NUESTRA RESPONSABILIDAD

Escuchando un programa de radio acerca de los casos de acoso escolar con testimonios personales como el de una madre que contaba cómo su hija fue atacada por una compañera durante semanas a quien habían expulsado cuatro días para que, a su regreso al centro, reincidiera en sus ataques con un spray de pintura con el que había rociado a su víctima, no pude evitar preguntarme hasta dónde los chavales no son más que un reflejo de lo que absorben día a día en el mundo de los adultos con sus guerras en las que prevalecen las sombras del mal sobre la luminosidad de un abrazo, el entendimiento o la aceptación sin juicios de valor sobre lo que se desconoce por no haberlo padecido .

Basta leer comentarios en las redes sociales sobre cualquier tema o individuo con cierta notoriedad para percibir un grado de agresividad y violencia verbal que hiela la sangre de cualquier ser humano que posea un mínimo de sensibilidad.  Una mujer, famosa por su apellido y enferma de cáncer, leyó cómo un anónimo le deseaba su muerte, un niño, cuya aspiración era ser torero con su cabecita pelona por la quimioterapia (ya fallecido), fue el centro de una diana de animalistas con las mismas aspiraciones que el cobarde que agredía a la mujer con sus mensajes, una tercera indeseable, esta vez con nombre, aspiró por una violación múltiple a una representante de un partido político argumentando no comulgar con sus ideas… Mofas, agresiones y despropósitos de una libertad de expresión justificada por algunos y la impunidad de una banda de delincuentes a quienes yo penalizaría con terapia de empatía en el núcleo de su corazón gélido.

Los telediarios son un bote de píldoras para agravar la depresión a menos que uno se proteja con el escudo de la costumbre e indiferencia, las calles se cubren de banderas con pancartas y niños agarrados de la mano de padres que priman el valor de una frontera al cariño de un amigo o familiar, los colores de una enseña a la pérdida de derechos por los que no bregan con el mismo ardor, el mapa de una nación al por qué de un país que lleva demasiado tiempo quebrado en piezas de un sinsentido. Si hago un conteo de insultos y descalificaciones, podría superar en páginas al Quijote, “que se jodan”, “fascista”, “gilipollas”, “cabrón” “falso”, “que se muera”, “hijo de puta”(que habría que erradicar del lenguaje) y así un sinfín de frases y palabras que destilan desprecio, rabia y rencor retroalimentados por una clase política que deja mucho que desear, medios de comunicación sectarios y un boca a boca manipulador de pasiones bajas y ruines con las que nuestros hijos crecen como esponjas permeables al odio.  

Mujeres maltratadas, asesinos de niños para castigar a sus madres, ladrones de guante blanco que se libran de la cárcel, raterillas que pagan su delito con creces, impunidad de malhechores, impotencia ante la aniquilación de lo que nuestros predecesores conquistaron con su vida e interrogantes sin respuesta cuando nos llenamos el torso de aire para defender la paz después de un atentado terrorista mientras utilizamos las manos para escribir, acto seguido, un tuit con la soberbia de un rey medieval degollando la rebelión de sus súbditos por medio de un puñado de palabras letales.

Acoso escolar, violencia en las aulas, agresividad en adolescentes como veletas al viento de mayores que desfilan con estandartes cargados de razones que no de sentimientos. Publicidad de enfrentamientos con los chicos/as en la retaguardia de aprendices desorientados con lo que está bien y lo que está mal porque escuchan a sus padres lamentar las masacres y minutos después gritar, insultar y maldecir al prójimo en un atasco, una manifestación o en la misma puerta de entrada a su casa.

Quizá la solución para rebajar el nivel de rebeldía, provocación o fanatismo en los niños que engrosan estadísticas como capos de una mafia que empieza a extender sus redes, reside en posicionarse frente  al espejo y preguntarnos qué grado de responsabilidad tenemos para que el rastro que dejemos a nuestra espalda sea un camino de tierra hostil en lugar de una senda de respeto bordeando la huella de nuestras pisadas.

Quizá...