GENERACIÓN PERDIDA

Tengo una hija adolescente con la que no me queda más remedio que aprender a adaptarme a una generación que nos ha estallado en la cara sin previo aviso.  Chicos y chicas acostumbrados a chasquear los dedos para conseguir lo que se proponen sin esfuerzo ni tolerancia a la frustración. Niños nutridos con la vida triturada en puré para que no se atraganten con los pedazos de carne, juguetes articulados que no dan pie a la imaginación, máquinas abiertas a un espacio sin límites y calles desiertas de pilla pilla, combas o balones que perseguir antes de que crucen botando la calzada.

Las consultas de psicólogos alargan la lista de espera cuando los padres se enfrentan a adolescentes desorientados y exigentes con lo que creen haber ganado sin contraprestación de ningún tipo.  Chavales con hormonas, se rinden ante el más pequeño de los obstáculos con el látigo de su rebeldía, reclaman la independencia con ayuda de la tarjeta de crédito que ha alimentado su egocentrismo desde su más tierna infancia, arrogantes con derecho a despreciar la atención recibida, chantajistas con laurel sin ambiciones, apáticos frente a la cultura del saber y analfabetos de emociones que no saben gestionar porque han crecido perpetrados en la concha de una tortuga incapaz de asomar su cabeza a menos que sus padres vayan delante para allanar el camino.

¿Qué hemos hecho mal? - Se ha convertido en la pregunta que sobrevuela los foros de familias desconcertadas ante la ineptitud de sus descendientes – A nosotros nadie nos explicó lo que era ser responsable, lo sabíamos desde pequeños, obedecíamos las órdenes refunfuñando para nuestros adentros pero jamás faltándole el respeto a nuestros padres, no nos encarábamos ni se nos ocurría enfrentarnos a ellos con amenazas porque ni siquiera se nos pasaba por la cabeza que fueran a ser productivas, nuestro mundo era la calle, defendíamos nuestro territorio con tácticas de imaginación y nos hacíamos fuertes y valientes en cada pequeña batalla que teníamos que librar sin el escudo protector de los mayores.  Ellos a lo suyo y nosotros a lo nuestro bajo el paraguas un amor en el que no tenía cabida el servilismo ni la tiranía de los reyes que gobiernan el hogar desde la cuna.

Hace unos días, un compañero de trabajo comentó de un amigo médico, participante de congresos multidisciplinares, cuya consulta se llena de madres desesperadas de hijos con 18, 20 o 22 años, mayores de edad según la ley, y eternos adolescentes rabiosos contra la vida que les ha tocado vivir. - Son la generación perdida – contaba mi compañero – Les hemos dado todo desde que nacen, no han tenido que desarrollar la astucia para conseguir la canica más brillante o el escondite más seguro, no han necesitado fantasear con las posibilidades que tiene el palo de un arbusto ni contar los días para la llegada de los Reyes Magos con su regalo más preciado porque hemos acatado sus deseos a poco que patearan el suelo. Nos hemos llenado de complejos por creer que no les dedicamos suficiente tiempo, pero tampoco hemos medido las consecuencias de pagar con un juguete la libertad a la que creemos tener derecho olvidando el compromiso contraído por el hecho de ser padres. Hemos creado pequeños monstruos voraces del más y más que no tiene límite, adultos vulnerables ante la adversidad y perpetuos insatisfechos que, a veces, buscan la seguridad en el reconocimiento externo de las redes sociales para huir del miedo a la soledad que les muerde las entrañas.

No son todos, afortunadamente, no son todos, pero, cada vez que mi hija adopta una de estas posturas, alzo la vista al firmamento, busco a mi padre y le digo con el corazón encogido: Vuelve a casa, por favor, te necesito