LA NOVATADA

 

He ido a tomar una caña con Sara para que me ponga al día y, sobre todo, porque pocas cosas me divierten más que ver cómo gesticula cada vez que narra las ocurrencias de su hija.

Quedamos a media tarde en una terraza a pesar del frío porque lo de una mesa en el interior de una cafetería nos recuerda a nuestras madres cuando se reunían a merendar en tertulias de peluquería, hijos y mercado que nos resultan entrañables pero de las que huimos para no sentirnos viejas.

Nos sentamos en un rincón, pedimos la cerveza y empieza a hablarme del grupo de scouts al que María pertenece y al que Lolita se ha apuntado.

  • ¿Te contó tu hija el ridículo que hizo el día en que se estrenó coincidiendo con el campamento de fin de semana?
  • Si, me dijo algo como que parecía que tu hija iba a emigrar a Laponia
  • Ya… la culpa fue de su padre que, tanto quejarse de mí en los viajes por mi manía de cargar una tacada de maletas con el por si hace frío, calor o lluvia y por una vez que él decide ocuparse del tema va y se luce provocando un cataclismo familiar del que todavía nos estamos reponiendo.

Pico una aceituna mientras ella continúa su relato

  • Lolita se había comprometido a organizar su petate para demostrarnos que era responsable de sus cosas, que ya era hora, y cuando nosotros estábamos celebrándolo con vivas a la libertad, va Teresa y aparece para fastidiarnos el plan con una de sus intrusiones en casa la víspera de la acampada.
  • ¿Tu hermana?
  • Si, mi hermana (resopla con resignación)
  • Pero ¿Teresa no vivía en una comuna en las Alpujarras?
  • No, Taboada, mi hermana sobrevivió a las montañas durante el tiempo en el que sus ingresos se limitaron a la confección y venta de pulseras, colgantes y cintas para el pelo en los mercadillos del pueblo, pero hace un año compró un cupón de la O.N.C.E. y mira por dónde le tocaron 200.000 euros como 200.000 castañas.
  • ¡Zumba!
  • Acertaste porque eso es precisamente a lo que se dedica ahora, a dar clases de zumba en el chalet que adquirió en la sierra de Madrid – baja la voz como si nos estuviera oyendo – cobra un pastón y se ha hecho de oro. Enfín, a lo que iba, Teresa está forrada pero mantiene el matiz hippy de Granada y cuando mi hija le pidió un piercing en la nariz como regalo de cumpleaños, la nueva millonetis me llamó para disponer, que no preguntar, venir a recogernos a su sobrina y a mí, por eso de firmar mi autorización, y llevarnos a un sitio de esos de tatuajes y perforaciones con aretes y bolitas de cristal en el trozo de piel que la víctima elija.
  • ¿Se lo permitisteis?
  • Bueno, lo negociamos, dejémoslo así y como romper un trato no entra en nuestra política educativa, a Ricardo y a mí no nos quedó más remedio que asumir la promesa y repartir tareas: Yo a marearme con la aguja, él a ocuparse de la compra y víveres que Lolita tendría que llevarse al albergue.

Esbocé una sonrisa

  • Ahora entiendo lo que me contó María de vuestra llegada al punto de encuentro
  • Pues sí, te lo puedes imaginar. Lolita había empaquetado la ropa en dos mochilas pero, además, su padre tuvo a bien llenar una bolsa King size con embutido, sobaos, leche, pan, patés, salchichas, ensaladas, huevos duros, latas, bizcocho, magdalenas, azúcar, sal, aceite, galletas, mermelada, queso, el jarabe de ibuprofeno, una caja de tiritas, la pomada de las quemaduras, un bote de suero fisiológico, un paquete de gasas y otro más de servilletas para que su niña no pasara hambre o dolor llegado el caso de rozadura o trompazo entre las rocas.  

Hace una pausa para atrapar una patata y vuelve a resoplar

  • El caso es que cuando llegamos al autobús con la mochila grande, la pequeña y el avituallamiento de siete días desbordando por las asas del bolsón, descubrimos a los chavales con su cuerpo serrano, un morral y ya... Total, que la visión de los aventureros en comparación a la nuestra a cuatro manos con el equipaje provocó un patatús a Lolita que a poco si se raja para quedarse en casa jorobándonos  la paz que respiramos cuando no la tenemos delante para recordarnos que somos injustos amén de lo incomprendida que se siente cuando le negamos caprichos absurdos.
  • La novatada – dije tratando de consolar su resquemor
  • La novatada – afirmó – pero díselo a Ricardo a quien mi hija mortifica con su indiferencia porque no le perdona la vergüenza que pasó cuando llegaron al pueblo y tuvo descargar todos sus bártulos.
  • Que lo hubiera preparado ella – sugiero

Suspira

  • Eso mismo dice Ricardo
  • ¿Y el piercing? – No se lo he visto en las fotos de María
  • Es que ya no lo tiene
  • ¿Y eso?
  • Se le infectó dos días después del socavón microscópico y tuvimos que acudir al dermatólogo para curar la pelota de pus que se le había formado en la aleta.
  • ¡Vaya racha! Entre el pelo naranja y la nariz hinchada, estáis más que entretenidos con la niña.
  • Ni te cuento, Taboada, ni te cuento.