CHICAS DE ORO

Soy la primera en llegar a la cafetería para desayunar con mis amigas Las Chicas de Oro antes de ir al supermercado con los carros aparcados en la orilla de la mesa. Es muy pronto para ser sábado, pero las ganas de empezar el día pasando un buen rato superan al colchón que me abriga de pereza al final de la semana.

Las Calvo llegan acompañadas de marido e hija adolescente con cara de sueño.  Nat y Blanca a continuación con cara de frío a pesar de la subida de temperatura en el aire madrileño. No repartimos besos pero sí distribuimos sillas, cafés, tostadas y bollos al tiempo que nos ponemos al día con los chascarrillos cotidianos.

-   Bueno, ¿qué tal todo?

-   Bien, pero con dolor de cabeza.

-   ¿Te has tomado un ibuprofeno?

-   Si pero todavía no ha hecho efecto

-   Creo que han sacado un medicamento nuevo para la migraña

-   Si, creo que sí

-  Ayer quedé para desayunar con Pilar a las 9 y salimos a la una.  Me encontré a unos compañeros de trabajo y nos fuimos a tomar unas cañas. Acabamos a las cinco. Fui a sacar dinero y tuve que hacerlo en tres veces.

-  ¿Y el cajero no se tragó la tarjeta?

-  No porque me equivoqué con la cantidad, quiero decir, la primera vez saqué 20 euros y me di cuenta que me había quedado corta. Volví a meter la tarjeta y volví a elegir 20 euros. A la tercera ya saqué lo que necesitaba.

-   Tanta cerveza..

-   Lucía, tienes cara de sueño. Seguro que tu madre te ha despertado

-   Pues sí

-  No es verdad.  Entré en la habitación para coger mi ropa y encendí la luz

-  O sea, la despertaste

-  Se despertó sola

-  Ya… mamá…ya

-  ¿Y por qué no te has pintado raya en los ojos?

-  Porque se me corre

-  Hay unas que valen 2 euros, incluyen sacapuntas, y no se corren. Mírame a mí, me pinto por la mañana y estoy así todo el día

-   ¿Y dónde las compras?

-   Te las regalo yo, no te preocupes

-   Vale, gracias

-   Tengo que comprar fresas

-   Están carísimas porque no es fruta de temporada

-    Lo sé, pero sólo cojo una cajita

-   Tienes que mirar el precio del kilo, no el de la etiqueta. Otra tonta como mi hermana que se deja engañar por la tapa

-   Hombre, si es una vez cada mucho tiempo

-   Da igual, hay que ahorrar

-  Tenemos que organizar la cena de todos los años. ¿Quién se encarga?

-  Conozco un restaurante con buena pinta

-  ¿Y a que está al lado de tu casa?

-  Bueno, digamos que sí

-  Uno que nos pille bien a todas

-  De acuerdo.

-  Pues mañana quería hacer paella pero se me da fatal.

-  A mí me sale rica y el arroz no suele pasarse

-  Qué suerte, lo mío es el bacalao

-  ¡Puajh! Me muero de asco

-  Eso es que lo has probado poco

- Díselo a mi madre que durante años nos ponía potaje de garbanzos todos los viernes de la Cuaresma.  Recuerdo el olor y me pongo enferma

-  Pues no hay medicamento contra el olor a bacalao

-  Muy graciosa…

Risas

- Venga, vámonos que tengo un montón de cosas por hacer todavía. Hoy llega mi marido de viaje y tengo la casa hecha un desastre.

-  Yo iba a poner la lavadora pero han dicho que va a llover todo el fin de semana.

-  Sí, yo colgué la ropa ayer

-  A mí me toca planchar

-  Lo odio

-  Y yo

Salimos a la calle y las veo caminar hacia la puerta del supermercado arrastrando los carritos.  Hace frío pero siento calor en el pecho; sé que a muchos les parecería absurdo que algo tan pequeño como es compartir un desayuno pudiera significar tanto, que un rato en la mejor de las compañías provoque un subidón de energía para encarar las tareas de un ama de casa con falta de tiempo para ocuparse de la logística hogareña en los días laborables.

Tomo a Lucía del brazo y le digo:  Sé que para ti esto es un rollo pero, créeme, algún día lo recordarás con mucho cariño cuando tus amigas y tú quedéis para tomar un café con el carro de la compra en la pared, estoy segura que pensarás en nosotras y te darás cuenta que estos ratillos de nada son los que de verdad merecen la pena para hacer la vida agradable

Se encoge de hombros y responde:

-  No sé, no sé…

Ahora no, pequeña, ahora no lo sabes, pero llegará un día en que tú ocupes nuestro puesto marujeando con las de tu generación a golpe de chascarrillos del trabajo, expectativas con los hijos, el precio de la compra y un catálogo de anécdotas entre las que nos incluirás con la sonrisa benevolente de quien siente la nostalgia pellizcando el corazón.