NO TE RINDAS

Sé que la vida te ha dado un vuelco y que te sientes desorientada, sola y sin fuerzas que te empujen a la alegría con la que encarabas los desaguisados comunes a todos los que nadamos en el estanque de lo cotidiano. Empezaste con un accidente que se llevó por delante la musculatura de tu rodilla, luego los desencuentros familiares, la trinchera adolescente y las peleas continuas para defender tus derechos con hojas de reclamaciones que acumulas en el cajón de respuestas con lamentos por las molestias causadas y que flotan en el vacío de la impunidad.

Me dices que estás cansada, que te cuesta conciliar el sueño a pesar de las pastillas que te habías negado a tomar.  La vida te da pereza, te cuesta respirar y abandonar la cama para iniciar el día con la energía anclada al colchón de tu insomnio; no encuentras un aliciente que te impulse a pisar el suelo, un punto de luz que te acompañe a la ducha, al café del desayuno, al sonido de la radio mientras remueves el azúcar con la cucharilla de tu desgana.  Es verano y el calor te envuelve como un manto que sofoca aún más las ansias de levantar el vuelo con la mochila vacía de piedras que amontonaste sin pretenderlo, o sí.., porque eres de esa clase de mujeres que distribuye su tiempo al cuidado de la casa, hijos, padres o amigos obviando, una y otra vez, el grito que brota de las entrañas para recordarte que ya basta de creerse la dueña de poderes invencibles frente a la fragilidad de tu espíritu. No eres súperwoman, valiente guerrera, no lo eres.

Créeme si te digo que he cruzado el mismo puente por el que tú te balanceas con la mirada pendiente del torrente de agua que sacude las rocas a orillas de la montaña, que el aire azota tu pelo con rabia porque te quiere de vuelta a la superficie sólida que representas y que, el abismo que parece seducirte, no es más que un farol en la partida de cartas que juegas contra ti como tu propio adversario.

Sé del vértigo que produce asomarse al precipicio y contemplar la imagen que el agua refleja con hastío en las pestañas, de las esclusas cerradas en la boca del estómago, la plancha de acero en los pulmones y el pellizco de tristeza que enraíza su quejido en la piel del corazón. Lo sé y lo reconozco con sólo escuchar el murmullo de tu voz al otro lado del auricular y, con las mismas, te pido, quizá te exijo, que no te rindas, que no permitas que se claven las uñas del no-puedo-más en el cauce de tus pensamientos; apártalas con la fuerza que aún te resta y lucha contra el desánimo con ayuda de la risa de los momentos felices, los que has vivido y los que te quedan por vivir.  Levanta la frente y aspira el amor de los tuyos, de los que nunca te fallan; elimina listas de tareas prescindibles, redecora tu casa con un póster de estrellas, una planta y una tanda de peluches, compra chocolate y mánchate sin miedo cuando se derrita entre los dedos, sal al parque, cuenta los días para tu viaje a la selva del Oriente, lee un libro de humor y programa mi número entre las teclas de los frecuentes para que cuando te tambalees, cuando creas que la tarima del puente se agrieta, apoyes el dedo en el botón que lleva mi nombre, escuches la señal de llamada y esperes a que conteste con las cuerdas del arnés listas para sujetarte a la vida, a la sorprendente y maravillosa vida con su caja de bombones, dulces y amargos, que juntas compartimos a la sombra de lo inesperado.