QUERIDA AMA. FIRMADO: TU PERRA

QUERIDA AMA,

Sabes que no me gusta venir aquí y, sin embargo, me has traído.  Parece que no te acuerdas del miedo que paso cuando huelo a los perros del refugio, de mis orejas gachas o la mirada huidiza que no intentas traducir en sonidos porque no te hablo con las palabras que tu si emites y que yo interpreto con ayuda de tus gestos. Soy lista y una superviviente del abandono en la calle de la que Ana, tu amiga del chaleco azul, me rescató cuando me encontró revolviendo contenedores de basura para encontrar algo que llevarme a la boca; no quiero tener que escapar de los palos con los que mi dueño me golpeaba el hocico ni pasear sin tenerte a tí detrás vigilando mis pasos. No lo quiero.

Dicen que los perros tienen la memoria muy corta pero se equivocan conmigo, recuerdo muy bien la tarde en la que Lodi te acompañó a mi jaula para presentarme porque María había conseguido que tú aceptaras adoptar un perro.  Supe enseguida que veníais a liberarme del encierro y que por fin tendría familia que me rascara la tripa cuando me tumbara  a su lado en el sofá, una humana pequeña con quien jugar a la pelota, un plato de comida y agua, mimos en la frente, una regañina por haberme portado mal y un premio por haberlo hecho bien. Soy un animal diferente, no lo olvides, y tengo sentimientos.

Lodi abrió la puerta del chamizo y me ató para entregarme a la niña mientras tú me observabas con recelos porque te preocupaba tener una responsabilidad más en casa. Moví el rabo y te lamí la pernera de tu pantalón para suplicar que no dudaras porque María y yo ya nos habíamos enamorado la una de la otra, me había cogido en brazos y yo le había correspondido con un par de lengüetazos en la nariz que Lodi celebró con una sonrisa.  Faltaba tu sí definitivo pero, entonces, te agachaste, frotaste mi cabeza y dijiste mirando a la niña: De acuerdo anduriña, Arya se viene a casa.

Ha pasado poco más de un año desde que me adoptasteis, hemos viajado por el país a lomos de Manolito Cuatro Ruedas, trotado por playa y montaña, mordido cualquier papel, por grande o pequeño que fuera, y que tu hubieras dejado a mi alcance, devorado trocitos de filete en secreto para no enfadar a la responsable de la Protectora, untado con una pipeta que yo odiaba hasta que cambiaste de sistema para alejarme de los temidos chupasangre, lavado con ese champú que huele tan mal (compra otra marca), curado los rasguños en las almohadillas, sacado las púas que se hincan  bajo las uñas cuando me meto donde no me llaman y dormido empujando mi cuerpo contra el tuyo para sentir tu calor a pesar de tus protestas porque el verano aprieta demasiado. 

Intentas hacerme creer que te irrita la alianza que tu hija y yo tenemos cuando te enfadas con ella y yo te ladro para defenderla, pero no es verdad porque te he pillado riéndote a hurtadillas mientras María se encierra enfurruñada en el baño. Querida ama, te repito que soy lista y que sé lo mucho que me quieres a pesar de fingir lo contrario cuando me pongo pesada y mordisqueo tu mano para que me lleves al parque.

Estamos delante de la puerta que creía no volver a ver nunca.  Babeo y tiemblo sin poder evitarlo. Me aúpas a tus rodillas y me abrazas contra tu pecho para que me calme pero tengo miedo, demasiado miedo a quedarme encerrada en el chamizo por bien que me traten los humanos del chaleco azul. No es mi hogar, no lo fue antes y no lo será si me dejas con ellos. No lo hagas, por favor, no lo hagas.

Marta aparece en el umbral y te pide que entremos.  Me colocas sobre la mesa y sujetas mi cabeza para que no me mueva cuando claven la aguja que saca sangre y la que me vacuna contra el virus de la rabia. Luego apoyas la mano en el lomo y me dices en voz baja: Ya está, pequeña, ya está  

    • Búscate un veterinario en tu barrio – te pide Marta – Arya sufre demasiado cuando viene aquí y no merece la pena que pase un mal rato aunque a todos nos apetezca verla. Nos arreglaremos con las fotos o vídeos que le envíes a Carlota.

Me bajas al suelo y atas mi correa al banco para desaparecer en el interior de la oficina donde, barrunto, firmaste los papeles de mi adopción. He dejado de temblar pero continúo asustada con los ojos fijos en el picaporte hasta que te asomas bajo el marco:

    • Arya, ¡nos vamos!

Salto hasta alcanzar tu barbilla, empiezo a ladrar con estruendo y trato de volar hacia la verja contigo controlando mi impaciencia:

Soy libre...