EL CASERÓN (Un cuento de Navidad diferente)

 

Los goznes de la puerta chirriaron cuando la empujamos con nuestras maletas a cuestas.  El interior olía a naftalina y humedad por los meses en los que el viejo caserón había permanecido cerrado después de las vacaciones veraniegas cuando los nietos del general se reunían bajo el mirador de cristal

Las abuelas habían cubierto los cuadros con trozos de sábanas confiriendo el aspecto fantasmagórico de una película de terror con crucifijos y retratos de antepasados cuyas miradas parecían perseguirnos hasta que abandonábamos la estancia.  Los niños trotaban por la escalera pidiendo a gritos este o aquél dormitorio en el que pudieran escapar de la hora de dormir con linternas por debajo de las mantas; el mayor de los tres marcaba la senda haciéndose pasar por aliado de las madres con su correspondiente actitud de responsabilidad y sensatez que nos picaba en la nariz con el mosquito de la desconfianza.  Tanto aplomo era sospechoso pero estábamos de vacaciones huyendo de compromisos con mesas de mantel y copa, compras innecesarias, estrellas de colores y villancicos apagados en el radiocassette del trastero que anegaran las tripas con la nostalgia por los tiempos felices de la niñez. 

Tres madres y tres hijos con la fantasía como un caldo en el que cocer ideas para invocar a cualquier ser inanimado que pudieran presentir entre las grietas de las paredes, correrías por laderas solitarias, juegos de adivinanza y protestas por un frío penetrante al que no estaban habituados y del que renegaban con mirada de reproche cuando el anochecer les pillaba frustrados por no haberse comunicado con los trasgos del sendero o el espectro del general a quien juraban oír pasear una vez el carillón del comedor tocaba las doce.

La nieve había cubierto el valle, las casas del pueblo y las vigas de la buhardilla al colarse por uno de los agujeros del tejado maltratado por el clima y desahuciado por una tribu de herederos que no se ponían de acuerdo para reponer a menos que fuera en presencia de un notario.  Rosaura, la madre de Daniel, pertenecía al grupo de los que batallaba por preservar la casona del abandono al que estaba sometida pero, divorciada y en paro, poco podía aportar que no fuera un martillo, un manojo de clavos y una guía de bricolaje básico al que se afanaba con verdadero interés por reconstruir lo que el viento se llevaba en el fragor de las tormentas. Ella había sido la responsable de que Patricia, la segunda madre y yo,  hubiéramos decidido romper con la tradición de celebrar la Navidad con la familia a cambio de formar nuestro particular portal de Belén en un pueblo deshabitado con nosotros como figuritas acarreando leña para encender la lumbre del fogón y chimenea con la que reguardarnos del aire gélido del invierno. Habíamos acordado, por unanimidad, dejarnos de turrón, mantecados y polvorones pero no de la zambomba y una flauta con la que los chavales nos martirizaban cada vez que nos sentábamos alrededor del fuego para recordarnos que la civilización no era tan mala y que las comodidades que ofrecía una buena calefacción, la tele y la Tablet tenían beneficios para su salud, física y mental, de los que nosotras, malévolas brujas, les habíamos alejado por una especie de chaladura menopaúsica a tenor de lo que el mayor de los tres había escuchado en un tutorial de Youtube al que recurrió cuando les comunicamos nuestra decisión irrevocable de cenar el 24 de diciembre compartiendo latas de fabada, un puñado de nueces y una tarta de manzana con chocolate que Patricia había horneado poco antes de iniciar el viaje.

Las excursiones al cuarto de baño eran breves y escasas para evitar en lo posible regresar con las nalgas congeladas, la higiene justa e imprescindible, la ropa en capas gruesas de las que no nos desprendíamos para evitar un catarro que nos fastidiara el plan. Nos levantábamos con las botas y dormíamos de la misma guisa aunque con los cordones desatados para facilitar la transpiración de los calcetines acorchados. Y, tan pronto amanecía en las ventanas, echábamos a suertes el encargado de abandonar el saco para avivar la leña, preparar el desayuno y proponer planes para una de las cinco jornadas que pasaríamos en la mansión de los Ruíz García del Toro si es que conseguíamos superar el reto de la supervivencia con lo básico y bajo los efectos de una climatología bastante puñetera.

La gran Noche llegó con el grupo sentado a modo de apaches alrededor de un hule con flores de pascua y ramas de acebo pintadas sobre el fondo blanco de la tela.  Patricia había traído dos bolas de cristal plateado que, milagrosamente, habían sobrevivido a la presión de enseres en el maletero del coche, una guirnalda de piñas diminutas, un set de seis velas pequeñas de colores y una cuerda de campanillas con la que acompañar los cánticos de voces disonantes según fuera el artista que eligiera el tono. Apagamos las bombillas dejando que el resplandor de las llamas fuera lo único que se infiltrara en la oscuridad envolvente a nuestras espaldas; distribuimos la comida en los platos de cartón y vertimos champagne sin alcohol en vasos de plástico con los que brindar por la magia de una Navidad diferente, exótica y cálida a pesar del hielo penetrante bajo el umbral de la puerta.

Fue Daniel el primero que levantó la mano para dar el discurso que entre los tres habían preparado como parte del ritual que ellos mismos habían determinado con la potestad que les daba tener alrededor de quince años exigentes y reivindicativos.

Bien madres – empezó solemne – Juan, María y yo hemos captado el propósito de traernos aquí para celebrar las fiestas en lugar de hacerlo con el resto de la familia en una casa caliente con langostinos, pollo y Coca Cola.  Nos ha costado entenderos porque llegamos a creer que os habíais vuelto locas y que pretendíais matarnos de hambre y frío en esta mansión fantasma.

Hace una pausa rota por la risita de sus congéneres.

Somos jóvenes, pero no tontos – continuó con el desafío en la mirada – y sabemos que este plato de fabada es vuestra manera de hacernos conscientes de toda esa gente que se abriga con mantas viejas, que se muere por comer un trozo de pan, que está sola y ni siquiera llora o protesta porque ha perdido las ganas de vivir. Decid la verdad, queríais darnos una lección para que aprendiéramos a valorar lo que tenemos y dejar de quejarnos por lo que no tenemos, enseñarnos que somos ricos aunque no tengáis un pavo en el banco, y que tenemos mucha suerte de teneros para alimentarnos, curarnos cuando estamos enfermos y querernos como nos queréis.

Rosaura, Patricia y yo nos miramos con las cejas enarcadas y la complicidad en la chispa de los ojos refulgentes de quien ha bebido alcohol.

Gracias Daniel – respondió su madre – Ha sido un discurso precioso que te agradecemos las tres taradas que tienes delante. Sin embargo, si somos sinceras, romper la tradición no tenía el propósito que habéis pensado, aunque nos parece magnífico, válido para cualquier estación del año y, desde luego, una lección no sólo para vosotros sino también para nosotras que andamos tan estresadas que no apreciamos eso que dices aunque seamos las primeras en insistiros sobre los privilegios que os proporcionamos para que no nos mortifiquéis los oídos con vuestras quejas.  Enfín, que no, hijo, que no es tan complejo como creéis y tampoco estamos tan locas como para desear mataros de hambre o frío en el caserón de tus bisabuelos, es mucho más simple, Daniel – hace una pausa y continúa – hace un mes que las tres excéntricas que tenéis por madres decidieron que sería mucho más divertido festejar la Navidad lejos de compromisos y empujones para comprar regalos innecesarios, que la vida era muy corta para desperdiciarla con promesas que nunca se cumplen y que lo que más nos apetecía era reunirnos las tres con lo que más amamos, que sois vosotros, para vivir una especie de aventura inolvidable por ser distinta, estimulante y, quizá, un poco arriesgada.

Toma aire y sigue

  • Sentimos defraudaros, hijo, podríamos quedar bien y confirmar vuestra teoría pero nada más lejos que una lección, que por otro lado sería un punto maravilloso, repito, esto no es más que una hazaña más propia de vosotros que de tres cincuentonas que presumen de ser sensatas.

Los niños se miran entre ellos encogiendo los hombros sin saber muy bien qué decir. María susurra algo y luego, coge el vaso, lo levanta al techo y dice con voz clara:

  • Vale, mamis, pues ¡Feliz Navidad! Y ojalá todas fueran así de locas y divertidas

Todos la imitamos y se escucha la vocecilla de Juan que hasta ahora había permanecido callado.

  • María, no te pases, una está bien pero ya..

Y todos nos reímos.