PREJUICIOS

 

A raíz de los incendios en Galicia he leído un texto, escrito por un desconocido, en el que habla de los gallegos con el victimismo de un estereotipo falso rezumando por cada letra: somos los paletos, el pueblo de cuyo acento todos se burlan, los olvidados….etc que ha reactivado el resquemor que producían en mí los apelativos con los que me tachaban mis amigos del puerto costero en el que veraneaba tildándome de pija y prepotente por el mero hecho de haber nacido en Madrid.  En aquél entonces yo era muy vulnerable y en lugar de crecerme y defenderme como persona al margen de la ciudad en la que había abierto los ojos por primera vez, me sumaba a sus envites con el objetivo de congratularme con ellos al tiempo que ahondaba en la mofa sobre mis vecinos con una tanda de términos peyorativos en los que ni creía ni estaba por la labor de creer.

No debí haber aprendido la lección que me inculcaron mis padres pues crecí en un hogar con dos muchachas internas que procedían del medio rural en el que el hambre de la posguerra había hecho estragos.  Recuerdo vagamente a las amigas de mi madre tipificar a las chicas según la región de procedencia: listas, vagas, sucias, dóciles, rebeldes, trabajadoras, ladronas o dispuestas eran adjetivos que corrían por el cable de teléfono, puesto del mercado o consulta médica en la que se intercambiaba información de unas y otras amén de lo caro que se había puesto el pescado, el catarro de los hijos o el ascenso de categoría laboral del marido que se traducía en la compra de un automóvil, mudanza a una casa más grande o alquiler de un apartamento en la playa de Benidorm. Nosotros teníamos coche, buena casa y aldea para pasar el estío pero también un padre que nos obligaba a tratar a las chicas como si fueran parte de la familia aunque respetando su autoridad por encima de la luna.  Las mujeres colaboraban con las tareas del hogar, no servían, las responsabilidades se repartían y, por supuesto, prohibidas las chanzas o imitación de su acento o modo de hablar a menos que quisiéramos pasarnos las horas encerrados en nuestros dormitorios contemplando el techo desde la almohada.

Convivimos con extremeñas, manchegas, vascas y andaluzas, acudimos a tres bodas como invitados de honor, bautizamos a unos cuantos niños y mantuvimos el contacto con ellas hasta que regresaron a sus localidades de origen y sus vidas se diluyeron con el paso de los años.  Mi padre murió y con él se fueron las asistentas porque la pensión de viudedad no alcanzaba para pagar sus sueldos, pero la semilla de la tolerancia ya estaba plantada y, no mucho tiempo después, el salón de mi casa se transformó en una pasarela por la que desfilaban amigos africanos, europeos o asiáticos chapurreando el español a la vez que los Taboada obtenían el diploma cum laude en interpretación con gestos y dibujos para comunicarnos con todo tipo de culturas exóticas y fascinantes.  

He sido una privilegiada cumpliendo una parte de mis sueños de Marco Polo en barco, coche o avión tan rápido como recibiera una carta que dijera: ¿Por qué no te vienes? He dormido en palacetes y chabolas, aprendido idiomas con la vehemencia de una turista que quiere integrarse entre nativos, empleado mi experiencia con las manos y diseño en el papel para evitar malentendidos que terminaran en conceptos erróneos de mí a mis interlocutores o viceversa, enamorado de lugares de los que no quería regresar, descubierto que las fronteras no existen cuando uno contempla el mundo desde las zapatillas del otro, que ninguna lengua, ropaje o timbre modifica la manera de vibrar con las pasiones; que los buenos son buenos y los malos, malos en todas las partes del mundo, que la sal, el azúcar o el guiso son sólo condimentos en un plato, la música es un idioma universal, la pigmentación de la tez una simple cuestión de melanina, y que basta una mirada para entender que no hay peor enemigo que una mente gobernada por prejuicios que incitan al odio esculpido por los que mueven los hilos en los engranajes de nuestras creencias.

No pretendo juzgar a quienes viven con el pensamiento etiquetado al albur de lo que dictan los titiriteros en los que confían, pero si les pediría que viajaran con la voluntad de zambullirse entre sabores, olores y civilizaciones ajenas para que cuando midan las diferencias que los separan, perciban también el peso del aliento que los une.