LA CULPA DE ELLA

 

Hace unos días he leído las declaraciones de un juez de menores, que me caía bien, culpando a las niñas del acoso sexual y, subliminalmente, agresión o violación porque se visten como putas.  El aluvión de mensajes de protesta hizo que cambiara su versión añadiendo a los niños como responsables de atrocidades y, al final, se derivó hacia los padres que no controlaban a sus hijos por ser demasiado permisivos.

No niego que haya niñas que publican fotos en las que se exhiben con particular erotismo porque viven inmersas en los círculos de una peonza que gira en torno al cuerpo como reclamo indispensable para conquistar al hombre.  Adolescentes a las que el medio bombardea con programas, series y modelos femeninos en los que prima la belleza estética por encima de cualquier rasgo de una personalidad que implique independencia, seguridad o autoestima para defenderse de la tormenta machista en la que se desenvuelven con soltura e inconsciencia.  Los padres aconsejan, sugieren y aleccionan para que sus hijas crezcan como individuos autosuficientes sin necesidad de una pareja que las margine al saco de las raras, estrechas o, como se decía antiguamente, solteronas. Este es el mensaje del que la mayoría presume cuando se les pregunta cómo educan a las niñas pero, paradójicamente, continúan revisando el armario para que el dobladillo de la ropa no enseñe el ombligo o las rodillas por encima de lo éticamente permitido.  Y si se hace una excepción y se les permite salir a la calle con un short marcando las curvas, se quedan en casa rezando para que sus hijas no tropiecen con un depravado que las insulte o, peor aún, las agreda quebrando definitivamente sus vidas.

Tengo una hija adolescente y sé de lo que hablo cuando escucho las letras de sus canciones preferidas o me siento ante el televisor para contemplar comedias cuyas protagonistas no son felices si no conquistan al sex symbol con tabla de chocolate en el tórax, flequillo engominado o labia de seductor en el trato con su antagonista de un guion que persiste en narrar cuentos de hadas con beso en los labios de un final feliz.  Si en su clase hay chicas que han tenido varios novios, la palabra fácil, buscona o puta sobrevuela las cabezas como un axioma irrefutable del que los listillos se aprovechan para jactarse de haber formado parte de los elegidos, sea o no sea cierto, con un plus de adjetivos que descalifican a su compañera hasta desposeerla de su dignidad.  Sin embargo, el líder de la manada que suma conquistas en una lista difundida entre aplausos, incrementa su caché en el estrellato escolar como un icono al que todos encumbran aunque su objetivo principal sea el desprecio y escarnio de aquéllas que han caído rendidas a sus pies. He tenido que bregar mucho para frenar la influencia sobre mi hija de patrones de conducta que me producen sarpullido pero lo he conseguido, y ahora es ella misma la que se opone a participar de un rebaño encadenado a una mentalidad arcaica.

No, señor juez, no me hable de culpa como si viviéramos en una sociedad anclada en proclamas de recato y moderación en las mujeres que necesitan encontrar marido para dar sentido a sus vidas.  Cuénteme si usted es uno de esos que estudia los casos de agresión sexual revisando las pruebas que incriminen a la víctima por haber provocado con sus fotos al violador, dígame en qué lado de la balanza está el delito si la niña está tan petrificada que es incapaz de decir No cuando se trata de un adulto y No cuando se lo grita a uno de su edad que reprime su resistencia con vamos, Fulanita, si lo estás deseando porque si no fuera así no irías provocando con esas camisetas que te pones para que los tíos nos acostemos contigo

Si quiere culpar a alguien, hágalo a todos, y todas, que continúan estereotipando a las mujeres de acuerdo a su modo de vestir o actuar desdeñando el valor de su inteligencia. Acuse a las empresas que no contratan a chicas jóvenes porque la maternidad no entra en los beneficios de su negocio (¿Quiere nombres?), defienda la igualdad salarial y equidad en el lenguaje y comportamiento hacia los niños que empiezan a socializar en una guardería, sancione a los agresores que justifican sus actos con el consabido ella me incitó, no se limite a los retratos publicados en las redes sociales y vaya más lejos para defender la inocencia de niños y niñas sin prejuicios o condicionantes que los distingan en función de la anatomía de sus genitales. No caiga en la trampa del machito que halaga el chaval con el torso desnudo y se escandaliza con la imagen de una quinceañera que posa frente a la cámara con gestos simulados de actrices populares por su belleza, abogue por una educación en la que el respeto disipe estigmas de marginación en parques y patios de recreo, déjese de pamplinas y ponga el foco de su atención en el delincuente que chantajea y extorsiona en lugar de disparar a las niñas con hormonas desbaratadas que lucen su pubertad tratando de suscitar la admiración masculina para compensar el bajo concepto que se arrogan a sí mismas con ayuda del entorno.

No hay niñas o mujeres culpables de ser forzadas sexualmente, hay miserables con la mirada sucia de un hombre primitivo que nos sigue considerando jarrones con tetas a los que utilizar como objetos para su satisfacción personal incluso si sus víctimas portan su sangre por las venas inocentes.

Las mujeres no provocamos pero, aunque lo hiciéramos, el No continúa siendo sagrado.

No lo olvide.