MÁS TONTÁS

UNA

Maria Luisa es profesora interina de un módulo de Formación Profesional en un instituto de Madrid.  Una de sus alumnas, Irene, ha pasado el año haciendo prácticas de copia y pega de exámenes con la mala fortuna de ser cazada por su tutora en cada intento por conseguir el aprobado con trampa.  Maria Luisa le reconoce el mérito de ir perfeccionando las tácticas como la de los cascos invisibles para conectarse con su hermana la soplona, la lupa en el puño de su manga para descifrar chuleta cosida alrededor del botón, urticaria en el talón del pie para abrir el libro depositado en el suelo, el S.O.S. en versión golpes sobre la mesa para recibir ayuda de su amiga Pilar la empollona o el clásico retortijón para pedir por el baño donde tiene apuntes plastificados en el interior de la cisterna.  Maria Luisa es consciente que merece una matrícula de honor a su perseverancia pero su profesionalidad es intachable y resuelve poner un cero en la evaluación de la materia impartida en el curso.

Las calificaciones finales no superan el mínimo pero a Irene no parece importarle pues ha decidido cambiar de módulo, especialidad e instituto.  Se despide de Maria Luisa con un gesto cordial y le desea buen verano con una amplia sonrisa que apunta el empeño por conseguir un título sin dar un palo al agua siempre que tenga suerte y su próximo instructor sea más pasota, favorable o menos astuto.

Llega septiembre y Maria Luisa opta por una plaza en un centro con una nueva propuesta que nada tiene que ver con el curso anterior.  El segundo día de clase, y ya con el libro abierto sobre el tablero, escucha el sonido de la puerta que se abre dando paso a una alumna rezagada. 

Maria Luisa sonríe:

    • ¡Hombre Irene, qué bien!

DOS

Médico de urgencia con overbooking en la sala de espera donde se acumulan los pacientes.  Recibe a un anciano que se queja de dolor a la altura de las vértebras dorsales.  El médico le hace pasar a la sala adyacente y le pide que se desnude y tumbe sobre la cama mientras termina de rellenar una ficha.

Pasa el segundo paciente, de edad similar, con molestias en el abdomen, náuseas y diarrea desde hace varios días.  El doctor le invita a pasar a la sala, desnudarse, tumbarse sobre la camilla y esperar a que termine de rellenar una ficha.

El sanitario termina de escribir, se levanta, abre la puerta de acceso al cuarto de exploración y contempla el escenario con la camilla en la que reposan los dos ancianos con los codos apretados para mantenerse en equilibrio sobre una colchoneta exigua. Uno de ellos dobla el cuello y levanta la barbilla para dirigirse al médico que los mira boquiabierto:

    • Doctor, recuerde que yo he llegado antes

TRES

Fiesta familiar en el jardín de la casa de la abuela que veranea en la montaña.  Cien personas distribuidas por mesas cubiertas de platos con comida de buffet para niños y mayores, bebidas sin alcohol y tartas de galletas.  Los grupos de adultos se arremolinan alrededor de las tortillas, empanadas y vasos de gazpacho, los pequeños corretean por la finca sin ganas de probar bocado porque el pilla pilla es mucho más interesante que un palillo clavado en un trozo de comida.

Hay un par de coches aparcados en una ligera pendiente que discurre paralela a una de las fachadas del edificio, y que acaba en un bancal de madroños, olivos y árboles frutales.  Sonia es la dueña de uno de ellos y la encargada de acudir a la estación de tren para recoger a los invitados que llegan tarde al convite. Ha dejado la llave puesta en el contacto para no perder tiempo en localizarla en el bolso, pero mientras aquellos vienen y no vienen, comparte un vaso de refresco con un corrillo de parientes que intercambian impresiones de pie sobre un parterre de hierba. De repente se escucha el zumbido de un motor y Sonia alcanza a vislumbrar su coche deslizándose suavemente por detrás de la espalda de su primo. Levanta las cejas y empuja al pariente a un lado para descubrir a Gema, tres años, saludando con la mano a través de la ventana del copiloto y a su hija Pepa, seis años, sujetando el volante con la mirada puesta en el horizonte de troncos.

La madre grita y de inmediato los mayores se juntan para tratar de frenar lo inevitable: el beso del parachoques delantero con una vara de almendro. El vaso de refresco ha salido despedido así como los tacones de los que Sonia se desprende para correr más rápido hacia el punto de choque. Abre la puerta del conductor y mira a la pareja de camicaces que sonríen al tendido de la parentela que las rodea espantada.

    • ¡Pepa! ¿Qué crees que estás haciendo?  - Ruge la madre

    • ¡Pilotar! – responde la hija