MARCANDO TERRITORIO

Llevo unos años camuflada en la trinchera de la pubertad desde la que espío a mi recluta con el microscopio enfocado a cada una de sus expresiones, movimientos y actitudes que delatan el cable sobre el que empezó a caminar cuando su cuerpo dejó atrás la infancia para galopar descontrolado  hacia el enigma de la madurez.

Almacenaba en mi intelecto un decálogo de sentencias lapidarias que había jurado no pronunciar cuando me llegara el turno de tener que aleccionar a mi sucesora en la cadena generacional, porque YO entendería a mis hijos, YO les daría libertad, YO no les sometería a la tortura de ser los grandes incomprendidos por las leyes de evolución y modernidad, YO…YO…YO… que se perdieron entre las tazas de un caldo que no quería tomar y con las que me atraganto cada vez que me escucho blablablar como mi madre: porque yo no le di ni la mitad de problemas a tu abuela que tu a mí, porque yo te lo digo, porque esto no se discute y punto, no te lo permito y se acabó, crees que lo sabes todo y no tienes ni idea, no hace falta que corras porque tienes toda la vida por delante, ya basta de montar dramas...etc etc etc. Y, cuando esto ocurre, cuando me reconozco, a mi pesar, en las faldas de mi madre, la recluta adopta mi antigua posición de púber y se larga al baño donde explaya su victimismo con mares de lágrimas rebotando en las paredes.

Hay matices de exageración en lo que respecta a mi experiencia personal pero no en lo que constato con mis compañeras de fatigas cuando nos juntamos para tomar una cerveza comentando noticias dramáticas que retroalimentan nuestros temores.  He hecho mi particular escala de madres según afronten la subversión de sus hijos y las he clasificado en: zen (no se inmutan por nada: se les pasará…), nerviosas, histéricas y neuróticas que huelen los cepillos de dientes por si hay rastro de humo de tabaco o gotas de ginebra entre las púas. Declaro haber pasado por todos los estadíos porque la pequeña Taboada cumple con todos los requisitos de una adolescente que se precie; no hay día en que no reciba un chorreo de recomendaciones de cómo debo dar ejemplo para ser una buena madre y otro tanto de ¿Te pasa algo? ¿Estás enfadada conmigo? ¿He hecho algo malo? No me digas que no que te lo noto en la cara…. No sé pero me transmites negatividad aunque no lo hables (si, también utiliza la intelectualidad como guinda de repipiez a su discurso). Da igual si me he puesto maquillaje o soy un rostro pálido e impenetrable concibiendo estrategias para no dejarme vencer por los argumentos de la piel roja, cuando toca el alzamiento contra la autoridad que represento opto por sacar a Arya de paseo (últimamente lo hacemos a menudo) a la vez que marco el número de una de las mamás zen para que su sangre fría aplaque la presión en la paciencia de manera que no expulse una enciclopedia de gritos por los orificios de los dientes apretados.

  • Marcan su territorio – dictamina la mamá zen – no olvides que marcan su territorio como hicimos nosotras y nuestras madres antes de nosotras y así a lo largo de los siglos aunque con diferentes riesgos de los que querían protegerlos.

Me quedo callada y medito su pensamiento tensando la correa para que Arya no se cuele por una rendija entre coches por la que no quepo.

  • ¿Se ha cortado, Taboada?
  • No, sólo estoy pensando en que tienes razón aunque te confieso que no me parece mala idea aquélla de ingresar a las hijas en un convento de clausura para contener la rebeldía mediante los rezos del rosario y la fabricación de bizcochos, yemas y pasteles…. ¿Tu crees que quedará alguno abierto?

Escucho un resoplido al otro lado del auricular:

  • No Taboada, pero si te enteras de alguno dímelo que yo me apunto.