GENTE CORRIENTE

Mi hija y yo estamos en la mesa de una cafetería para tomar un desayuno americano que nos sacie el apetito hasta bien entrada la tarde.  A mi izquierda hay una pareja, relativamente joven, que parecen seguir el patrón de una rutina que ha perdido el brillo de los primeros encuentros con las manos entrelazadas sobre el mantelillo de papel que comparten. El hombre habla con vehemencia de algo relacionado con su trabajo a la vez que ella le corresponde con expresión de hastío que no sólo no intenta disimular si no que, además,  delata con la captura de su móvil para leer la pantalla, jugar con las teclas y responder lo que parece un mensaje.  El hombre enmudece y, a su vez, coge el móvil para enredar los dedos con el amasijo de iconos.  Mi hija repara en mi interés, se enfada y me reprocha mi indiscreción, más o menos solapada, pidiéndome que deje de fisgonear lo que no me incumbe. Tiene razón pero el rabillo del ojo sigue atento a la escena con la atención puesta en la soledad de dos figuras que se sientan frente a la pared de hielo que los aísla.  Unos minutos después, se acerca una camarera con la bandeja y deposita los cafés, zumos y platos de comida que ellos agradecen apartando los teléfonos a un lado. La mujer toma los cubiertos y empieza a comer despacio hasta que alza la mirada y comenta:

  • Ha sido buena idea venir aquí

La espalda del hombre se relaja y yo, que había permanecido en tensión hasta entonces, respiro hondo al tiempo que murmuro a mi Pepito Grillo: Por fin han roto el hielo.

Mi hija me devuelve una mirada feroz: Ya te llega, mami, ya te llega..

-------------------------------------------------------------------------------- 

Es mediodía en un restaurante de comida rápida.  Hay una fila de chavales impacientes haciendo la cola pero el mostrador está ocupado por una mujer mayor, cabello corto y cano, pulcra, elegante, guapa y cálida como un rayo de sol. 

  • Señorita – le dice a la empleada - ¿Qué me recomienda comprarle a mis nietos?

  • ¿Qué edad tienen? – responde la cajera

  • Cinco y siete años pero parecen más pequeños. Les he dicho que les iba a llevar una sorpresa – continúa explicando – y como a sus padres no les gustan las hamburguesas (baja la voz) son vegetarianos…ya sabe, pues esta tarde, que me los traen a casa porque ellos tienen una cena, quiero darles algo que les guste mucho.

La empleada sonríe

  • Tiene unas cajitas con un juguete que a los niños les encanta.  Puede elegir hamburguesa de pollo, carne o Nuggets con patatas fritas y postre.

  • Bueno – responde la dama – ustedes dicen que es carne o pollo pero donde estén los filetes que se compraban antes… Enfin, no quiero entretenerla porque estos chicos están esperando y se van a enfadar conmigo.  Póngame dos cajitas con hamburguesa y todo eso que me ha dicho.

Tengo mi pedido en la mano pero esa mujer me fascina y decido quedarme un rato más esperando a un lado del mostrador. La cajera coloca los paquetes en la bolsa con un juguete extra que introduce guiñándole un ojo a la señora. 

  • Escóndalo cuando llegue a su casa que como lo vean sus hijos se lo quitan…

  • Si – responde la abuela con expresión pícara – ya lo había pensado.  Muchas gracias, señorita, ha sido usted muy amable.

Me adelanto en el pasillo y sujeto la puerta de entrada para dejarla pasar.  Me agradece el gesto y empieza a caminar por la plaza con el bolso en el costado, el envoltorio apretado contra el pecho y el brillo de la fechoría salpicando las pestañas. Me quedo esperando hasta verla desaparecer e imagino la cara de los niños cuando su abuela los siente frente al cofre del tesoro que sus padres les niegan.

¡Qué bonito! – susurra el corazón – Y empiezo a caminar de vuelta a casa

--------------------------------------------------------------------------------------- 

Entro en un estanco para recargar el abono transporte de mi hija.  La joven que me atiende es simpática, risueña y dicharachera.  Le pregunto su horario de trabajo porque es domingo y me apena que esté encerrada un día tan agradable para salir de paseo.

  • Trabajo fines de semana y festivos – responde animada – Me pagan bien y me hace falta por mi situación familiar – se ríe – mi sueldo se lo entrego a mi madre pero hay veces que tengo que pedirle dinero para salir a tomar una cerveza…¡qué desastre! Además estoy estudiando Trabajo social y haciendo prácticas en un centro de mayores que me encanta.  Es duro ver a los abuelillos tan solos pero son tan agradecidos que, aunque paso muchas horas allí, no creas que me canso mucho, todo lo contrario, me ponen las pilas para que el fin de semana pueda aguantar todo el día aquí. No es tan aburrido como parece, de veras, siempre hay gente como tú, mis amigos y vecinos que entran para saludarme y quedarse un rato mientras atiendo a los clientes.  Se me pasa muy rápido y es una tranquilidad enorme ganar un sueldo aunque no llegue a los mil euros. 

  • ¿Cuántos años tienes? – pregunto intrigada por el aplomo de su actitud

  • Veinticuatro a punto de cumplir veinticinco

  • Eres una niña todavía

  • ¡Qué va! Y como no tenga pronto novio se me va a pasar el arroz – vuelve a reírse

Pago la recarga y me inclino para darle un beso.

  • A ti nunca se te va a pasar ese arroz que dices porque eres una joya

Cierro la mochila, la cargo en la espalda y salgo hacia la calle con una extraña sensación de alivio que empequeñece los gruñidos de una abuela cebolleta que alude a los valores de una juventud perdida entre vapores de alcohol, drogas y mensajes ofensivos transmitidos por las redes sociales. A veces me reconozco en las capas de una cebolla rezongona pero hoy soy la primera en aplaudir el empuje y la conciencia de jóvenes que, en circunstancias adversas, son capaces de cambiar el mundo con los pasos imperceptibles de su valentía.

------------------------------------------------------------------------------------------ 

Toca bajar a Arya para dar su paseo nocturno. Tengo la impresión de que mi perra tiene genes de gato porque sale pitando al último rincón de la casa tan pronto aparezco con el arnés en las manos.  A veces ni siquiera hace falta que coja la correa, basta ponerme el abrigo para que salga de su letargo con la velocidad de un zorro que huye de los cazadores con las orejas tiesas. Razono la salubridad que supone vaciar el cuerpo de detritus, volteo su cuerpo hasta conseguir la posición adecuada para introducir la correa, me enfado si gruñe y combato con su cabezonería tirando de la cuerda hacia mí hasta lograr que se convenza que ella pierde y yo gano.

Son las once de la noche y empieza la persecución con la victoria de mi lado.  Bajamos por la escalera para calmar mi mala conciencia de aficionada al sillón-ball de los cinco minutos entre tarea y tarea. Llegamos al portal y veo a un vecino que vuelve de tirar la basura.  Lleva una camiseta vieja con, lo que parece, un par de huecos diseminados por el torso, unas zapatillas años sesenta y un pantalón de chándal con el dobladillo raído.  No habría reparado en él si no fuera porque he reconocido al dandy que vive a dos puertas de la mía.  Balbuceo un buenas noches sorprendida y él responde con un hola apenas audible. Arya se ha animado y trota hacia la acera en busca del alcorque del árbol que suele rodear dos veces antes de levantar la pata y marearme a mí para recomponer el cuero en línea recta.. Estoy en shock, no puede ser él, seguro que me he equivocado, pero no.  Su frente despejada y el gesto con el que suele responder al saludo es inconfundible.  ¿Camiseta rota? ¿Zapatillas de abuelo sesentero? ¡Arrea! – le cuento a la perra subliminalmente para que los peatones me tomen por loca – ¡quién lo iba a decir! ¿Te has fijado? (Arya continúa a su bola, naturalmente) – Este tío con glamour que siempre viste con un traje de chaqueta impecable, camisa y corbata de marca, bien afeitado, delgado, deportivo, elegante, moderado en las reuniones de Comunidad …¡Ay! Arya,  yo que lo imaginaba con pijama de seda Calvin con taza de té y mira por dónde, en casa no es más que un milenial etiqueta Made in China  Se me escapa una risita y continúo calle arriba murmurando a mi colega perruna: Nadie conoce a nadie hasta que no se lo encuentra en zapatillas…Nadie

 

           Gente corriente, hombres y mujeres con su remolino de vivencias tan distintas y, sin embargo, tan parecidas a las nuestras cuando el corazón está en juego.  Temperamentos fríos, cálidos, viscerales o serenos; rostros con los que nos cruzamos en la calle, supermercado o farmacia y a quienes dirigimos una mirada fugaz concentrados en nuestros propios pensamientos.  Seres centrifugadores de tristezas y alegrías, sorpresas y sinsabores ordenados por el peso que otorga la naturaleza del alma que los alberga en el núcleo del ombligo.  Soñadores de lo imposible, optimistas y reflexivos con el poso de una realidad que no admite quimeras; temerosos o valientes, maliciosos, envidiosos, solidarios, benevolentes…En definitiva, seres humanos como mandalas policromados que nos atraen o repelen en función de la energía impalpable que orquesta la sensibilidad, con aciertos y errores, en el concierto imprevisible de la vida que todos y cada uno hemos elegido vivir.