VACACIONES EN EL MAR - CAPÍTULO FINAL

 

La visita a la Alhambra fue lo mismo que si hubiera subido al escenario de una historia narrada por una guía tan apasionada en su relato que a poco me cambio de religión y empiezo a ahorrar para viajar a la Meca. Los mosaicos, albercas, arcaduces, patios y columnas, que ya conocí con la luz del día, se empañaron con el vaho que emanaban las ánimas errantes del antiguo sultanato a las que presentí lastimeras ante la invasión de turistas. Agarré del brazo a la pequeña Taboada y avivé el paso no fuera ser que nos quedáramos rezagadas con la madre del sultán suplicando por un kleenex para secar sus lágrimas espectrales. A mi hija esa posibilidad le excitaría pero a mí me mataría de un colapso cardiaco que me vendría fatal porque aun tengo que terminar de pagar la hipoteca.

Quedaban tres días para apurar entre amigos, chiringuito playero y protección solar para no regresar como chuletas de ternera en barbacoa; setenta y dos horas en las que pergeñé excusas para alargar el tiempo en el sur de mis amores hasta que el cielo se abrió con los pueblos de la sierra de la Alpujarra en el horizonte. No lo dudé y, siendo como soy madre responsable de la educación cultural de la Tabo, decidí reservar hotel BBB en la cuna del agua embotellada que mineraliza las neuronas: Lanjarón. Admito que mi interés se centraba en retrasar la vuelta a la rutina más que en la curiosidad por un pueblo que suponía más o menos pintoresco, pero me equivoqué porque describirlo como simplemente agradable es obviar los poemas de Lorca en cada fuente, el mimbre de sus cestas, el blanco de sus callejuelas y el verdor del paraje que lo rodea con los descendientes del movimiento hippy habitando entre sus cimas. Lo he apuntado, quiero decir, he anotado el nombre alpujarreño para volver y regocijarme con las caminatas que haré una vez encuentre la voluntad para entrenar mis gemelos.

El fin de vacaciones lo celebramos en el cortijo de mi amiga Rikitikitrona que ha sufrido un ataque de Reformas y Tuercas al que se ha enfrentado con coraje y alicates para combatir a los monstruos que amenazan su salud; una heroína ante la que me rindo y que envidio por su destreza con el taladro para atinar en la pared sin que los cuadros se queden torcidos.  Su chico tiene suerte de tenerla en casa pero a mí me pilla demasiado lejos como para recurrir a ella como jefe de chapuzas y, en consecuencia, cuando soy yo la que sufro un patatús de bricolaje, tomo el marco, mido, clavo, saco escarpia, tapo agujero con pasta de dientes (es blanca y se incrusta muy fácil), perforo, introduzco, cuelgo, se desnivela para la derecha (la presbicia), extraigo, exprimo el tubo dentífrico, acribillo, meto alcayata, cuelgo, retrocedo unos pasos, calibro y escucho la voz de mi hija preguntando si he comprado la lámina en los souvenirs de la torre de Pisa, recuerdo una frase a la que recurro para no darle un papirotazo al póster con su correspondiente réplica sobre la cocorota de mi hija:

    • Anduriña, no es el cuadro el que está torcido..¡Es el mundo!

Pero no cuela.