedas preparadas, pulso el botón y empiezo a gestionar la impresión del papel mientras escucho el ruido entrecortado y repetitivo de una batería de besos al estilo de mujeres de pueblo estampando su amor en los mofletes del nieto.

Me da apuro girarme, pero la curiosidad vence la buena educación y, con un gesto disimulado, me doy la vuelta para encontrarme con un hombre maduro abrazando a una adolescente que sonríe ampliamente bajo el cobijo de los brazos masculinos. Hay un gran contraste entre ambos, él con pantalones raídos, sandalias de cuero, tatuajes por doquier, pelo largo y descuidado, barba y camisa desteñida; ella con un top azul, short, deportivas blancas, melena brillante, piel morena y guapa, fresca, natural como un salto de agua entre la maleza de un bosque tupido. La imagen me cautiva y, sin pretenderlo, me quedo parada escuchando la explicación de la niña acerca de sus planes de estudios y la respuesta confiada del padre en el éxito asegurado porque sí, porque ella es la mejor, la más inteligente y capaz de lograr lo que desee a poco que se lo proponga.

Me reconozco una entrometida en mitad de la acera con un papelillo en la mano, una envidiosa del caudal de ternura que tanto echaba de menos cuando llegaba a casa con el sillón de mi padre vacío; una figura imperceptible para los protagonistas que se mantienen al margen de mirones que los sortean con el ceño fruncido, el calor asfixiante y la indiferencia frente a lo que para mí es un fogonazo de luz en mitad del asfalto.

Reacciono y vuelvo al coche para colocar el recibo en el salpicadero. No estoy lejos, no lo suficiente como para vislumbrar al hombre despidiendo con la mano a su niña que camina calle abajo con paso ligero.  A su lado hay otro de su mismo porte que pregunta a quién dice adiós:

  • A mi hija – responde el padre exultante – le gusta que me quede aquí hasta que dobla la esquina.

Estoy ñoña, excesivamente ñoña, porque la garganta se anuda con el orgullo que palpita en la voz amorosa. Respiro hondo y freno las lágrimas parejas a las que brotan con los anuncios tontos de la tele, canciones nostálgicas y películas al estilo de un cine Paradise italiano o una vida bella en un campo de concentración nazi. En pocos minutos mi amigo y yo hablaremos del drama en el Mediterráneo, revueltas, guerras, aniversarios y muertes de seres humanos inmersos en sombras.  Aterrizaré en el mundo real y beberé una cerveza en un bar que olerá diferente porque, sea lo que sea de lo que tratemos, la estampa de un hombre y su niña tocando la felicidad a golpe de besos, tendrá el resplandor de un faro en los mares de un planeta que gira y gira llenito de penas.