LA MARY

 

La Mary tiene un nieto que se ha venido a vivir con ella a finales de septiembre.  Lo sé porque la vi trastear en la habitación durante una semana en la que subía y bajaba por una escalera para vaciar los estantes de adornos que cogía con una mano, extendía el brazo para contemplarlos con la cabeza ladeada, soplaba el polvo y, después, depositaba en una caja de embalaje que había colocado sobre  la mesa.  A veces descubría a su marido en el umbral de la puerta como si estuviera regañándola pero, claro, son elucubraciones mías porque la historia que redacto no es más que el fruto de la fantasía que anida en  el rincón de mi terraza.

Mario, el nieto, tendrá unos 15 o 16 años; no muy alto, de pelo rubio e inconsciente a los ojos que lo espían a través de su ventana sin cortinas que oculten el color de sus camisetas, la blancura de su piel o el ademán de fastidio cuando lanza la mochila hacia el colchón.  No sonríe y, sin embargo, no resulta antipático o rebelde cuando la Mary entra al anochecer con un vaso de leche, acaricia su cabeza, se inclina para señalar la pantalla del ordenador, y le habla con el gesto de una madre preocupada por el tiempo dedicado a los deberes. El nieto se deja querer, chupa el extremo del bolígrafo y empieza a escribir con la abuela a su lado hasta que se da la vuelta sigilosa para dejarlo tranquilo.

Si aspiro el aire que recorre mi balcón, huelo a sopa de cocido y si agudizo el oído, escucho el tono de la Mary cuando habla con su hija: Este chico come poco – le dice con reproche – y necesita alimentarse bien porque el colegio aprieta mucho…no, no me ha dicho que haya reunión todavía y, en cuanto a las notas, no sé… que te lo diga él más tarde porque ahora está estudiando y no quiere que lo interrumpa… que no, que no me mandes dinero que no me hace falta, tu padre y yo nos apañamos bien con lo que cobramos de pensión…¿Te lo ha contado?... Fuimos a ver el partido y a su abuelo casi le da un infarto cuando Mario metió el gol…Si, hija, si, les dieron una buena paliza pero es que los otros eran muy malos y el equipo de tu hijo muy bueno…No, que yo sepa no anda con chicas, sólo con su amigo Sergio igual que él de retraído, ya sabes, cosas de la edad…no, no quiere cortarse el pelo porque dice que le tapa los granos de la frente.. sí, fui a la farmacia y le compré la crema que me dijiste pero pa mí que no sirve… que no, que no me envíes el dinero que fue muy poca cosa…de ropa anda bien porque se pone siempre lo mismo aunque tengo que perseguirlo para que lo dé y meterlo en la lavadora que si no.…que sí, que ayuda en casa, hija, que sí, más que tu padre que está jubilado y lo único que hace es bajar la basura a la calle…no hija, no, ya es muy tarde para educarlo, lo acostumbré mal y ahora es difícil que cambie aunque no veas las charlas que le da Mario cuando lo ve sentado en el sofá leyendo el periódico mientras yo paso la escoba.. sí, sí, que tu hijo se lo dice y el otro se ríe sin hacerle caso… no, hombre no, no te agobies que se llevan bien, son sólo cosas de abuelo y nieto…¿Y vosotros? No cojas frío que tu padre dice que el tiempo allí es muy malo… vale, hija, vale, no te preocupes más que estamos bien, con nuestras goteras, pero bien…si te cuelgo que se me quema la sopa…si, nosotros también te queremos…le diré a Mario que lo llamas después..vale, hija, vale…un beso

Mi hija empuja la puerta y recrimina mi curiosidad:

- Qué, mami, ¿cotilleando a la vecina? Tengo hambre, ¿qué hay de cena?

Suspiro y regreso al mundo real con la incógnita de tener que elegir un menú entre un puñado de recetas rápidas de guisar en la nevera.

Entro en la cocina y respiro añorando el vapor de las ollas humeantes sobre el calor de una lumbre que desconoce las hamburguesas de papel y bandejas de comida preparada. 

- ¿Qué hay de cena? - insiste la pequeña Taboada ' ¡Tengo hambre! 

- Caldeirada de paciencia  con perejil de tu abuela. 

Cuento los segundos que tarda en asomar su cabeza. ..

- ¿Te encuentras bien?