LA DICOTOMÍA

 

Siempre me conmueven las imágenes de voluntarios que acuden en manifestación a donar sangre o ayudar en lo que puedan cuando se produce un atentado o un desastre natural, sea huracán o terremoto, como ha ocurrido en México donde mis amigos retransmiten vídeos y fotos de ciudadanos desviviéndose por los afectados de una naturaleza imprevisible y cruel.

La cara de la solidaridad de unos choca de frente con la de la violencia desmedida de otros y que asoma sus colmillos en forma de tuits y mensajes con el veneno mojando las letras.  Cada vez que leo una de estas notas me pregunto si el/la autor/a ha engrosado alguna vez la hilera de solidaridad con las víctimas de una tragedia y, si es así, en qué extraña dicotomía se desenvuelve para que toda la cólera que escupe en sus mensajes sea paralela a la foto confundida con la bandera de luto que aparece en su perfil, las palabras de aliento y el envío compartido de textos que denotan complicidad, simpatía y querencia por los damnificados de la tragedia.

Hace unas semanas una mujer escribió un tuit dedicado a una diputada de un partido político en Cataluña: “Sólo puedo desearte que cuando salga esta noche la violen en grupo porque no merece otra cosa semejante perra asquerosa”.  Fue denunciada, naturalmente, y repudiada por la mayoría de gente de bien pero no puedo dejar de preguntarme en cómo pudo ni siquiera pensarlo, en qué momento perdió el juicio, si es que alguna vez lo tuvo, de ponerse en el lugar de tantas mujeres que han sufrido agresiones sexuales difundidas por las redes con la burla y prepotencia de hombres miserables. ¿Ha palpado, aunque sea de lejos, su asco y vergüenza? ¿Tiene hijas, hermanas, madre, amigas a quienes identificar como posibles víctimas de un ataque semejante…?

La protagonista de esta anécdota no es la única que aturde mi cabeza con interrogantes sobre la contradicción del ser humano. Hace poco más de un mes, Barcelona se cubrió de flores, carteles y lágrimas por los muertos bajo las ruedas de una furgoneta letal, escuché el silencio de las calles, la empatía con anónimos heridos a quienes arropar con un abrazo de afecto mientras esperaban la ambulancia, el grito reivindicando la vida y la rebeldía ante el miedo a un nuevo ataque terrorista. La mayoría de los ciudadanos priorizaron la bondad a la crispación, el entendimiento al conflicto, el apretón de manos al rechazo por pertenecer a este o aquél bando compitiendo por establecer una frontera.

El duelo se disolvió con el tiempo dando paso a una guerra de posturas inflexibles y amenazantes en discursos y arengas que han trascendido a la clase política para instalarse entre padres e hijos, parejas y compañeros con una virulencia que asusta. Tengo amigos con familia en Cataluña que han empezado a desplazarse intimidados por lo que les pueda ocurrir, diputados, concejales y alcaldes con la foto de sus familias teñidas de rojo, coacciones y desafíos a los que temer porque hay mucho loco suelto, demasiado poseído por un delirio que mata como si hubiéramos extraviado la memoria con la que deberíamos convivir para no repetir los jirones de una Historia común.

Nos sorprendemos con las noticias de niños agresivos, de acoso en la escuela, de violencia injustificada en chavales que deberían estar jugando con una pelota en lugar de tramar quién será el próximo vulnerable a quien herir con la palabra o el gesto que impera en el ambiente. Estudiantes de primaria que absorben el clima con el reflejo de su inconsciencia y que aprenden a justificar lo injustificable con la hipocresía de un discurso endeble: no golpees, sé tolerante y abierto, no entres en conflicto, mantente al margen de las peleas y sé buena gente. Palabras vacías cuando lo que oyen, ven y tocan es la rabia contenida en el caldo en el que crecen como granos de arroz condimentados por cocineros rivalizando por conseguir la copa de un trofeo amargo de la que todos bebemos.

Ciudadanos del mundo, necesitamos ciudadanos del mundo que viajen, exploren y vuelvan con la mentalidad abierta a todo tipo de idiomas, culturas y religiones para entender que debajo de cada voz, color o estatura, no existe más sonido que el de un corazón semejante al que oímos palpitar bajo el pecho con su alforja zurcida de sus propias emociones.

Las suyas y las nuestras. Las de todos.